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Honduras
NOTA DE REDACCIÓN
Son historias que llegan al corazón, sucesos vividos en carne y hueso por centenares de hondureños que han partido hacia el norte escapando de la desidia, la violencia, la corrupción y la pobreza. Durante esta semana EL HERALDO le trae esta impactante serie, la que no es contada por un equipo periodístico, sino por sus protagonistas, aquellos hombres y mujeres que han sufrido la embestida de la “bestia de acero”.
La Masica, Ojos de Agua, Comayagua. La apariencia de Óscar Antonio Ulloa Ulloa, de 31 años, es la de un hombre normal, sencillo y rudo, todas características heredadas por haber nacido en el campo.
Pero detrás de ese rostro quemado por el sol y su fuerte voz, casi como entonada al son de una canción ranchera, hay una historia no contada: Antonio fue migrante hace siete años y en su travesía fue arrollado por la “Bestia de Hierro” y perdió una extremidad inferior.
“Me fui para los Estados Unidos, en 2004, me quise ir por la pobreza, a veces uno no tiene los medios para trabajar, entonces, supuestamente pasando del otro lado se puede superar un poco. Uno siempre tiene amigos y ellos me platicaban de eso, que allá era mejor, entonces intenté irme, yo tenía 24 años”.
Me fui por Guatemala, caminamos por ese país como siete días, hasta llegar a México. Allí empezamos a agarrar el tren, cerca de Veracruz. Anduve como diez días, pero en varios trenes. Uno siempre se tiene que bajar antes de que pare (en la estación) y subirse después de que arranque porque si no los garroteros lo golpean a uno.
El tren iba muy rápido
Mi accidente fue cuando el tren había arrancado, ya iba muy rápido, fue en Querétaro, yo intenté agarrarlo para no alejarme del grupo, y en lo que yo agarro el tren logré alcanzar la escalera, pero no pude treparme arriba. Uno siempre tiene que dejar que el tren arranque porque están los garroteros, los de Migración, entonces tiene que buscar una parte adelante (de la estación) para agarrar el tren, no es fácil.
Tenía mucha sed
Yo iba arrastrándome cuando el riel me agarró el tobillo, me fracturó todo el hueso.
Yo quedé tendido en el suelo, en la tierra y una señora de una casa de allí cerca salió y me ayudó.
Yo le pedí agua y ella me dijo que no tomara agua por el golpe, me dijo que se me iba a salir más rápido la sangre. No me dio agua y yo tenía sed. Ella llamó a la Cruz Roja y tuve que esperar como una hora allí tendido en el suelo para que me vinieran a recoger.
Hacía sol y la señora me dio un saco, de esos de echar el maíz, para que me tapara del sol. Allí quedé yo solo, mis compañeros que iban conmigo se fueron.
De allí me llevaron a una clínica de Querétaro, un doctor de allí dijo que no me podía atender. Fue bien duro porque tenía miedo, había perdido mucha sangre, pensé que moriría.
Después me trasladaron para el Distrito Federal, allí estuve 21 días hospitalizado, me hicieron la primera operación me trozaron (amputaron) solo abajo del tobillo para abajo. A los ocho días me dijeron que el hueso estaba fracturado y me volvieron a operar y me cortaron de la rodilla para abajo.
En el momento del accidente me dije ‘pues esto es mío’, pero no creí que iba a perder parte de mi pierna pues estaba unida por dos tendones.
Ya cuando estuve en el hospital varios días, me dijeron que no podían salvarme el pie, pero antes no pensé que lo perdería.
Cuando yo me fui dejé mis padres, hermanos y dos hijos. Todos vivimos de la agricultura, de cosas pocas siempre se sostiene uno.
Mi idea de irme era para lograr superar, pero estando allí en el accidente ya uno se “agüita todito”, dice Antonio mientras por primera vez su mirada escapa de las cámaras y de los ojos de quienes escuchamos su relato, pero de manera casi instintiva reacciona y se repone al decir “pero hoy aquí estamos luchando de nuevo” ya con cierta dosis de valentía.
Reencuentro familiar
Pero las emociones traicionan a Antonio cuando se le preguntó sobre su retorno a Honduras. Sus ojos se transforman. La seriedad que reflejaban se esfumó. Ahora sus ojos delatan tristeza y sufrimiento. Su labio superior comienza a temblar. Algo fluye de su corazón y de sus ojos. Algo dentro de él se quebrantó.
“Cuando volví a Honduras llegué a Tegucigalpa, una hermana llegó a traerme al aeropuerto. Ella siempre me brindó apoyo, tratan siempre de motivarlo a uno”, relata, al mismo tiempo que se limpia sus lágrimas que emigraron de sus ojos hasta su boca.
El silencio se apodera de Antonio, quizá obligado por algún viaje en retrospectiva, o simplemente teme que su voz lo puede traicionar.
Después de casi medio minuto Antonio sigue relatando, ya solo con las huellas del paso de sus lágrimas por sus mejillas, “cuando me volví a reencontrar con mi mamá, mi papá y mis hijos, uno se siente mal, uno ya no viene lo mismo”, de nuevo el silencio vuelve, aparece sin invitación en medio de la entrevista.
“Pero al mismo tiempo me sentí alegre, porque volví con vida y tuve la oportunidad de ver de nuevo a mi familia”.
Saliendo adelante
Pero la valentía de Antonio no solo se refleja en la forma en que cuenta su historia, sino en sus acciones después del accidente.
“Siempre he querido salir adelante, he cosechado de todo, pero es difícil. Hoy estamos probando algo nuevo”.
A inicios de este año obtuvo un préstamo de 200 mil lempiras con una ONG para cultivar plátanos, trabajo en el que le ayuda su padre y su esposa.
“Estamos enjaranados… este es el primer año que me dedico a esto, la jarana (crédito) la hice con Aldea Global, y mi papá me sirve de aval… vamos a ver cómo salimos este año”.
Teme que el mercado sea ingrato con él, “según dicen no es fácil conseguir mercado, tengo que buscarlo, y para plátano no es fácil… el plátano se vende por libra, ojalá que me vaya bien porque es mi primera vez, y ya tengo que pagar 260 mil en marzo próximo para cancelar el préstamo”.
Antonio también ha sembrado café. La tierra, que le ha cedido a préstamo su padre, es apta para ese grano.
Su labor en el campo lo aleja de los malos momentos en México, pero en la noche, en horas de descanso “siempre recuerdo esos momentos difíciles del viaje, ya las cosas no son igual, nada es fácil”.
Confiesa que “nunca volví a irme, aunque siempre tenía la idea, pero el impedimento físico me detuvo porque una caminada de las que se hacen allí ya no las hago”.
Antonio sigue platicando y comentando que el camino hacia Estados Unidos no es para todos y concluye diciendo: “No me arrepiento, porque cuando algo viene para uno donde esté lo recibe. Anduve conociendo bastante y tan siquiera eso me queda. Ahora sé que puedo encontrar mis sueños, yo tengo ahora cuatro hijos, y mi deseo es verlos crecer y que se superen. Eso es lo que quiero”.
Lo que más quiere
Hijos: Su sueño es ver crecer a sus hijos y hacerlos profesionales.
Plátano: su segundo deseo es poder vender su cosecha de plátanos, encontrar interesados en comprar su producto.