Honduras
Amanece en la pintoresca y tranquila comunidad de la Villa de San Francisco. Puntual a las 7:00 de la mañana doña Lidia Amaya Rosales le da la bienvenida a un nuevo dÃa.
Reza las oraciones que aprendió desde niña y encomienda a cada miembro de su familia y sus labores al Padre Celestial. Una humeante y aromática taza de café preparada por una de sus hijas le espera en la cocina. La toma con agrado, acompañada de delicioso pan de yema. Luego del breve desayuno, está preparada para realizar los quehaceres que aparezcan a su paso, nada ni nadie la detiene. Doña Lidia es una jovencita próxima a cruzar el umbral de las nueve décadas.
En su piel y en sus manos hacendosas han dejado huella los años, sus cabellos blancos y largos cubren como un manto su cabeza. Sus ojos aún tienen ese caracterÃstico brillo de la juventud y aunque su andar es pausado, no denota cansancio alguno.
Y es que a sus 89 años, doña Lidia pareciera estar hecha de la madera más fina, pues es una señora activa y llena de vida. Sin dudar, ejemplo digno y perfecto para centenares de personas, jóvenes o adultos que continuamente se quejan de su existencia y se han condenado a morir en vida.
Vitalidad
Quienes conocen a esta noble señora no dejan de hacerse la pregunta ¿De dónde saca tantas energÃas? ¿Qué pilas usará? En su humilde vivienda que comparte con una de sus hijas, varios nietos y bisnietos, doña Lidia va de un lado a otro, parece un torbellino.
Realiza infinidad de actividades domésticas y ha hecho de su casa un verdadero monumento al trabajo: lava, cocina, costura, hace manualidades y, aun más, realiza labores de albañilerÃa, jardinerÃa y reparaciones en el tejado su vivienda sin importar el peligro.
Lidia Rosa Amaya Rosales, nació en la aldea de Sabanagrande, jurisdicción de Cantarranas, el 5 de septiembre de 1920. En los primeros años de su niñez se trasladó a vivir a la Villa de San Francisco, donde actualmente reside.
Con exactitud recuerda que fue educada en la época en que las mujercitas de bien, o sea chapadas a la antigua, estaban obligadas a aprender todo lo concerniente al hogar, levantarse temprano, asistir a misa los domingos, rezar mucho y sobre todo ser obediente y no protestar por nada.
Es por ello que a esta viejecita no se le va a escuchar protestar por nada, al menos por una tarea o labor que alguien de su familia no haya hecho bien.
Las palabras o frases como haragana, pereza, no puedo, son del todo desconocidas para ella. "Yo me crié en el tiempo en que las mujeres tenÃamos que se hacendosas y ayudar en el hogar. Desde que uno se levantaba le esperaban muchas tareas", comentó con orgullo.
A los 15 años la protagonista de esta historia se dedicó a la costura y se consagró como una de las mejores costureras de la Villa de San Francisco. Este oficio lo aprendió con solo ver y jamás recuerda haber hecho un patrón a la hora de confeccionar una prenda de vestir. Aunque solo cursó unos meses el primer grado de primaria, aprendió perfectamente a leer y escribir y sacar bien las cuentas.
Una gran familia
A los 17 años, en plena flor de la juventud, Doña Lidia Rosa, fue llevada al altar. Ildifonso Castro Colindres, (QDDG) originario de Cuesta Grande, Tatumbla, conquistó su corazón. De esta unión matrimonial nacieron 12 hijos: cuatro de ellos descansan en la paz del Señor, mientras que Ana, Melania, Amparo Suyapa, Martha, Apolinario, Alfredo e Ildifonso tienen la bendición de tener a su madre. La dicha más grande de doña Lidia es su descendencia, pues a parte de sus hijos tiene 42 nietos; 57 bisnietos y cinco tataranietos. Anochece, son las 9:00, doña Lidia va a descansar. Pronto será otro dÃa para continuar con las mismas energÃas.