Honduras
La noche ha caído sobre la capital, el ruido de los carros se ha apagado, el ir y venir de las personas ha desaparecido de las angostas calles del centro de la ciudad. Son las 10:15 de la noche, la hora perfecta para mezclar sexo, dinero y perversión.
La luz del carro alumbra la oscura callejuela. Al final de esa avenida, en la esquina, aparece una delgada silueta.
El vehículo avanza y a medida que se acerca a la silueta va dejando al descubierto su identidad. Su contextura es delgada, su peso a penas sobrepasa las 100 libras. Su estatura es mediana, quizá 1.60 metros. El auto está a menos de 20 metros. Su rostro ha quedado al descubierto: es un niño que aparenta tener 15 años.
El joven no le despega los ojos al vehículo, espera alguna reacción de su conductor y al ver que no la hay no le queda de otra más que recurrir a la provocación. Un leve ademán con su mano derecha, seguida por un movimiento de su cabeza parecen preguntarle al conductor sobre lo que busca.
El vehículo sigue su marcha y en el retrovisor se observa la imagen del jovenzuelo, desapareciendo en medio de la oscuridad.
El asombro aún no desaparecía cuando un par de metros más adelante, en la siguiente esquina de la misma cuadra, la escena se repetía.
Esta vez es otro el personaje que provoca al conductor del automotor.
Un joven delgado, de una altura aproximada de 1.70 centímetros, de físico delgado, pelo alborotado, pantalones ajustados, y que aparentaba unos 17 años, había clavado sus ojos en el vehículo polarizado que pasaba frente a él. Una sonrisa y el típico ademán con su cabeza invitaban al conductor a subirlo al carro, para hacer una oscura e ilegal proposición: sexo a cambio de dinero.
Una vuelta más por la misma calle bastó para corroborar que en ese escenario había lo que se buscaba.
La Unidad Investigativa de EL HERALDO acababa de constatar cómo niños se prostituyen en el centro de la ciudad.
Al descubierto
La calle Los Horcones que va desde la parte posterior de la Catedral Metropolitana, que pasa por el parque Valle y que llega hasta el sector del barrio La Plazuela, conocido como "El Arbolito", se ha convertido en el epicentro de la pedofilia, el homosexualismo, la prostitución y el delito.
Son niños que en puestos y horarios diferentes se dedican a vender sus cuerpos a cambio de unos cuantos billetes.
Bastaron 30 minutos de "peineo y vigilancia" de la zona en tres diferentes vehículos para constatar lo que pasa en esa calle del centro de la ciudad.
Desde las 8:00 ó 9: 00 de la noche y hasta las 1:00 de la mañana grupos de niños entre los 15 y los 17 años se adueñan de esta avenida ofreciendo sus cuerpos por cantidades que van desde los 100 hasta los 300 lempiras.
El cliente
Decenas de "clientes", que se movilizan en vehículos, generalmente polarizados, los rondan como si se tratase de un predador salvaje que va tras su presa.
Los seducen con el dinero para luego llevárselos, en algunos casos a lugares cercanos y en otros con rumbo desconocido, para finiquitar la operación "venta de sexo".
Era un vehículo tipo pickup, doble cabina, azul profundo, de vidrios polarizados, el que esta vez busca placer, pero envuelto en delito.
Su deseo carnal le hace acercarse a un niño que ofrece su cuerpo por una cantidad que no vale ni su vida ni su dignidad.
El conductor, a bordo del vehículo, hizo el recorrido por la famosa calle en tres ocasiones. Las primeras dos fueron de acercamiento a su presa, la última fue para concretar la negociación.
Se estacionó en el centro de la calle, frente al menor. Conversan algunos segundos, acto seguido el vehículo se orilla. Al parecer ya hay acuerdo.
Las luces intermitentes del auto anticipan que la compra de sexo tardará un par de minutos más.
El menor se aparta de su esquina y se dirige a la ventana del lado del pasajero.
Durante unos tres minutos se mantienen conversando. Pareciera que acuerdan el precio que a uno le costará obtener placer manchado de delito y a otro vender su dignidad y quien sabe si hasta su salud por unos cuantos billetes de color amarillo.
De repente, el muchacho abre la puerta del vehículo y sin mayor temor sube al auto y cierra la puerta.
Las luces intermitentes se apagan y, como si nada, arranca el automotor para perderse en medio de la soledad y la oscuridad de la calle.
Metros atrás un carro estacionado ahí desde hace varios minutos lo observa todo. Era la Unidad Investigativa de EL HERALDO. Sin embargo, nadie sabe lo que pasará entre ellos. Todo quedará encerrado en las paredes de alguna habitación.