Honduras
En el pasado mes de octubre, Esteban Arteaga, de 86 años, quedó sin un techo donde cobijarse del sol y la lluvia.
La temporada ciclónica que azotó con furia diferentes regiones del país, entre ellas su tierra natal Marale, hizo que su casa de bahareque, que le habían heredado sus padres hace 50 años, se convirtiera en bultos de tierra revuelta con pedazos de varas.
La tristeza se apoderó del anciano, al grado que no podía contener el llanto; su desesperación al quedarse sin hogar fue plasmada en las páginas de EL HERALDO, lo que permitió que personas de buena voluntad se solidarizarán con él.
Una pareja de ancianos de la capital, conmovidos ante el dolor de Esteban, enviaron ropa, cobijas y almohadas, sin imaginar que la alegría del anciano sería doble ,ya que nunca había recibido un regalo.
“Estoy muy feliz, jamás en mi vida había recibido un regalo, ni cuando estaba niño; que Dios bendiga a las personas que me ayudaron”, dijo el anciano con una permanente sonrisa.
En segundos sacó las prendas de vestir con la finalidad de medírselas. “Todas estás cosas están bellas”, dijo Arteaga en repetidas ocasiones.
La alegría por los presentes hizo que el octogenario se olvidara por un momento de que aún no había desayunado, pues aunque una antigua cafetera que estaba sobre la hornilla del fogón se mantenía en ebullición, él le restó importancia.
La felicidad de don Esteban no fue mayor a la de Lucila Cruz, de 60 años, otra de las afectadas por causa de las lluvias en la comunidad del norte de Francisco Morazán.
La señora aún descansaba cuando los reporteros de EL HERALDO tocaron sus puertas para entregarle una frazada y un paquete de jabón.
Más ayudas
En el camino hacia la comunidad de El Encinal, sobre las montañas que conforman el municipio de Marale, igualmente se mostraron felices varias familias que recibieron una colcha y varios paquetes de jabón.
Los niños gritaban de alegría al recibir, por entre los cercos de púas, las frazadas, debido a que en los lugares donde residen las temperaturas bajas son permanentes durante todo el año.
En total fueron beneficiadas unas 25 familias de la zona, quienes conviven en extrema pobreza en casas de bahareque con techos de palma y piso de tierra. Los niños en su mayoría visten ropas desgastadas, los varones con botas de hule y las niñas con sandalias.
Para poder bajar al centro del municipio, los pobladores de varias aldeas que se encuentran en la cumbre de las montañas, como Las Quebradas y El Encinal, viajan montados en caballo o mulas debido a que el único acceso con el que cuentan son estrechos y empinados caminos.