Honduras
Siendo apenas un chiquillo me llevaron para Lepaterique -con las manos muestra que estaba en el vientre de su madre-. Creo que fueron los momentos más felices -sus ojos brillan y su sonrisa es contagiosa-. No pude ir a la escuela, pero me encantaba sembrar y trabajaba la tierra con mi papá, y luego, cuando tenía 15 años, me enlisté en el Ejército.
En aquellos tiempos era por la fuerza porque lo reclutaban a uno. Me recuerdo que me llamaron para formar las filas de combate en la guerra de 1969 contra El Salvador.
En ese momento me llegó la mala suerte, me dieron un balazo en la pierna derecha que me dejó inválido y me dieron la baja. Entonces comencé a rodar, anduve en la calle por varios años. Luego me casé con una mujer que ya tenía varios hijos, me encariñé con ellos, los crié como si fuesen míos. Luego nació mi único hijo.
Estuvimos juntos por más de 16 años, pero luego -agacha su rostro y sus ojos se inundan de lágrimas, aprieta sus labios y traga- me enfermé y me dijeron que era positivo al sida, así de golpe me lo dijeron.
Le confesé a la madre de mi hijo lo que pasaba y me separé. No tuve el valor de decirles a mis hijos lo que me pasa. Me van a rechazar -se toca el rostro, se enmudece, mira hacia el piso y suspira-.
Es tremendo vivir así -sonríe, se frota las manos, agacha la mirada una vez más y continúa-, uno no puede recibir amor de sus seres queridos porque no se atreve a contar su realidad, es difícil.
Un refugio es su hogar
A uno lo ven como un ser extraño, a veces hasta en los hospitales. Me pasó algo que no olvido: me habían dejado cita en el hospital del Tórax. Como no sé leer, andaba de arriba abajo con un puño de papeles. Desorientado caminaba por los pasillos y nadie me decía qué hacer.
Pasaron varias horas hasta que un hombre me preguntó: "¿señor, usted está dando lástima, qué anda haciendo aquí?" Le respondí que venía de Talanga y que nadie me hacía caso. Me dijo: "¡enséñeme sus recetas!", y cuando miró donde era mi consulta me llevó.
Se metió a una sala y les entregó los primeros papeles, luego me llevó por cada una de las ventanillas y me fue enseñando dónde quedaba la farmacia, la enfermería y el lugar donde el médico me atendería. Al salir de la consulta me preguntó: "¿señor, y usted dónde vive?" le dije: ahorita en una finca, pero yo en ese momento casi ni podía caminar -se tapa su rostro, mueve la cabeza, como si quisiera olvidar lo que vivió-.
Al conocer de mi condición, me dijo que conocía un centro donde él estaba viviendo y me llevó a ese lugar. Yo no sabía de lo que me hablaba, pensé que me iban a internar en un hospital, pero luego de hablar con el médico me llevo con él y desde hace siete años vivo en la casa hogar. Antes de llegar a este lugar me sentía triste, sin amor, caminaba solo, pensaba que pronto me moriría.
Andaba con un bordón, casi de arrastrado, la enfermedad me estaba consumiendo, parecía más anciano de lo que soy. Cuando pienso en que este centro pueda cerrar, siento una gran aflicción porque es lo único que tengo. Yo no me imagino una vida fuera de la casa hogar -aprieta sus manos, su miraba se pierde en diferentes direcciones, observa su alrededor-, esto es lo único que tengo. Mi familia son los otros internos, hombres y mujeres que igual que yo han sufrido discriminación.