Honduras
La historia política hondureña está llena de ambiciones, alzamientos armados, zancadillas, negociaciones bajo la mesa, guerras fratricidas y campañas sucias. Los políticos han utilizado de todo con tal de llegar al poder.
En los últimos períodos presidenciales, las campañas sucias, caracterizadas por el insulto mutuo y la subestimación de planes de gobierno, han estado a la orden del día.
En 1981 Ricardo Zúñiga, nacionalista, confrontó con Roberto Suazo Córdova, candidato liberal y este, en 1985, lo hizo con un miembro de su propio partido, José Azcona, a quien nunca respaldó como aspirante a la candidatura presidencial.
En 1993, Oswaldo Ramos Soto, del Partido Nacional, tuvo enfrentamientos sistemáticos a través de los medios electrónicos y en las concentraciones políticas con el liberal Carlos Roberto Reina. En 2001 el nacionalista Ricardo Maduro se defendía de la persecución de la que fue objeto de parte de los liberales, que cuestionaron su nacionalidad.
En 2005 Manuel Zelaya y Porfirio Lobo Sosa hicieron su propia historia.
Las confrontaciones no son nada nuevas. El laureado poeta e historiador, Froylán Turcios, en su libro "Anecdotario hondureño", relata un episodio político, del cual él fue testigo, ocurrido durante la campaña presidencial de 1902 entre el presidente de la República, Terencio Sierra, y el candidato nacionalista y fundador de este partido, Manuel Bonilla.
"A medida que la lucha se intensificaba mostrando la indiscutible superioridad del general sobre sus adversarios, el presidente Sierra iba enfureciéndose y perdiendo el equilibrio", dice el escritor.
El fundador del Partido Nacional cierta mañana encabezó una marcha que comenzó en Comayagüela pasando por el puente Mallol hacia Tegucigalpa.
Al pasar frente a la Casa de Gobierno (ubicada donde hoy es el Congreso Nacional), la manifestación hizo una parada, justamente frente al despacho del gobernante.
Este juzgó que se le estaba provocando y de inmediato dijo en voz alta: "¡Negro bandido! Vive en mi casa, come en mi mesa y me traiciona como un villano". No conforme con lo que había expresado, continuó: "¡Cobarde y miserable. Canalla hijo de p... Tiene el alma mil veces más negra que la piel".
Bonilla escuchó aquellas ofensas y, como todo olanchano, decidió ir donde el gobernante a arreglar cuentas. Antes la seguridad no era como ahora, que hay que pasar por varias puertas para ver a un alto funcionario.
"Aquí estoy. ¿Qué deseas de mí?", le ripostó el candidato nacionalista.
Sierra, el presidente, guardó silencio, pero Bonilla siguió con su deseo de pedir una explicación.
"Como picado por una víbora salió Sierra, con uno de sus ímpetus de tigre, con las manos crispadas y el rostro descompuesto", cuenta Turcios, que era testigo de aquel acontecimiento.
"Quiero escupirte la cara y patearte como a un perro", le dijo el presidente al candidato nacionalista y acto seguido sacó de su vaina el célebre corvo que pendía de su cama.
Al alzar su mano para agredir a Bonilla, este sacó su pistola y se la puso en el pecho. ¡No loco malvado. Si te mueves, te parto el corazón", le dijo al presidente mientras la Guardia de Honor solo esperaba una orden del gobernante para actuar.
"El hipócrita, el cobarde, el canalla, el traidor, el hijo de p... eres tú. Valiéndote del poder estás acostumbrado a humillar a los infelices y a calumniar vilmente a los que valen cien veces más que tú. ¡Patéame, escúpeme la cara!", le repetía".
Todo mundo estaba asustado y preocupado por el desenlace que podría tener el incidente entre un candidato presidencial y un presidente de la República.
Además del poeta Turcios, presenciaban este enfrentamiento César Bonilla, Daniel Fortín y Constantino Fiallos.
Turcios relata que "Sierra, paralizado, vibrando de pies a cabeza, movió los ojos, enloquecidos en sus órbitas. De su boca contraída surgió una espuma amarillenta. Su mujer, que acudía en ese instante, le arrastró hacia el cuarto próximo, vacilando como un ebrio y lanzando sordos ronquidos".
Bonilla, tranquilamente, abandonó el lugar, pasó frente a la Guardia de Honor con el revólver en la mano "y la cabeza erguida".
El poeta e historiador al final de este relato reflexiona: "Ciñéndome estrictamente a la verdad diré que así como el general Bonilla ratificó para siempre en este supremo lance su fama de valiente entre los valientes, dando la medida de la máxima audacia de que es capaz un hombre, hay que convenir en que Sierra, pasada su crisis epiléptica, pudo, con una palabra, lanzar sobre él su guardia, que le habría hecho pedazos".
Al final, el candidato nacionalista ganó las elecciones y gobernó el país entre 1903 y 1907 y en un segundo período entre 1912 y 1913.