Honduras
Caía una pertinaz lluvia al momento en que el féretro de Pedro Antonio Rubio García, de 26 años, era llevado hacia el Cementerio General de Nacaome.
El sepelio fue acompañado por centenares de amigos y parientes de la familia que hoy lamentan la pérdida de un ser querido, tras la búsqueda del ansiado "sueño americano".
Y es que 20 días atrás Pedro Antonio se despidió con una sonrisa y el anhelo de lograr un mejor porvenir para él y sus parientes cercanos.
María Lucrecia García, su madre, desconsolada gritaba al cielo, pues no logra comprender cómo el ser que mantuvo a su lado por más de 26 años, en menos de un mes de haberse separado de su hogar retornó en un ataúd. "Dios mío, mi hijo no merecía morir de una manera tan cruel", reclamaba la señora. El occiso era el menor de cinco hermanos, no contaba con familia propia, pues hace un año atrás había fallecido su único hijo, de acuerdo al relato de parientes y amigos.
El cadáver de Pedro Antonio llegó a la comunidad cerca de las 9:00 de la noche del miércoles, luego de ser traído desde México, ya que el joven formó parte de la matanza que se registró en Tamaulipas, el 22 de agosto.
Según los familiares, el infortunado, pese a que le rogaron que no emprendiera el viaje, no escuchó las súplicas, pues estaba decidido a llegar a Estados Unidos.
"Peyeto", como era conocido en Nacaome, trabaja como repartidor de pan en la panadería Regalo de Dios donde su patrono también se opuso a darle las prestaciones para evitar que se fuera, obstáculo que también no valió para detenerlo en su decisión de viajar ilegalmente al país del norte.
Al momento de su entierro, el grupo de compañeros del equipo de fútbol Panamericano, donde él jugaba, lo cargaron hasta llegar a su última morada como una muestra de cariño para su querido amigo, el que pensaron volver a ver con vida años después de su partida.
El fallecido había cursado los estudios primarios en la escuela General Manuel Bonilla. Sobre el ataúd los compañeros de equipo le pusieron la camisola que siempre portaba al jugar, la número 12.
El momento más doloroso llegó cerca de las 5:00 de la tarde, cuando los restos del joven eran depositados en la última morada, ya que los más pequeños de la familia rompieron en llanto.
"Tío te quiero ver vivo, tío te quiero ver vivo", gritaban varios de los sobrinos de forma desesperada, situación que estremeció a todos los que acompañaban el funeral.