Honduras
Sí, fue una madrugada angustiosa en la que el pánico y la incertidumbre se apoderaron de los hondureños y extranjeros que se encontraban en el país.
Sin embargo, en medio de la crisis y cuando millares de personas buscaban un refugio seguro, también elevaban sus oraciones al Todopoderoso pidiendo calma a la tempestad.
Y la calma llegó... llegó con una cálida brisa, con un sol radiante, con el renacer de una ilusión en los corazones agobiados, con el abrazo entre los seres queridos que pensaron que ayer sería su último despertar.
Entonces, la madrugada de ayer también fue la madrugada de la esperanza, el renacer de la fe en el corazón, aún en aquellos que perdieron todo, incluso a sus familiares.
“Dios nos ha dado una nueva oportunidad, un terremoto de esa magnitud, era para destruir el país y aquí estamos en pie...”, relataba don Marcos, el jefe de una familia damnificada, a los medios de comunicación.
Con los pocos enseres que pudo sacar de su vivienda (destruida casi en su totalidad) ubicada a orillas de la calle, este hombre y su familia agradecían el estar sanos y salvos y con la confianza plena de volver a levantarse.
Su sentir es compartido por centenares de personas que se volcaban a los medios de comunicación solo para decir que aun en los momentos más críticos pudieron percibir “paz en medio de la tormenta”.
Así que el terremoto de 7.1 grados en la escala de Richter que ayer sacudió al país no puede ser más grande que el amor y la misericordia de Dios por el pueblo hondureño.