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La receta de la abuela

Con la venta de este producto ha podido salir adelante
07.11.09 - Actualizado: 07.11.09 05:46pm - Lourdes Barahona : lourdes.barahona@elheraldo.hn

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Tegucigalpa,

Honduras

Con el entusiasmo de una adolescente, a sus 76 años, Ana María Alvarado continúa la tradición que ha caracterizado a su familia de generación tras generación: la elaboración de rosquillas.

Y es que esta dulce abuela, originaria y residente del pintoresco municipio de San Buenaventura, Francisco Morazán, ha transmitido los conocimientos recibidos por su madre a toda su familia.

Doña Ana asegura que desde cipota comenzó a hacer rosquillas y tustacas para vender, a tal grado que no solo los hondureños tienen el placer de degustarlas. Por la calidad de su producto muchas personas lo compran para llevarlo al extranjero. "Comencé a hacer rosquillas para vender desde cipota, mi mamá me enseñó desde niña, así como a ella le enseñó mi abuela. Con la venta de cuajada, rosquillas y tustacas nos hemos criado", expresó Ana.

Negocio familiar

El ser egoísta definitivamente no es parte de la personalidad de esta humilde mujer, pues en ningún momento escatimó el rico tesoro dado por sus antepasados y sin pensarlo enseñó el proceso y compartió la lista de ingredientes con su familia.

La receta ha pasado a más de una generación, sus hijos, nietos y hasta su nuera se han involucrado en un negocio que se ha vuelto tradicionalmente familiar.

Hoy en día, lo avanzado de los años y las enfermedades que aquejan a doña Ana María representan un pequeño obstáculo, por lo que ahora no lo hace tan a menudo como antes.

El negocio ahora ha pasado a manos de su hijo Marcos y de su nuera Vilma Andino, quién es la que se encarga de la producción.

"Mi suegra ahora pasa un poco enferma y me ayuda de vez en cuando. Ella me enseñó la receta y pues yo soy la que hago el pan para venderlo", aseguró doña Vilma.

Las rosquillas han sido el sustento y la fuente de ingresos de esta familia campesina y con el que Vilma, al igual que su suegra, han podido darles educación académica a sus hijos.

El proceso

Desde muy tempranas horas todos en la casa comienzan la labor, Vilma se dirige a cocer el maíz pero después llevarlo al molino y molerlo con la cuajada.

Al estar lista la masa, Mario, el hijo de doña Ana, atiza el fogón para que esté listo al momento de hornear el pan.

En su humilde cocina, sobre una mesa de madera de caoba que ya tiene varios décadas, comienza el trabajo.

Entre pláticas de mujeres, suegra y nuera empiezan a darle forma a cada bolita de masa. Al momento de terminar, cada una es puesta en los moldes.

"La masa lleva cuajada y maíz cocido, juntos se muelen para que quede la masa completa y se le agrega sal al gusto", dijo doña Ana.

Al estar listas, Vilma se dirige al horno para verificar que la temperatura sea la adecuada, con una pala de madera mete una tusa de elote, si ésta no se quema de inmediato el calor es el indicado.

Los moldes son colocados dentro del horno de ladrillo y las rosquillas están listas en media hora. Estas dos mujeres al día hacen más de 500 rosquillas, las que son vendidas a menos de dos lempiras.

La receta de la abuela Ana y de sus antepasados ha logrado que muchas personas compren a menudo el producto y lo lleven fuera de las fronteras de Honduras.

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Doña Ana asegura que desde sus doce años comenzó a involucrarse en la elaboración de rosquillas.
Doña Ana asegura que desde sus doce años comenzó a involucrarse en la elaboración de rosquillas.

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