Honduras
Son momentos y días difíciles para las mujeres recluidas en el centro penal de esta ciudad, ellas aún no asimilan su cruda realidad.
Las cuatro mujeres presas que hay en este penal tratan de que el tiempo pase rápidamente. Durante el día y la noche les abriga una sobrecogedora desolación. Para atenuar la dura realidad se dedican a sus quehaceres, como en el pasado lo hacían en cada uno de sus hogares.
Sin embargo, la calamidad en que se encuentra el centro penal de este departamento hace que la situación se vuelva más difícil y hasta inaguantable.
Todas se encuentran recluidas en lo que la policía penitenciaria denomina el "módulo", que no es más que un cuarto de unos seis metros de largo por tres de ancho, con paredes llenas de moho que amenazan con caerse de un momento a otro.
Para agravar el entorno, cables eléctricos penden del techo a escasa altura. Esta bartolina también tiene un baño y un sanitario que comparten las cuatro mujeres.
Por las condiciones que enfrentan tienen que turnarse para utilizar la estufa portátil, colocada sobre una pequeña mesa de madera que se encuentra en medio de las cuatro camas.
El arroz y los frijoles que les brinda el centro penal no les resultan muy agradables, la administración del reclusorio les proporciona alimentos para que ellas mismas los puedan preparar.
"Como somos mujeres somos muy activas, no me gusta la comida hecha, me gusta cocinarla y comer dentro de la celda", dijo una de ellas. La puerta de la celda tiene un grueso candado que impide que las féminas puedan salir al patio en la mayor parte del día. Tan solo se les conceden dos horas a la semana, las que utilizan para lavar su ropa de vestir y de cama, ver a los varones jugar pelota o caminar.
Lo que les falta de libertad les sobra en fe para recuperar su libertad. Igualmente no les hacen faltan las oraciones diarias y el agua para lavar su ropa, a partir de las nueve de la mañana.
De las cuatro privadas de libertad, tres se mostraron esquivas al saber de la presencia de las cámaras, solo una dio la cara, doña Bárbara Isabel Rodas, una señora que está por cumplir 60 años.
"Hay mujeres que entran y salen del recinto, por lo que tuve que comprar un colchón; no me gusta dormir en cosas que sean sudadas". Aunque reconoció que el centro penal adquirió colchones nuevos, "son muy macizos, son nuevos, solo hay que lavarles el forro cuando se ensucien", dijo.
Consultada sobre qué otras deficiencias encuentra en el centro penal, respondió que la humedad en una esquina del hogar, "cuando llueve hasta gotea", denunció señalando el sitio.
Al fondo de la celda se escondían las otras tres reclusas, no así doña Bárbara, quien a propósito tiene otra historia que contar.
Con su esposo
Cuando una pareja se casa se acostumbra decir "hasta que la muerte los separe", y de eso puede dar fe el matrimonio compuesto por doña Bárbara y Miguel Ángel Rivera.
Ella tiene siete meses de estar presa junto a su esposo, quien se encuentra en la bartolina número tres, junto a otros 41 reos. Una plancha de cemento donde una vez funcionó una cancha de baloncesto separa las dos bartolinas que albergan al matrimonio.
"Allá está mi esposo, solo durmiendo, pasa decepcionado", indicó la infortunada mujer a EL HERALDO, mientras permanecía de pie en el interior de su celda.
El matrimonio se encuentra privado de su libertad por una acusación que les interpuso una mujer. "Es alguien que busca deshacer un hogar, desbaratar nuestro matrimonio", dijo doña Bárbara, sin revelar mayores detalles. "Primero Dios ya vamos a salir por esta acusación falsa", manifestó con esperanza la sexagenaria mujer, quien por su edad espera que sea pronto para ver a su única hija.
Cuando ambos salen de sus celdas no pierden tiempo para encontrarse y platicar, luego esta se dedica a lavar su ropa y la de su compañero, mientras este la observa recostado sobre una hamaca.