Honduras
Dos cosas duras han marcado mi existencia: enterarme de ser una persona viviendo con el VIH y haber alejado de mí, por su culpa, a lo que más amo: mis hijos.
Fueron 12 meses en que me privé de recibir una caricia, un abrazo, o un beso de mis muchachitos -su cuerpo se estremece al recordar- tenía terror de infectarlos a ellos.
La voz aguda de "Angelita" se quiebra... un sudor helado invade su frente y rostro y se combina con dos gotas de lágrimas. Pensaba que con acercarse los iba a infectar... Los aleje de mí, y ellos no comprendían mi actitud grosera y pesada, cuando toda la vida les había dado amor.
Pensé que todo se me había terminado, y me preguntaba que por qué tenían que pagar por ese sufrimiento... Por eso quería alejar a mis cuatro muchachitos - repite con gran arrepentimiento-.
Quise ocultar mi enfermedad con ellos, pero mis dos hijos mayores ya habían husmeado mi historial médico y conocían en secreto mi condición.
Cuando me dieron el alta en el hospital, donde llegué a pesar 89 libras y no podía ni moverme, mis muchachos me chineaban -relata orgullosa de la solidaridad de sus hijos.
Estuve un año postrada. Fueron ocho meses en el hospital y aún así salí paralítica, en una silla de ruedas, sin poder caminar. En ese entonces, también tenía a mi primer nieta y era tan amable que cada vez que me miraba convaleciente me asistía como adulto.
Una jugada del destino
Esta hermosa mujer garífuna, a quien le llovían los pretendientes en su juventud, jamás imaginó ser una más en la lista de personas viviendo con el VIH.
-Una perfecta sonrisa se asoma en su rostro-. Mi primer amor fue a los 12 años, fue bonito, un amor inocente, un juego de niños. Después llegaron otros amores. Me enamoré de un joven músico y locutor, que luego se fue a La Ceiba y desde la radio donde trabajaba me mandaba saludos. Cuando los vecinos escuchaban los saludos, ¡je...! le iban a decir a mi mamá y ella se enojaba.
-Su sonrisa se borra de inmediato al recordar cómo llega la enfermedad a su vida-. Llegó como nadie lo espera. Estaba culminando mis estudios de secundaria y próxima a obtener el título de Perito Mercantil y Contador Público.
Estaba en mi período de práctica en la DEI y me empezaron unos dolores abdominales que me enviaron derechito a una clínica privada. Me hicieron todos los exámenes y no me encontraron ningún mal.
Gasté como 35,000 lempiras y no me dieron un diagnóstico en esa clínica. Entre más días pasaban, más se deterioraba mi salud y no me querían dar una referencia para un hospital público.
Una de mis hermanas amenazó al doctor de la clínica que si me moría por no referirme a un hospital, lo demandaría. -sentencia a través de su mirada profunda-.
Fue así que me envió al hospital del Tórax, allí me volvieron a practicar todos los exámenes y de los pulmones. Me dijeron que tenía una neumonía que estaba bien avanzada y me ingresaron en la sala de infectología para Tuberculosis.
Una licenciada del hospital comenzó a hablarme sobre el VIH-sida y me informó que me practicarían el examen.
Recuerdo que me dijo..."la TB está muy ligada al VIH-sida".
Mi reacción fue: ¡sida!...¿De dónde?, si yo solo he tenido relaciones con el padre de mis hijos. Yo no soy una prostituta!, le dije airada.
A los días me dieron el resultado... había salido positivo.
Sentí que todo se me había terminado, que mis sueños ya no se iban a poder realizar, me cuestionaba que por qué a mí, si no he tenido relaciones sexuales con nadie más a parte de mi marido.
No sabía que mi esposo había tenido relaciones con otra persona infectada... él era positivo y yo no lo sabía -aprieta una servilleta que tenía en sus manos, tratando de canalizar su impotencia.
Un suspiro profundo y continúa... Cuando me lo dijeron, todo se terminó, todo se acabó para mí. Lloré, grité, me ahogué del llanto! Quise agarrar del cuello aquella persona que me había dicho que tenía el VIH. Sentí odio, rechazo hacia mí misma, hacia todas las personas que me rodeaban y las que se me acercaban... creía que estaban a mi lado por lástima.
A mi esposo no lo quería ver, fue un rechazo total. Esperaba que él me diera una explicación del porqué estaba así. Aún sigo esperando -empuña sus manos, hasta hacerlas temblar, aferrándose a aquel sentimiento de impotencia.
Perdón por amor
Pasó mucho tiempo para que mi resentimiento bajara. Una psicóloga del hospital, luego de varias charlas, me decía que no toda la culpa era de mi esposo, y que aprendiera a perdonar. Me dijo que si en verdad lo amaba que lo perdonara.
Me recordó que él nunca me había abandonado y que no estaba sola.
Mi esposo trabajaba durante el día y por las noches se quedaba a mi lado en los fríos pasillos del hospital.
Perseguida por la muerte
En los ocho meses que pasó en el hospital "Angelita" se enfrentó a diario con la muerte. Estaba en la cama 18 y siempre quedaba en medio de pacientes que fallecían. Miraba cómo agonizaban y decía... mañana seré la siguiente...
Se me pegaba el pellejito a mis huesos y me repetía; yo seré la siguiente...
Le pedía a Dios que si en verdad tenía un propósito para mí que me dejara vivir porque quería ver crecer a mis hijos y nietos.
Cuando regresé a mi casa, no quería recibir a nadie, llegaban de la iglesia y me hacía la dormida... decía que solo me querían ver para ir a divulgar lo que me estaba pasando.
Dos visitadoras de la Cruz Roja se dieron cuenta y llegaban todos los días a la casa para darme consejería, pero no las atendía. ¡Levántate! venimos a apoyarte, vos no sos la única, nosostros también somos personas con VIH. En varias ocasiones les dije ¡váyanse de aquí!
En el interior de un oscuro cuarto que me negaba a abrir le dije al Señor: Si sos mi Dios me vas a levantar de esa cama... porque yo estaba muerta.
Un miércoles al mediodía, estaba durmiendo y soñé que me había hundido en un hueco profundo, allá escuché que me estaban llamando y vi a alguien que me extendía el brazo, en la claridad solo vi el rostro del Señor que me estaba llamando.
Habían pasado como cuatro horas...ya no respiraba. Le dije a Dios: si me sacastes de este fango es porque me quieres todavía y te voy a servir porque me has regalado la vida.
He seguido mi tratamiento como me lo indica el médico, y siempre digo que antes de volver a caer en una cama es mejor morirme.
Cuando empecé con mi tratamiento eran 25 pastillas por día, en la actualidad estoy tomando nueve pastillas.
Una infancia feliz
Extraño a mi familia de Santa Fe, Colón. Extraño aquel exquisito pan de coco que hacía mi madre y que nosotros vendíamos al salir de la escuela.
Ese mar y riachuelo en donde, inocentes, mis hermanos y yo nos bañábamos al aire libre.
Esos días donde me encantaba jugar trompo, pelota y mables. También mis muñecas de palo de coco o de bolas de calcetines.