Honduras
Más que una vivencia, era un castigo para Alicia. Anoche estaba con su novio y hoy junto a otras mujeres que estaban a minutos de perder su libertad.
Parecía una pesadilla y así era en realidad.
Juan, su pareja, le había pedido que se quedara con él, tenían muchos planes, entre ellos disfrutar una noche apasionada a la luz de la vela, con la música de los grillos afuera de la casucha.
Todo iba bien, hasta que un grupo de policías tocó fuertemente la puerta y los sacaron casi a empellones. Juan era buscado por vender drogas y a ella se le acusó de ser su cómplice.
Todo eso sacudía su mente mientras pensaba lo corta que es la vida y lo desafortunada que había sido al estar en el lugar equivocado a la hora equivocada.
Recordó a su hijo Guillermo, de 10 años, que vive con su madre en la colonia Flor del Campo, y quiso llorar, pero se contuvo cuando la clase de la cárcel le dijo que entrara inmediatamente.
Estaba en un nuevo mundo, casi irreal. Parecía más un mal sueño del que quería despertar.
Como Alicia, muchas otras mujeres tienen que cumplir condenas dentro de la Penitenciaría Nacional Femenina de Adaptación Social (PNFAS), la mayoría de ellas son madres, unas solo añoran encontrarse de nuevo con ellos cuando recobren la libertad, otras crían a sus hijos dentro de las rejas.
La bendición más grande
Una de estas mujeres es Dulce Martínez, quien cuida a su pequeña Danna Michelle, una pequeña de ojos azul cielo que se ha convertido en un pedazo de su alma.
Dulce nació en Choluteca y se encuentra presa desde hace 11 años, ya que fue acusada de cómplice de secuestro.
El juez la sentenció a 28 años, la pena máxima según la legislación hondureña.
Ahora se encuentra solo acompañada por su hija, que dentro de unos meses tendrá que ser llevada con otra persona, según la disposición de las autoridades, ya que solo se permite que los niños estén en la penitenciaría hasta que cumplen dos años.
Dulce dice que la experiencia de estar presa es fea, pero es hermosa la oportunidad que ha tenido de ser madre, no importa si está encerrada, ya que esto le ha permitido madurar, trabajar y tener un motivo por el cual vivir.
El rostro de Dulce se muestra tierno por un instante cuando se le pregunta qué ha significado para ella ser madre.
"Es una sensación que no puedo explicar porque soy feliz con mi hija y la verdad es que ella es la que me ha dado las fuerzas para seguir en este lugar y para que como madre yo me sienta feliz", dijo Dulce.
Solo dos años
Gracias a Dios nos permiten tener a nuestros hijos con nosotras dos años -mencionó Dulce-. La verdad es que hay que agradecerlo porque en otros centros penales no se permite.
Michelle cumple dos años en agosto, fecha que tendrá que entregarla a sus hermanos para que la cuiden mientras ella sale. Sus familiares viven en Tegucigalpa.
Por esa parte no me preocupa -agregó-, ya que mi hija va a estar bien porque va para un buen lugar.
"Creo que hablando podrían dejar que me quedara con ella hasta los tres años, pero realmente este no es un buen lugar para que un niño se encuentre. De eso estoy bien consciente", indicó.
Cuando llega el tiempo, las madres que tienen que entregar a sus hijos deben llenar una serie de formularios legales. "Hago constar que no es que la estoy regalando, simplemente que me la cuidan mientras yo salgo de este lugar".
Ante la realidad que viven estas mujeres, el sueño que albergan es que el Estado pueda disponer de más presupuesto para el cuidado adecuado de sus vástagos en cautiverio.
Es por eso que tanto Dulce como otras mujeres en la misma condición comparten su plato de comida y su cama con los menores de edad.
Pese a todo, la administración hace todo lo que está a su alcance para que los niños estén bien, dijo Dulce.
Actualmente hay siete menores de dos años dentro de la cárcel femenina, dos recién nacidos, uno que está a punto de cumplir tres meses y los demás que aún no cumplen los dos años.
