Japón
A varios kilómetros de la costa, los sobrevivientes de esta ciudad recorrieron las calles llenas de árboles abatidos, vehículos destrozados e incluso avionetas.
Ayer, un día después que el tsunami barriera Sendai, los residentes examinaron la devastación que arrasó zonas enteras de esta ciudad portuaria de un millón de habitantes y situada a 120 kilómetros del epicentro del sismo, de magnitud 8.9.
Los equipos de rescate recorrieron la aguas enfangadas en medio de restos que flotaban por doquier, mientras los rescoldos de un gran incendio seguían humeando.
El servicio telefónico y de electricidad sigue interrumpido y la ciudad continúa padeciendo poderosas sacudidas secundarias.
Los operarios ferroviarios perdieron el contacto con cuatro trenes que el viernes circulaban por las vías costeras y no los habían localizado para el sábado por la tarde, dijo la agencia noticiosa Kyodo. La empresa ferroviaria East Japan Railway Co. dijo desconocer cuántas personas iban a bordo.
Centenares de personas hicieron fila ante los pocos supermercados que seguían abiertos en Sendai, para adquirir bebidas y fideos, a sabiendas de que pasará mucho tiempo antes que la vida vuelva a la normalidad . Algunos recordaron cómo escaparon con vida cuando olas gigantescas penetraron hasta 10 kilómetros de la costa.
En un comercio situado a cinco kilómetros de la costa, el propietario abrió el negocio, aunque sin electricidad y con el piso cubierto por una espesa capa de lodo.
“La inundación vino por la parte trasera de la tienda y envolvió ambos costados”, dijo el propietario del establecimiento Wakio Fushima. “Vi pasar varios coches que flotaban en mitad de la corriente”.
Muchos residentes de Sendai pasaron la noche al aire libre o recorriendo las calles cubiertas de escombros, imposibilitados de regresar a sus casas dañadas o demolidas por el sismo o el tsunami.
El distrito municipal de Wakabayashi, que se extiende directamente hacia el mar, estaba cubierto por agua marrón que llegaba hasta la cintura. La mayoría de las casas quedaron totalmente demolidas, como su hubiesen sido barridas por una topadora gigante.
Satako Yusawa, de 69 años, dijo haber sentido en su vida muchos sismos, pero ninguno como el del viernes por la tarde.