Honduras
La prisión de esta ciudad, como las otras que tiene el país, más parece casa de engorde de hombres y mujeres que un penal donde se rehabilita al reo y se le prepara para reinsertarse en la sociedad.
El artículo 87 de la Constitución de la República dice: "las cárceles son establecimientos de seguridad y defensa social. Se procurará en ellas la rehabilitación del recluido y su preparación para el trabajo".
Ante la falta de una política penitenciaria, las cárceles no son ni lo uno ni lo otro. Como en todo proyecto gubernamental, el dinero no ajusta para los proyectos, en las prisiones sucede lo mismo. Aquí en este presidio el dinero no ajustó para terminar el muro perimetral y menos para levantar los torreones de vigilancia.
Ante la falta de seguridad, el amplio terreno que tiene esta cárcel -que bien puede utilizarse para la agricultura- está tan ocioso como la vida que llevan la mayoría de los 396 prisioneros, entre ellos 17 mujeres.
Las condiciones para sacarlos a trabajar no existen. Para resguardar esta prisión, hay 35 policías penitenciarios, pero de esta cantidad normalmente solo laboran 30, porque los otros siempre se van de vacaciones.
Para mantener la vigilancia en los alrededores del edificio, los guardias permanecen debajo de los árboles, otros han improvisado casetas. Como en otras prisiones, aquí también los internos mejor portados ayudan a las autoridades a mantener el orden.
Además de las dificultades que enfrentan los policías para mantener el control a lo interno, también tienen problemas a lo externo, cuando deben trasladar los presos a los tribunales de justicia y a los hospitales porque se enferman.
El carro que se les asignó se les averió hace varios meses. Los responsables del presidio llevaron el motor a la Dirección de Centros Penales en Támara para su reparación, pero jamás volvió.
Vigilancia
Otro de los grandes problemas es el amontonamiento y la desidia en que viven los presos. La vida se les escapa entre jugar naipe, comer y dormir. Una docena de internos es apenas la población que busca realizar, al aire libre, algunas actividades que generan dinero.
A pesar de la aglomeración en que viven los presos dentro de los hogares, cuentan con 9 habitaciones conyugales, unas hasta con aire acondicionado.
"Con aire acondicionado vale 100 lempiras y sin él cuesta 35", dijo el reo Luis Galdámez. Ante la poca vigilancia policial dentro del penal, los reos andan con sus teléfonos móviles y abiertamente los cargan hasta en la cocina.
"Eso de los celulares siempre se ha dado, pero usted pudo ver que los dos que vimos se los decomisé porque no está permitido", dijo José Antonio Gutiérrez, subdirector del penal.
El ingreso de estos aparatos, así como de la droga, es un problema difícil de controlar, "en algunos casos creemos que están metidos hasta los policías", agregó el oficial.
Otro problema que tienen, explicó, se presenta en la cocina, donde tres o cuatro quemadores de la estufa se arruinan casi todos los días y cada uno tiene un costo de 180 lempiras. "Como sea hay que mandarlos a comprar y para eso no hay presupuesto", relató.
Para hacerle frente al hacinamiento, Gutiérrez espera que en el futuro se construyan dos hogares más. "Aquí tenemos varios problemas que hay que solucionar", añadió.