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En el oriente de Honduras, la solidaridad anda en taxi

Actualmente Hernán maneja el taxi 0262, pero sus beneficiarios prefieren seguirlo llamando con el emblemático mote de taxista "3-20".
12.06.10 - Actualizado: 13.06.10 10:04am - Benjamín Martínez: redaccion@elheraldo.hn

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Danlí, El Paraíso,

Honduras

El taxista "3-20" recuerda aquella chubascosa tarde de junio de hace ocho años como el día más feliz de su vida. No es para menos, pues aquel día se inició en la devoción que lo ha llevado a convertirse en una especie de ángel de la guarda de los minusválidos y de los ancianos.

Solo después de muchos esfuerzos y mucha plática, los periodistas de El Heraldo en Danlí lograron convencer a Hernán Pineda Chávez, el "3-20", para que contara de su apostolado y se dejara hacer unas fotografías, pues según dice, la mejor parte del trabajo que realiza consiste precisamente en que nadie lo sepa.

Chávez se ganó el sobrenombre de "3-20" porque fue en una unidad con ese mismo número con la que empezó a hacer tan loable labor.

"Yo no quiero figurar, toda la gloria es para el Señor", argumenta.

Y es que desde hace ocho años Hernán se dedica a transportar de gratis a cuanto limitado físico se encuentra y, además, los lleva a sus casas o a los centros de rehabilitación. A veces tiene que esperar largo rato a que salgan de una cita o necesita cargarlos en sus brazos para subir y bajar de su carro.

Barro, lluvia y solidaridad

Después de vencer su obstinado silencio sobre su caritativa obra, Hernán dijo que la devoción nació aquella lluviosa tarde en que vio en las calles del centro de Danlí a un no vidente que empapado hacía parada a los taxis, pero nadie se detenía a recogerlo.

El taxista "3-20" fue a dejar su pasajero y volvió unos veinte minutos después, solo para enterarse de que el no vidente seguía allí haciendo parada a cuanto taxi pasaba sin que nadie lo auxiliara, así que él se bajó, subió a su máquina al ciudadano y se lo llevó a pesar de que el hombre literalmente chorreaba agua y empapaba los asientos y las alfombras del taxi.

Fueron a la colonia Gracias a Dios, un sector con calles de tierra que para entonces ya estaba inundado. Allí, Hernán se bajó y luego de acompañar al no vidente a la Casa para Ciegos, se volvió a rescatar su carro que se había encunetado debido a la grandes corrientes de agua y al lodo de las calles.

Así nació aquella devoción que Hernán ha cultivado en silencio durante ocho años, a veces con la burla, con el desprecio y hasta con la censura de algunos de sus compañeros que ven ese apostolado como una forma de competencia desleal.

"No quiero figurar"

"Si algún día hago mi tarifa y gano más de la tarifa pero no he llevado a ningún minusválido, entonces me regreso del camino a mi casa y voy a los lugares donde sé que hay gente que me necesita y quedo contento hasta que llevo a alguno, porque entonces sé que ese día he servido", aseguró el caritativo motorista.

Hernán asiste a la iglesia bautista del lugar conocido como Los Amates y asegura que allí va solo gente humilde, gente que no desea figurar en nada. Por ello asegura que "me siento bendecido, sé que el Señor me ha elegido para este trabajo y nadie me debe nada, más bien yo le debo a Él".

A veces Hernán lleva personas muy deprimidas, entonces las evangeliza, les asegura que el taxi es de ellos y para demostrárselos, incluso, llega a sacarse de su billetera los 15 lempiras del pasaje y entregárselos a los clientes con el propósito de convencerlos de que en efecto el taxi "es de ellos".

Hasta hoy, dice Hernán, el dinero nunca ha faltado en su casa. Tiene cuatro hijos que estudian en la universidad y en el colegio. La esposa vive y trabaja desde hace varios años en Estados Unidos y, según reconoce Hernán con franqueza, ella es la que lleva la mayor parte de la economía del hogar.

Juan Bautista Mejía, aquejado de poliomielitis desde su infancia, es un testimonió ya que es uno de los beneficiarios de la acción caritativa del taxista, pues casi todos los días y desde hace varios años lo lleva y lo trae desde su colonia hasta el centro de la ciudad de Danlí.

Juan Bautista es beneficiado por partida doble, porque siempre lleva con él a Dílmer Renán Mejía, de 12 años, un hijo de crianza que está postrado desde su nacimiento. A los dos los lleva y los trae el taxista "3-20" y los ayuda en las difíciles maniobras de subir y bajar del taxi.

Don Juan Bautista asegura que haber conocido a don Hernán es una bendición que Dios le puso, ya que para él y su familia, este bondadoso hombre es casi como su ángel guardián.

Por su parte, Primitiva del Carmen Izaguirre, compañera de hogar de Juan Bautista y madre adoptiva de Dílmer, dijo que Dios le ha ablandado el corazón a Hernán Pineda para socorrer a los desvalidos. "Nosotros todos los días le echamos bendiciones a Hernancito, porque él siempre ayuda a los inválidos", dijo la señora.

El ejemplo de Hernán ha dejado huella y ahora hay unos tres o cuatro taxistas que como él se esmeran en llevar y traer a los discapacitados, pero ellos son apenas una pequeña gota de solidaridad en un inmenso océano de indiferencia, pues los taxistas en Danlí pasan de cuatrocientos, es decir solo uno de cada cien se ofrece para movilizar a los limitados.

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Don Hernán Pineda no se conforma con hacerle la carrera a las personas con capacidades especiales, sino que hasta los carga en brazos para llevarlos a los lugares donde necesitan llegar.
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