Honduras
En el mundo de la alta costura, donde las costureras hacen a mano vestidos que cuestan tanto como un automóvil, un atelier ha causado sensación ofreciendo una forma distinta de hacer ropa a medida.
El atelier, llamado Sweat Shop, es una especia de café con internet en el que en lugar de computadoras hay máquinas de coser Singer y personas con apetencias de diseñador o simplemente creativas pagan para coser sus propias prendas.
Creación de una maquilladora suiza y una diseñadora austríaca, Sweat Shop abrió en marzo, en medio de una crisis económica y alto desempleo.
"Suena extraño, pero la crisis fue el momento justo para abrir", comentó Martena Duss, la maquilladora suiza. "Después de todos estos años en los que lo único que importaba era consumir, la gente está más enfocada ahora en reciclar, ahorrar y ser creativa".
El local deja en claro cuál es el espíritu del lugar: Sweat Shop ocupa una antigua casa impresora en el barrio Canal Saint Martin, que está poniéndose de moda. Está decorado informalmente con muebles y objetos de segunda mano. Hay un almohadón de terciopelo amarillo debajo de una cabeza de venado; por todos lados hay tapetes y mantelitos de la abuelita. Las máquinas de coser, suministradas sin cobro por Singer, posan sobre viejos escritorios escolares.
Cuesta seis euros (7,90 dólares) usar las Singer por una hora y se exige algunos conocimientos. A los novatos, Duss y la otra propietaria, Sissi Holleis, les ofrecen clases cinco noches por semana. Esas clases son muy populares, en vista de que las escuelas públicas no ofrecen este tipo de enseñanza.
Los principiantes comienzan con proyectos simples, como una funda para un almohadón o una bolsa. De allí en mas, traen sus propias ideas y sus telas.
"Lo más frustrante es que no se dan cuenta del tiempo que toma esto", dijo Duss. "Vienen convencidos de que en una tarde van a aprender a hacer un vestido de novia, y no es así".
Duss y Holleis aprendieron a coser en la escuela. Holleis, de 38 años, hizo de la costura su profesión y diseñó una línea de prendas que vendía en una boutique de París. Al cabo de una década, en el 2008, cerró el negocio, indicó Duss, de 28 años y quien estudió maquillaje y trabajó en el mundo de la moda, sobre todo en desfiles y sesiones fotográficas.
"Sissi es la verdadera profesional. Yo no coso bien, pero tengo mi estilo", manifestó Duss.
Además de las clases de máquina de coser, el negocio ofrece lecciones de tejido y prendas para fiestas de todo tipo, así como clases de costura en las que se enseña también el francés. El local es un café que sirve un expreso fuerte y tortas caseras.
Sweat Shop está generando bastante revuelo en las revistas de modas y un 80% de su clientela son mujeres de entre 25 y 35 años, dijo Duss. "También hay muchos hombres en clases de tejido", agregó, sin saber cómo explicar ese fenómeno.
El local atrae asimismo a gente de paso y a costureras veteranas como una sueca de 80 años que va casi todas las tardes.
El negocio ha tenido más éxito que el que esperaban Duss y Holleis.
"Estábamos nerviosas porque en Francia la gente no está muy acostumbrada a hacer las cosas por sí misma", dijo Duss. "Tal vez es porque hay tanta perfección por todos lados, con la alta costura y la alta cocina, y los franceses son reticentes a hacer cosas que no son perfectas".
"Creo que ahora la gente quiere expresarse, diseñar sus propias cosas y personalizar lo que visten. No quieren ir todos con la misma camiseta de H&M", expresó.
Agregó que ya habían recibido ofertas para lanzar una línea de prendas de venta masiva.
"Por ahora nos tomamos las cosas con calma. Este es como un bebé. Queremos tomarnos nuestro tiempo para crecer un poco, aunque a veces decimos en broma que nuestro objetivo es tener tres locales en tres años", expresó.
El próximo podría abrir nada menos que en Nueva York, añadió.