Miedo maternal
Pese a que considera que su hija no debe estar en el cautiverio junto a ella, Dulce teme el día que se tengan que llevar a Michelle. Sus ojos se enrojecen y una lágrima comienza a salir de sus ojos.
"Es muy triste -deja pasar unos pequeños segundos antes de seguir-, la verdad que al pensarlo pienso que me están sacando un pedacito de mí, pero yo sabía desde el momento que decidí tenerla. Sabía que esto iba a pasar, aunque mi familia me dice que me tengo que ir preparando", advierte.
"Yo creo que uno de madre nunca se conforma con la lejanía de un hijo, creo que jamás. Creo que nadie se prepara para decir: ‘tenga a mi hija’. No creo. La verdad que es muy duro, a mí me duele demasiado, aparte de que solo a ella la tengo y es parte de mí, es mi tesoro, mi vida, y ella me ha ayudado mucho a sobrevivir en este lugar, a tener la fuerza...". ¿qué haría por ella usted?, se le pregunta, y sin dudarlo un minuto dice que daría su vida por su hija.
Su nombre es Karen
Al fondo del recinto se mira a otra de las mujeres que cargan a su hijo en brazos. Parece una joven de menos de 22 años. Su mirada es vivaracha y juega como despreocupada por el tiempo.
Su nombre es Karen Leticia Valladares Banegas, quien cayó presa por el robo de un celular. "Había salido con trabajo comunitario hace un año y medio, pero no cumplí, por eso me regresaron".
Pese a que es joven, Karen tiene tres hijos, dos de ellos viven con unos familiares en las zonas aledañas a los mercados, y su último hijo de siete meses convive con ella en la penitenciaría.
"Él es mi ánimo al estar acá encerrada. Si él no estuviera pasara peleando con las demás reclusas, pero no, mi hijo me da fuerzas para seguir aquí", expresó.
Al salir de aquí espero estar con mis hijos -agregó-, los apoyaré en lo que ellos quieran ser.
Karen ha cometido muchos errores en la vida, pero siente el deseo de cambiar por su hijo, a quien tiene como su único apoyo emocional.
Quiere cumplir con su condena y comenzar una nueva vida, como mujer y como madre, aunque ahora se encuentre en el cautiverio.
Marcia Carías
Marcia es una madre cuya hija se encuentra viviendo con su abuela de 75 años.
Actualmente trabaja como coordinadora del centro, apoya a las autoridades en todo lo que se requiera.
Fue encerrada en el recinto penitenciario por el delito de tráfico ilícito de drogas, pese a que dice no tener indicios en contra, por lo que su caso aún se encuentra en casación.
Por este caso guardan prisión su madre, el papá de su hija y ella.
"Habemos muchas adentro, algunas que se equivocaron y otras solo esperamos que se haga justicia con nosotras", mencionó.
Esto es una cárcel -dijo-, que no es nada agradable. Trabajamos, luchamos y estamos pendientes de nuestras familias, en especial de nuestros hijos, que nos dan fuerzas.
"Mi bebé es lo máximo, es por quien lucho día a día en este lugar. Trabajo desde aquí para darle el sustento a ella. Cada día que pasa yo la recuerdo. La dejé a ella de seis años. Recuerdo sus palabras cuando me decía: ‘mamita, tú me dices que vienes pronto, en mi mano tengo cinco deditos, ya solo me falta uno para terminar, ¿cuándo vienes?’", comenta.
Mi día más triste fue el día que entré a este lugar porque la perdí y no la sé ver -aseguró-, prefiero no verla a que se arriesguen a andar las dos en la calle. Solo la he visto para mi cumpleaños o para Navidad.
Marcia tiene cuatro años de estar presa y cada día que pasa se siente más madre, sola y esperando la justicia, pero más que nada espera el día que pueda ver a su hija fuera de las rejas, abrazarla y decirle cuánto la ama.
Ahora perdió la libertad, pero no la bendición de ser una madre en el cautiverio.