Honduras
Este tiempo, marcado por la penitencia, ayuno y oración da apertura con el Miércoles de Ceniza; “del polvo venimos y al polvo vamos” es la consigna que se le recuerda al cristiano en esta celebración. A los católicos les espera entonces el peregrinaje y la preparación de 40 días previo a la Semana Santa.
A este tiempo hay que sumar otros 50 días que comprenden la resurrección del hijo de Dios y la solemnidad del fuego del Espíritu Santo que se desborda en Petencostés.
Como toda época, la cuaresma va de la mano con tradiciones que se remontan a tiempos inmemorables y hasta nuestros días permanecen vigentes en varios rincones de Honduras.
Austeridad
Son estas tradiciones las que hacen que la cuaresma se vea como una temporada rígida y austera.
Desde que se vislumbra el color morado en los altares de los templos se sabe que hay que vivir en medio de penitencias y privaciones para llegar a la conversión. Tiempo atrás estas limitaciones estaban presentes en la alimentación, incluso la suspensión de celebraciones sociales como contraer matrimonio.
¡Cuidado con comer carne a menos que sea pescado! Esta se convierte en una de las prohibiciones más comunes que se presentan una vez entrada la cuaresma.
A partir del Miércoles de Ceniza, y los viernes siguientes hasta después de la Semana Santa, los platillos que se servían en la mesa -y muchos católicos continúan con la tradición- son la sopa de capirotadas, el guiso de pescado seco y las sopas de iguana o tortuga.
“Mi mamá era muy chapada a la antigua. Cuando llegaba la cuaresma decía que los viernes no había qué comer carne de res o de cerdo, solo pescado, pues era pecado porque el Señor ayunó y oró 40 días y 40 noches”, recordó Romelia Amaya Rosales, originaria del municipio de la Villa de San Francisco. Las únicas que estaban exentas de comer carnes rojas eran las embarazadas, para no poner en riesgo el desarrollo de la criatura a consecuencia de un antojo.
“Cada viernes de la cuaresma mi mamá nos ponía a ayunar y a rezar y hacer el viacrucis casi todo el día, solo a la hora del almuerzo nos daban una taza de leche con un pedazo de pan; nos decía que Cristo en la cruz sufrió mucho”, reveló Lidia Rosales, una anciana de 96 años.
Anuncian la pasión
El monótono y triste canto de las cigarras o chicharras era una señal de que la cuaresma no es tiempo de juegos o diversiones, pues se dice que estos insectos característicos de la estación veraniega anuncian la pasión y muerte del Salvador del Mundo.
“¡Pobrecitas las chicharras! Pasan cantando y llorando la pasión del Señor y evitan que en este tiempo se escuchen los cantos de las ánimas del purgatorio, por eso no hay que matarlas”, mencionó Santos Felícita Salgado.
Por tradición se ha mantenido la creencia de que en cuaresma el diablo “anda suelto”, tentando a los cristianos para que no respeten este tiempo. Cada vez que se forma un remolino se dice que Satanás anda fuera del infierno, por eso hay que “hacerle las cruces” con ambas manos, para evitar que desaparezca un cristiano.
La austeridad de la cuaresma se imponía incluso en las celebraciones matrimoniales.
“Nadie podía casarse en cuaresma, los sacerdotes en las iglesias lo prohibían porque decían que los novios no tenían por qué cometer pecado carnal en este tiempo. Ahora las gentes se casan, porque ya no respetan, eso ya pasó a la historia”, expresó Salvador Munguía.
Las fiestas o bailes también eran relegados, solo se permitían después de la Semana Mayor, pues con ello se le aumentan los sufrimientos del Señor. Quienes más gozaban este tiempo eran los niños, pues era prohibido que recibieran castigo; si un padre o una madre despiadada les pegaba, era como si estuviera flagelando a Dios mismo. También era pecado bañarse en los ríos, pues salía “el maligno”.