Honduras
Al igual que miles de compatriotas que viajan hacia Estados Unidos en busca de un mejor futuro, Rosa RamÃrez Medina partió hacia aquel paÃs en 1982, llevando consigo una maleta llena de sus sueños, esperanzas y el deseo ferviente de apoyar a su familia económicamente.
Como todo cambio, al inicio no fue sencillo. Adaptarse a una nueva tierra en la que se habla un idioma diferente, donde la gente vive de diferente manera, no fue sencillo.
Encontrar un trabajo era la primera meta, adaptarse al ir y venir del paÃs norteño, hacer nuevos amigos, que quizás no serÃan tan sinceros como los que dejó en su tierra, constituÃan un segundo paso.
Una vez logrando su propósito, que además incluÃa legalizar su estadÃa en Estados Unidos, Rosa fue sumando dÃa a dÃa sus ansias de regresar a su paÃs, ya no para quedarse sino para ayudar a otros que como ella nacieron en condiciones de precariedad. Esta idea la mantuvo dentro de sà por mucho tiempo, hasta que un dÃa logró concretizar su gran sueño.
Esperanza de vida
Luego de mucho trabajo, logró formar un pequeño ahorro con el que poco a poco compró juguetes, ropa y calzado, entre otras cosas, que luego destinarÃa para sus compatriotas más necesitados.
El proyecto tuvo su primera etapa en el año de 1999, cuando Rosa y sus hijos Sandra, Yerbin y Osman Mazariegos regresaron a Honduras y se presentaron ante las autoridades de los hospitales Escuela y San Felipe de esta ciudad, proponiendo entregar una pequeño donativo a pacientes de escasos recursos económico.
Como era de esperarse, la idea fue aceptada con gran entusiasmo por parte del personal de estos centros asistenciales de la capital, y de inmediato se realizaron los trámites respectivos que viabilizaban la entrega.
Con el paso del tiempo se fue haciendo una costumbre esperar a Rosa y participar con ella en la entrega de lo que año con año portaba para quienes lo necesitan. "Me siento bien el entregar estas ayudas a las personas que lo necesitan", dice con visible emoción.
Y no es para menos, ya que su esfuerzo tiene sus frutos y la respuesta no se hace esperar en los rostros sonrientes de los benefactores que la ven como un regalo de Dios.
Esfuerzo
La labor de Rosa cumple aproximadamente 10 años, tiempo en el que muchos han recibido la muestra de su cariño y de su esfuerzo personal, misma que se está presente en cada pequeña cosa que regala. "Poco a poco hemos ido aumentando el donativo, en algunas ocasiones hemos podido ayudar con sillas de ruedas, muletas y andadores "que utilizan personas que se han visto afectadas de sus extremidades inferiores".
Al esfuerzo de esta noble hondureña se suman además sus nietos Alexandra Pacheco y Dexter Ortiz, quienes cada año realizan una colecta entre sus amigos y vecinos para luego aportar a Honduras el fruto de su esfuerzo.
No da al que le sobra, sino el que tiene voluntad, y Rosa y su familia seguro les sobra buena voluntad, ya que son muchos los hondureños radicados en el extranjero, pero pocos quienes realizan una labor encomiable como la de ella.
Esta hondureña de 77 años nació un 30 de agosto en la comunidad de Talanga, Francisco Morazán, y según sus palabras, al poco tiempo de nacida sus padres se trasladaron a Tegucigalpa, donde radicó por muchos años. Conoció de cerca la precariedad, como tantos hondureños que nacen en hogares donde el presupuesto familiar es de menos de 100 lempiras mensuales.
Esa misma precariedad obligó a Rosa a buscar mejores derroteros, pero sin olvidarse de sus raÃces, y comparte en estos momentos lo poco que su esfuerzo le permite. Seguro su proyecto no finaliza ahora y continuará apoyando cada año a los pacientes de estos centros hospitalarios.