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Bomba de tiempo

Por la inseguridad de la infraestructura del penal, los reos solo son sacados a recibir sol dos veces por semana, durante una hora. Ante el encierro total, los prisioneros tienen tiempo para pensar en su familia y reflexionar sobre sus delitos
06.10.10 - Actualizado: 06.10.10 11:05pm - Redacción: redaccion@elheraldo.hn

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Santa Bárbara,

Honduras

Si el espanto y el morir soterrados son parte de la condena que tienen los presos del penal de este departamento, entonces ya están a punto de cumplirla.

Los privados de libertad de este reclusorio permanecen aterrorizados por las dramáticas y siniestras condiciones del penal. Ahora solo falta que dentro de poco tiempo el vetusto edificio construido en 1889 les caiga encima.

Los daños que esta gente le causó a la sociedad, aquí los está pagando caro. En esta cárcel, la crueldad y la maldad de los reos tienen como respuesta un despiadado confinamiento.

Si el desastre del Estado se refleja en el desastre de sus cárceles, como analizan algunas autoridades penitenciarías, entonces hay que tomar como primer referencia el presidio de Santa Bárbara.

Hasta mediados de octubre del año pasado, y ya en condiciones deprimentes, esta cárcel albergaba a 366 reos.

Actualmente solo tiene 101 internos, los 265 restantes fueron traslados a otros penales luego de que un incendio ocurrido entre el 21 y 22 de octubre de 2009 estuvo apunto de borrar la vida, la historia y las supersticiones de esta prisión.

El fuego, además de acabar con el techo, casi pulverizó las paredes de adobe del edificio, que de por sí ya estaban en ruinas.

De las 9 bartolinas, solo 3 quedaron utilizables, pero con sus paredes -de un metro de grosor- totalmente debilitadas, al grado que hoy en unas partes se están reduciendo a polvo y en otras se están cayendo a pedazos.

Después del incendio, las autoridades penitenciarias trataron de reconstruir el techo del edificio utilizando las quemadas y encogidas laminas de zinc. Asimismo, habilitaron las tres bartolinas que no fueron alcanzadas por las llamas pero sí muy afectadas por el humo y la calor.

También reconstruyeron una celda destruida por el fuego, para tener ahí a 4 mujeres privadas de libertad.

Encierro

Aunque por fuera un amarillo descolorido maquilla el careto rostro de la prisión, por dentro las paredes verdes e impregnadas de humo presentan un panorama siniestro.

En esta deteriorada prisión están confinados sujetos peligrosos, como asesinos, homicidas, violadores, lavadores de dólares, integrantes de bandas de asaltantes, robacarros y secuestradores, entre otros.

Si la infraestructura del penal es aterradora, el encierro de estos presos es dramático.

Para estar frente a la primer bartolina, hay que cruzar tres portones. Al entrar, la cárcel parece una fortificación impenetrable, pero esa impresión desaparece al cruzar el segundo portón, un ambiente tétrico queda expuesto ante los ojos del visitante.

En la primer bartolina, 13 pálidos individuos trataban de moverse en la celda de tres pasos de ancho por tres de largo, mientras dos más dormían en una litera y otro estaba tirado en el piso envuelto con una toalla.

Es tal el hacinamiento que los 16 reos confinados en esta bartolina perdieron un metro de espacio al colocar dos literas, con una ristra de cuatro camas cada una. Como no hay espacio para colocar ni una silla, entonces ocho duermen en el piso.

Lo alarmante de la prisión inicia en está celda: tiene baño y sanitario adentro, pero su techo carece de cielo raso y sus paredes no tienen una ventana o agujero de ventilación.

"Esta es la segunda celda y en ella están encerrados 39 reos", apuntó un custodio, mostrando aquel simulacro de prisión.

En esta bartolina, de aproximadamente ocho pasos de ancho por ocho de largo, permanecen encerrados 39 privados de libertad en las condiciones más miserables.

Aquí solo nueve tienen el privilegio de dormir en las tres literas, el resto lo hace en el piso. En esta celda han instalado algunas estufas para cocinar los alimentos que les traen sus visitas, lo cual también les reduce el espacio.

