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El CAMR, Diez años tendiendo la mano

Actualmente el Centro cuenta con una casa del migrante, donde a parte de darles alojamiento temporal, también se les ofrece capacitación no formal.
21.03.09 - Actualizado: 21.03.09 07:27pm - Mario Cerna: mario.cerna@elheraldo.hn

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Tegucigalpa,

Honduras

Han sido diez años de lucha ininterrumpida y desinteresada. De desaires y de satisfacciones. De frustraciones y de sueños. De llanto y de risa.

Pese a todo, el Centro de Atención al Migrante Retornado (CAMR) cumplió este 17 de marzo diez años de creación y se mantiene más vivo que nunca.

Son 3,650 días de atención, 87,600 horas de amor y dedicación que han dejado 137 mil deportados atendidos, 137 mil amigos a los que posiblemente en más de una ocasión recibieron alimento, dinero y un techo para pasar el frío antes de llegar a su verdadero hogar.

Por eso es que cada hondureño deportado podría sentir que el Centro del Migrante es como su segunda casa, donde el aroma del café y de la tortilla de harina casi tostada, son quizá la mejor bienvenida que los deportados puedan recibir.

La causa y el efecto

Cada acción tiene un efecto. Se podría decir que el Centro del Migrante es efecto de la desigualdad social y la pobreza que cada año obliga a miles de compatriotas abandonar el país en busca de un mejor futuro en otra tierra.

Pero es a partir de 1999 que se registra un repunte en el número de deportados, razón por la cual se creó el CAMR, de la mano de una Organización no Gubernamental de Holanda, la Dirección General de Migración y Extranjería y de la Asociación de Hermanas Misioneras Scalabrinianas de la Iglesia Católica.

Han sido estas últimas quienes han tomado de manera directa la ejecución del programa, con apoyo de la Dirección de Migración y decenas de voluntarios, formando así el grupo que recibe, atiende y ayuda al hondureño retornado.

La cabeza pública de este grupo de trabajo es la hermana Valdette Willeman, una religiosa de origen brasileño, que en cada vuelo de deportados ve la oportunidad de practicar los principios de amor al prójimo por los que abogó Jesús hace ya más de 2009 años.

Willeman recuerda que el personal del Centro trabajaba en un pasillo del Aeropuerto de Toncontín. Los deportados entraban por la misma puerta de los pasajeros comerciales, con la diferencia que eran escoltados por el personal de la Dirección de Migración.

“Después del huracán Mitch incrementó el número de deportados y es en el 2000 que el Centro se traslada a la oficina actual”, relata Willeman.

Ella cuenta que se pensó tener programas de reinserción de los migrantes deportados, pero que poco a poco esas posibilidades se van cerrando.

Actualmente el Centro cuenta con una casa del migrante, donde a parte de darles alojamiento temporal, también se les ofrece capacitación no formal.

Entre los talleres que ofrecen esas casas destacan en el área de la computación, pastelería, corte y confección y otras.

Aracely Romero, oficial de la Dirección de Migración acreditada al Centro, cuenta que la estadísticas de deportaciones revelan que el 90 por ciento de ellos tienen una edad entre 19 y 34 años. “Son personas en edades productivas y es una recurso humano muy valioso”, dice.

Pero uno de los problemas ha sido la falta de recursos para desarrollar esos programas y para el funcionamiento del Centro, se queja Willeman.

La hermana Valdette lamenta la poca ayuda que reciben del gobierno.

Ella cuenta que el gobierno le proporciona el edificio donde albergan las oficinas de atención, paga por las baleadas y el café y corre con los gastos del pago de servicios públicos.

“Pero eso no ajusta, antes recibíamos entre 30 y 40 deportados por vuelo, hoy la cantidad supera los 120 ó 130 por cada vuelo, y eso nos provoca problemas, hasta económicos”, lamenta la encargada del Centro.

La trayectoria del Centro del migrante ha sido respaldada más que nada por la ayuda extranjera, como embajadas, organizaciones y aportes de manera individual o de empresas locales.

De acuerdo con la religiosa un Centro de este tipo necesitaría alrededor de 400 mil dólares para funcionar adecuadamente, actualmente ellos funcionan con un 25 por ciento de ese monto, según confesó.

“También hay mucho voluntariado, que es de las cosas que más me llena de alegría, porque es evidente un deseo de servicio y de ayuda de mucha población de este país”, dice Willeman.

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Sor Valdette Willeman (centro) es la encargada del CAMR y ella se ocupa de organizar la llegada de los deportados. Acá está en plena labor.
Sor Valdette Willeman (centro) es la encargada del CAMR y ella se ocupa de organizar la llegada de los deportados. Acá está en plena labor.

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