Honduras
El dolor y la frustración lo llevaron a rogar por la muerte. Cuando no encontró respuesta a su súplica, él intentó llevar a cabo ese cometido.
Carlos Ruiz Contreras dice que vivió siete años en un calvario, lleno de tristeza y remordimiento. Él fue literalmente partido a la mitad por el tren en México en 1997. Tenía 23 años. Pero hoy su vida la dirige Dios, afirma, para luego añadir que sus tres hijos, que procreó después del accidente, y su esposa le dan una razón para levantarse cada día.
Carlos comenzó contando que “uno siempre hace esto (irse a Estados Unidos) para mejorar. Yo me fui solo. Yo estaba casado, pero después del accidente me abandonó”. “Ahora tengo otra esposa y tres hijos. Con la anterior dejé un hijo, que ahora tiene 15 años. Con ambos perdí contacto, porque apartándose de mí ya mi hijo no me quiso. No me toma como padre porque no se crió conmigo. Él vive en la costa norte”, dice con cierto pesar.
Hice dos viajes en 1997 a Estados Unidos. En el primero me deportaron, pero en el segundo perdí las piernas.
El accidente fue en Palenque, Chiapas. Recuerdo que tomé el primer tren, se paró en la primer estación y me bajé en la estación del Pacarnal.
Tengo presente que el tren arrancó... yo iba con unos tenis, en lo que dije a poner el pie me resbalé. Carlos frena el relato, se acomoda en su silla de ruedas como alistándose para ingresar a un terreno árido y quizá doloroso. Quiere decir algo, quizá gritar, pero no lo hace. Tampoco se lamenta. “No pude poner los dos pies y el tren me chupó para abajo... el tren iba lento, fue mala fortuna”, dijo. Una pierna quedó pegada de poquito, la otra fue cortada de tajo. Cuando me miré destrozado pensé que era la última, fue algo tremendo.
Su esposa ve a Carlos mientras él describe lo ocurrido. El rostro de la mujer evidencia desconcierto, como si nunca hubiera escuchado la historia completa.
La niña me salvó
“Yo boté mucha sangre, yo nadaba en la sangre y una niña como de ocho años me vio y avisó a otras personas... allí actuó Dios porque si ella no me mira yo hubiera muerto”, dijo Carlos.
Un muchacho que andaba en un pick up me llevó al hospital.
Yo llegué con conocimiento hasta la puerta del hospital, después no me acuerdo de nada.
Cuando desperté, fue algo tremendo, parecía que era un sueño lo que yo había vivido porque quise levantarme y sentarme pero no pude, ya tenía vendados los dos muñones (de las piernas). Estuve tres meses en el hospital, todos los días al borde de la muerte, no soportaba el dolor. Me trozaron casi de ras las dos piernas y me habían agarrado infección.
No quería vivir
Yo voy a ser sincero, en ese tiempo yo no quería vivir, yo quería morirme. En los tres meses hospitalizado deseaba la muerte, era algo duro, cuando yo estaba en la cama del hospital me fluía la pus por todas las piernas y se regaba en toda la cama en toda mi espalda. Le pedí a una enfermera que me pusiera una inyección, de esas que lo matan a uno. Ella me dijo que no, me dijo que tenía fe que mejoraría. “Era mucho sufrimiento, incluso cuando vine de México caí en una decepción, quería la muerte y varias veces intenté quitarme la vida”, dice Carlos, al mismo tiempo que su rostro denota un alto sentimiento de culpa por haber atentado contra su existencia.
“Pero siempre Dios nos da una oportunidad. Dios trató con mi vida hace siete años... Antes no entendía por qué me pasó el accidente, pero la verdad es que ahora yo entiendo que Dios tenía un propósito para mí vida y ahora tengo tres hijos y mi esposa, tengo un hogar y a Dios conmigo”, argumenta ya con una sonrisa en el rostro, una sonrisa que ningún riel de tren puede truncar.
Situación económica difícil
Por un tiempo Carlos tuvo un negocio que le daba el sustento diario, pero tuvo que cerrarlo.
“Mis hijos se me enfermaban y el dinero que ganaba lo invertía en medicina y quebré. Ahorita no estoy haciendo nada, mi esposa es la que hace cositas para sobrevivir, para pasar”.
Sus hijos son Osiris Imelda, Karla Patricia y Jairo Jonathán. De momento ellos siguen en la escuela, pero a veces la difícil situación económica les impide atender las clases a diario.
Carlos pregona su fe y confía en que Dios les proveerá. “Antes de que Dios llegara a mi vida en mí nunca hubo alegría, fue un calvario. En el fondo yo estaba destrozado, pero hoy estoy completo, todas mis heridas han sanado”.