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Se acostaron a las 9:00, tenían que trabajar

Los parientes y vecinos recuerdan con pesar que cada miembro de la familia tenía un don especial. Eran cristianos, buenos vecinos y estudiantes ejemplares en la escuela
20.10.08 - Actualizado: 21.10.08 12:11am - Redacción: diario@elheraldo.hn

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Comayagüela ,

Honduras

En plena mañana, el dolor y el llanto se tornaron colectivos luego de que un muro de piedra acabara con la vida de cinco personas.
Bajo los escombros de la vieja casa de madera quedaron los cuerpos inertes, entre ellos una madre y tres de sus pequeños hijos.

Los vecinos en segundos rodearon el lugar, todos buscaban la forma de ayudar, imaginaban encontrar sobrevivientes, pero el destino les impidió hacer realidad sus esperanzas.

Dominga Judith Alvarado, de 38 años, (madre), Yeimi Sarahí Aguilar, de 10 años, Carlos Alberto Aguilar, de 8 años, Isaac Felipe Alvarado, de 10 meses (hijos), y Yoselin Amador Reconco (vecina), de 21 años, habían quedado atrapados entre la cobija de lodo y piedra que los arropó.

La última cena

Eran las siete de la noche del domingo cuando la familia se reunió para cenar, dos horas más tarde Dominga llevó a sus cuatro hijos a la cama, pues el lunes debían madrugar: dos de sus hijos asistirían a la escuela y ella se encaminaría al trabajo, pues lavaba y planchaba ajeno.

En su casa tan solo quedaría Yeimy, quien se encargaría de cuidar al pequeño Isaac, como sucedía cada lunes, día en que la pequeña no asistía a clases pues debía quedarse para cuidar al bebé, mientras su madre estaba fuera del hogar.

Unas seis horas más tarde los planes de la familia no se lograrían, pues la muerte les llegó de pronto. En el lugar de la tragedia no se escucharon lamentos, tan solo el fuerte golpe; la mitad de la casa, que estaba conformada por dos habitaciones, cedió de inmediato.

Sobrevivientes

En la otra parte de la casa que temblaba como un terremoto se encontraba Wilmer Alexander Aguilar, de 9 años, junto a su padrastro Felipe Vásquez Aguilar, de 53 años, ambos sobrevivientes de la tragedia.

El niño, según Felipe, fue quien le ayudó a salir; en ese momento las láminas de la casa sonaban como si un animal grande rondara por el tejado.

Al salir del cuarto, Aguilar se enteró de que el resto de su familia había quedado sepultada bajo tierra y piedra. Sin meditar y asimilar lo ocurrido comenzó a escarbar y con toda la fuerza que pudo logró retirar varias piedras y una gran cantidad de lodo.

Su esfuerzo fue infructífero porque el resto de la familia ya había partido a los brazos del Divino Creador; entre las víctimas su esposa estaban sus hijos y una vecina.

El menor por su parte se mostró muy triste y luego de varias horas aún se negaba a aceptar que su madre había muerto.

Sus ojitos llenos de lágrimas le impedían dialogar, lo único que lo consolaba era permanecer rodeado de otros niños, sus amigos y los amigos de sus hermanos que habían sido depositados en las urnas.

Recuerdos

Los recuerdos de las víctimas quedarán imborrables en la mente de quienes las conocieron, ya que según los vecinos fueron personas de bien, iban a la iglesia Maranata y, como es costumbre, el día domingo habían asistido a las ceremonias religiosas.

Yeimy será recordada como una hermana ejemplar; la niña era muy activa, vigilaba a cada momento a sus hermanos, los protegía como una segunda madre, dijo Linda Lagos, su maestra. De acuerdo al relato de la maestra, la niña se esforzaba por ser buena alumna y aunque pertenecía a un hogar pobre, nunca dio motivos para castigarla.

“Yeimy era muy especial con sus hermanos, su rol de hermana mujer lo hacía valer hasta en la escuela, donde en ocasiones pedía permiso para saber si estaban bien sus hermanitos”, manifestó Lagos.

Los vecinos también fueron testigos del comportamiento de los pequeños: todos coinciden en que eran buenos hijos.

Carlos era uno de los más pequeños, estaba en primer grado en la escuela Alfonso Guillén Zelaya, junto a sus hermanos. El menor soñaba con ser maestro.

En su salón de clases, siempre estaba sentado en la tercera fila y, aunque las limitaciones económicas eran evidentes, en su vida escolar siempre trataba de aprender las lecciones diarias.

“Carlos ha dejado un profundo dolor en mí, pues nunca se me apartaba, donde yo estaba allí estaba él; el día viernes pasó toda la mañana junto a mí”, recordó Karitza Cáceres, maestra.

Los últimos momentos en que Carlos compartió con sus compañeros fueron durante la clase de dictado, pues ya había logrado aprender a leer y escribir.

Ejemplo

La madre de los niños, Dominga, también se ganó el cariño de quienes llegaron a conocerla, pues aseguran que fue una madre abnegada, siempre trataba de hacer el bien y nunca se negó a ayudar a sus vecinos cuando necesitaron de su ayuda.

La mujer unos años atrás había quedado viuda, al morir su primer esposo, quien era el padre de Yeimy, Carlos, Wilmer y dos hijas mayores que no vivían con ella.

La señora hasta hace dos años vivía con Felipe, con quien había procreado a Isaac.

Los lunes y los viernes salía de su casa en busca de trabajo en diversas casas, pues con lo que ganaba ayudaba con los gastos del hogar.

La humilde mujer era originaria de La Unión, Santa Bárbara, pero desde muy joven se trasladó a la ciudad capital, en busca de mejores condiciones de vida.

La otra víctima, Yoselin, era originaria de San Matías, trabajaba como empleada doméstica en la casa de un primo, en la misma colonia. La falta de espacio en la casa de su tía la había obligado, desde hacía varios meses, a refugiarse en la casa de Dominga.

La jovencita era alegre, era muy difícil verla triste o enojada. También soñaba con continuar los estudios y, aunque los planes se habían retrasado este año, aseguraba que el próximo año retomaría las clases.

“Mi sobrina pasó en la noche, venía bien alegre y me contó que había aceptado a Cristo”, explicó Juana Amador.

Los cinco fallecidos fueron trasladados a la iglesia de Dios La Nueva Jerusalén, sitio en el que hasta horas de la tarde de ayer eran velados por sus familiares y amigos.

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Una amiga de la pequeña Yeimi Sarahí Aguilar llora desconsolada sobre su féretro. Todos la recuerdan como una jovencita especial.
Una amiga de la pequeña Yeimi Sarahí Aguilar llora desconsolada sobre su féretro. Todos la recuerdan como una jovencita especial.

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