"Pedimos, al menos, más camas porque la mayoría, unos 30, dormimos en el suelo", expresó César Rivera, prisionero originario de Ocotepeque. Aquí los presos se acomodan como pueden para vivir, ya que la situación del penal es desastrosa, manifestó.

"Mire, aquí hay otros 42 presos", dijo el custodio señalando la celda número tres. La situación era sobrecogedora, como en los dos calabozos anteriores.

"Aquí estamos encerrados todo el día, lo único que hacemos es dormir, leer la Biblia, ver televisión y caminar en este reducido espacio", relató un interno. En las tres celdas, los presos no solo tienen problemas de hacinamiento, en verano tienen que soportar el incesante calor y en invierno deben trapear y trapear para secar el agua que se introduce por las múltiples goteras. De tanto fregar el piso de cemento ya lo tienen gastado.

Amenaza

En esta prisión los reos no se van porque no quieren. Las paredes del reclusorio -infladas por dentro y por fuera- son sumamente frágiles. Lo único que les impide fugarse es la presencia policial, aunque esta también es débil por la falta de personal.

Las paredes del penal están tan deterioradas que, al cerrarse los enmohecidos portones de las bartolinas, la tierra de los adobes se desprende poco a poco. La situación es tal que los hierros que se habían incrustado en la pared para sostener los barrotes ya son visibles. Lo único que falta es que los portones se caigan solos o les caigan encima a los custodios cuando los abren o cierran.

Política

Entre lo calamitoso de la infraestructura de la prisión también está la húmeda y ennegrecida cocina donde dos reos preparan la dieta de siempre -frijoles y arroz-, en medio de un ambiente espectral y maloliente. Aquí el olor de la sopa de frijoles se mezcla con el hedor del urinario, que está casi a la par de las hornillas.

Como los políticos explotan hasta la miseria de las prisiones, la habitación acondicionada para la visita conyugal de este penal fue ocupada por un reo recomendado por los diputados del departamento.

Para que los presos no pierdan el derecho a estar un rato con su pareja se les habilitó un cuarto frente al salón donde se atiende a las visitas.

El reo que quiera utilizar el nuevo aposento conyugal tiene que llevar su propio colchón porque ahí no hay ni una banca. Además, debe llevar algo para acuñar la puerta, porque esta no tiene seguro por dentro ni por fuera.

Inseguridad de la infraestructura

En el recinto de la prisión, dos "chompipes (pavos) refunfuñones", a los que ya se les acerca su día, son los únicos que se mueven con libertad.

Todos los días de este año, los prisioneros, desde su encierro, han venido observando y envidiando la vida de los pavos, sin entender que tienen los días contados. Por la inseguridad en el perímetro de la cárcel, los reos solo salen al recinto una hora dos veces a la semana.

Los únicos que con ciertas restricciones se mueven fuera de las bartolinas son los dos cocineros, un lustrador de zapatos, el recluso dueño de las máquinas del taller de carpintería y un aprendiz.

Aquí el ambiente "es demasiado feo porque no hay orden. En primer lugar, se mantiene uno todo oprimido; en segundo lugar, nos sacan de la celda solo dos veces por semana, una hora fuera, después uno pasa encerrado", lamentó Michael Danilo Rodríguez, de nacionalidad guatemalteca.

"Me gustaría que hubiera más orden, que nos saquen en horario fijo por más días, al menos dos horas diarias, para no pasar más en la pura sombra. Estamos como perros", imploró Rodríguez, quien tiene dos meses de estar preso por el delito de violación.

Por su parte, Raúl Rodríguez, comandante de guardia de la prisión, explicó que la restricción es producto de que la infraestructura no reúne las condiciones para tener los presos afuera. "Imagínese, no se tiene seguridad en los torreones que permita ver lo que los presos hacen en el patio", agregó.

Ocupación

Ante el confinamiento total y la falta de rehabilitación, los presos tienen el tiempo suficiente para pensar en su familia y reflexionar sobre sus delitos. El taller de carpintería que existe lo montó un preso.

El dueño y un aprendiz son los únicos que trabajan ahí, orientados por un carpintero que no es preso. Para salir un rato de la bartolina y aprovechar el tiempo, 49 presos se inscribieron este año en la escuela que se montó en el interior de la cárcel.

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Las paredes que sostienen los barrotes de la prisión están a punto de derrumbarse.
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