Honduras
El tren en México no solo se llevó sus dos piernas, también le arrancó de tajo el amor de su vida: su esposa, quien lo abandonó al verlo amputado.
Abraham Ulloa Romero, de 38 años, resume su historia así: “Me fui buscando una solución a mi pobreza, hice el intento, pero me fue mal. Fracasé. Vine peor de como me fui”.
Desde el inicio de la entrevista su sonrisa era tan bien montada como el amor que finge una sexoservidora. Solo la presencia de su hija, Ericka Yolandi, de ocho años, logra cambiar en él la mirada de tristeza por una de esperanza y fuerza. Evidentemente el tiempo no ha logrado sanar las heridas de Abraham.
El trágico viaje
“Solo hice un intento, en 2004, yo lo hice porque me dijeron que allá se gana mejor... me fui por San Pedro Sula, Aguas Calientes, Tecún Uman (Guatemala) y entré al estado de Hidalgo (México), allí tome el primer tren”.
“Anduve 16 días en trenes, llegué hasta San Luis Potosí. Anduve tranquilo todo el tiempo, pero tuve la mala suerte que me topé con los garroteros. Yo bajaba cuando los veía en una estación, allí aprovechaba para comer y hacer otras cosas, usted sabe”. “Pero en una de esas yo iba dormido y llegue a la estación y estaban los garroteros, me escondí. El tren arrancó y los garroteros estaban allí y me encontraron, me halaron del pelo, me bajaron a golpes”.
“El tren iba corriendo, me golpearon y me tiraron, el tren me cortó los pies”.
Abraham ve a su niña que está algo lejos, y como sintiendo vergüenza le quita la mirada y la dirige al suelo. Abre la boca como si tuviera sed, pero sus líquidos corporales han tomado otra dirección: sus ojos.
Abraham confiesa que en ciertas ocasiones se refugia en el alcohol, sobre todo cuando piensa en la madre de su niña.
Abraham cuenta que ella lo dejó a los pocos meses de haber regresado mutilado. Se fue a Estados Unidos.
Ella se llevó las pocas fuerzas que en ese entonces tenía Abraham.
La niña de sus ojos
Aunque la vida le puso esa dura prueba a Abraham, también le compensó con lo que ahora podría decirse es su mayor tesoro y su consuelo: su hija Ericka.
“Tengo esta niña, hija de mi esposa que me abandonó... me abandonó porque yo ya no le servía a ella. Tengo seis hermanos, pero todos somos pobres, nadie tiene casa, tampoco mi papá. Acá en el pueblo me miran con desprecio porque perdí los pies, menos mi niña. Ella no”, dice ahora con una verdadera sonrisa dibujada, como una verdadera obra de arte, desde lo más profundo de su corazón.
Abraham relata que “ella me ayuda en casi todo... yo trabajo, voy a Comayagua a comprar mantas y las bordo, después las vendo, también corto pelo y me muevo a otras aldeas cercanas, también costuro zapatos y corto café en la temporada... en eso (en el corte del café) entre los dos nos hacemos como 180 lempiras diarios”.
“Yo la quiero a esta cipota”, dice sin disimular la presión que le oprime el pecho. Abraham vuelve a ver a su hija que está algo separada de donde se realiza la entrevista. Fue como un llamado de su padre.
La pequeña se acerca a él y se apoya en su espalda. La niña pone las dos manos sobre su padre casi diciéndole que todo va estar bien. La fortaleza de Abraham termina por ceder y repite “por eso la ando aquí porque la quiero muchísimo y ella me cuida”. Él devuelve la mirada al piso y queda inmóvil por un largo momento.
Después de recuperar las fuerzas él se sube el jeans para mostrarnos su tragedia. Ericka retrocede, como con miedo, pero se queda cerca, casi a un metro de su padre.
Ericka de nuevo se acerca y consiente a su padre. Sus manos ahora están por su rodilla, muy cerca de las cicatrices que la bestia de hierro dejó.
“Yo pienso en ese día casi siempre, pero también pienso en mi hija. Yo soy pobre, no tengo nada, pero quiero que mi hija estudie, me gustaría tener una casa, porque hoy ella se queda con sus abuelos, y yo estoy de posada en esta casa (se la prestan), pero me gustaría dejar a mi hija en una casa una vez que yo falte”, dice Abraham con una cierta dosis de coraje por ese viaje que le marcó la vida.