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El VIH infectó su sangre, pero no su corazón

Las personas que deseen apoyar a los pacientes viviendo con VIH, llamar al teléfono 2236-7877 de diario EL HERALDO.
02.09.11 - Actualizado: 03.09.11 04:48pm - Redacción: redaccion@elheraldo.hn

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Tegucigalpa,

Honduras

Desde los siete años comencé a ganarme la vida. Mis papás eran tan pobres que yo buscaba la manera de generar unos cuantos lempiras para tener un plato de comida en la mesa...

Por las mañanas, al tiempo que iba a la escuela, vendía tamalitos de frijoles y, por las tardes, me esperaba una paila de tortillas para ir a venderlas -relata "Dilcia", desde la humilde sala de su hogar-. Se me dificultaba realizar ambas cosas y preferí dejar la escuela e irme a vender a los mercados.

A los 15 años retomé mis estudios en la jornada nocturna y terminé la primaria -resalta orgullosa-. Me enamoré, y a los 19 años tuve a mi primer hijo. Todos los nueve meses los trabajé en una fábrica de café.. mi novio se fue cuando supo de mi embarazo.

Los dueños de los cafetales se dieron cuenta de mi estado, hasta que nació mi niña y me corrieron. Esperé que mi bebé tuviera unos meses para buscar otro empleo. Encontré un puesto de aseadora en la Alcaldía.

Cuanto tuve mis ahorritos, me dije que debía tener un negocio propio y como ya había vendido en los mercados, se me hizo fácil montarlo. Vendía café... era un puesto bien próspero -Mira por la ventana abierta remontándose a ese entonces-.

Del negocio alimentaba a los tres niños que ya tenía, hasta que un día no pude regresar... Estaba embarazada de mi último varón y al dar a luz agarré una anemia terrible que me dejó postrada y hospitalizada en el San Felipe.

Su voz se quiebra antes de explicar qué fue lo que pasó en el hospital- Son cosas que me duelen recordar. Las tengo en el corazón... quisiera dejarlas allí para no sufrir más.

Un silencio casi sepulcral se extiende por varios minutos. -Se pasa la mano una y otra vez por el cabello y su rostro. Entrelaza los dedos y un profundo suspiro se queda encerrado entre sus manos... Nunca pensé que allí me iban a dañar, a marcar para siempre mi vida. -Toma aire y revela...por medio de una transfusión de sangre adquirí el VIH.

Estaba tan débil que fue necesario una transfusión de sangre. Caí con una hemoglobina de tres puntos. Yo no estaba de acuerdo en una transfusión porque le temía, había escuchado tantas cosas, era como un presentimiento.. Le dije al esposo de mi hermana que donara las dos unidades de sangre que necesitaba. Pensaba que si él me las donaba esa misma sangre era la que recibiría; él estando en una cama y yo en otra, pero no fue así... me pusieron de la almacenada.

-Enfatiza- Les pregunté a los médicos qué por qué me ponían otra sangre y ellos solo dijeron que se usaban las viejas y se guardaban las nuevas.

De las dos pintas que me iban a poner solo soporté la cuarta parte, tuve un efecto de muerte, mi cuerpo no la aceptaba... claro estaba infectada con el VIH.

Empecé a cuestionar qué sucedía, por qué en vez de mejorar iba empeorando. Entonces, los médicos le hicieron estudio a la sangre y detectaron que tenía VIH, esto fue en el 2000.

Dura decisión

Al darme cuenta del diagnóstico, ya mi bebecito tenía tres meses. No lo pude volver a amamantar. Sentí que mi vida se acabó con la noticia y lo primero que pensé fue en mi niño recién nacido. Tomé la decisión de regalárselo a mi hermana. -Llora amargamente-.

Ella estaba fuera de la sala y la mandé llamar y le dije: por lo que más quiera críe a mi hijo porque se quedará huérfano. Le conté a ella que tenía VIH y que me iba a morir pronto.

Mi hermana en ese momento me dijo: no piense que se va a morir, los médicos pueden decir eso, pero solo Dios tiene la última palabra. Confíe, por favor.

Mi esposo, después que se dio cuenta se ponía en medio de los carros porque quería morirse de la tristeza.

A todos les hicieron los exámenes y resultaron negativos.

Él se fue para Estados Unidos a trabajar y después de nueve años regresó, pero con una mentalidad diferente y me maltrataba. Decidimos separarnos.

No demandé al hospital o a la doctora, que por cierto siempre la veo cuando voy a mis terapias, porque era una fiel creyente y todo se lo he dejado a Dios.

Postrada en una cama con apenas 84 libras de peso, miraba que mi madre, que es una persona diabética, se estaba muriendo de la tristeza de verme así, casi en agonía.

Con coraje, se seca las lágrimas... Un día me ordené... vos tenés que estar con tus hijos, así que - se pone en pie- levántate de esta cama y a luchar.

Me daban unas neumonías que me ponían al filo de la muerte. Me recuperaba y volvía a caer, pero me levantaba. Fue una lucha, pero lo logré, ya llevó ocho años de mantenerme en pie sin llegar a un hospital en condiciones graves.

Mi puesto, tuve que dejarlo porque los taxistas me discriminaban... me llamaban la sidosa. Era duro para mí... lo vendí mejor.

Muchas veces no han querido atenderme en el CAI (Centro de Atención Integral) al que voy porque dicen: "usted es paciente VIH".

Mi hija está en el colegio porque yo fui a poner claros a los maestros. No la querían aceptar porque creían que tenía el virus.

Una oportunidad

Gracias a Dios, mis hijos, que son lo más bello de mi vida, no se avergüenzan de mí. El bebé de aquel entonces ya tiene 10 años y nos dice mamá a mi hermana y a mí. Lo amo a mi chiquito!

Ella siempre le ha dicho que yo soy su madre y ella su tía, a pesar que ella lo ha criado... Él se alimentó de siete pechos diferentes, las vecinas le daban de mamar, varias dicen que él es su hijo también, -sonríe-.

Desde hace siete meses vivo con mi hermana y tengo todo su apoyo. Acá cocino y hago todos los quehaceres y nadie me tiene asco, eso sí, cuido mucho a mi familia.

Además, en el grupo de autoapoyo conocí a un hombre maravilloso... nos hicimos novios y estamos próximos a casarnos... Me siento feliz, estoy enamorada como una cipota -suelta una carcajada-.

Solo le pido a Dios que me dé vida hasta que mis hijos estén graduados y puedan valerse por sí mismos.


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“Dilcia” es una mujer muy productiva. Ella dice que vivir con el VIH en su sangre es lo mismo que vivir sin él. Su vida es casi normal.
“Dilcia” es una mujer muy productiva. Ella dice que vivir con el VIH en su sangre es lo mismo que vivir sin él. Su vida es casi normal.

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