Honduras
Edwin Ferrera tenía 15 años cuando en su primer intento por llegar a Estados Unidos el tren en México le arrancó la mitad de su pierna.
Pero su tragedia no fue una excusa para “echarse a morir”, como él mismo lo describe.
La intención de entrar a Estados Unidos era mejorar su condición de vida. La idea de superarse aún da vueltas en su cabeza y hoy lo intenta, pero con la academia.
Actualmente Edwin cursa el segundo curso de educación comercial, estudia para ser perito mercantil en el instituto Abelardo R. Fortín, que tiene su sede en Tegucigalpa.
Cada fin de semana, los viernes, Edwin viaja desde su aldea hasta la metrópoli para asistir al programa de educación a distancia con el que cuenta ese centro de estudios.
“Me toca difícil, pero allí voy haciendo la fuerza... cada vez que viajo son 500 lempiras. 140 del hotel por día, y el resto para comida y pasaje... el lunes y el martes, después que regreso del colegio, me toca hambrear con mi familia”, confiesa, al mismo tiempo que suelta una carcajada, que lleva una pequeña dosis de ironía.
“Nos estamos sacrificando con mi esposa y mis hijos, pero estamos viendo hacia el futuro, yo trabajo con una ONG y pronto se van a ir, y necesitarán a un encargado de un proyecto, a un profesional, y a eso aspiro, a quedarme de manera permanente”.
Su viaje a Estados Unidos
Fue en 1998 cuando la idea de buscar un mejor futuro en Estados Unidos se metió en su cabeza y decidió irse.
“Me fui con tres amigos, yo era un cipote, un chavalo, uno a esa edad (15 años) no tiene muy claro lo que quiere, pero como todo el mundo aquí dice‘voy para Estados Unidos’, entonces uno dice lo mismo, pero de repente uno no tiene una idea clara”, confiesa.
Reconoce que “la vida nunca ha sido fácil aquí, pero eso no fue el motivo principal para irme, yo era un cipote”.
Mi accidente fue porque me dormí en el tren. Lo tomé a las cuatro de la tarde, pero como a las cuatro de la mañana me dormí y me caí.
Yo tenía una novia y pensaba que ella ya no me iba a querer así, hasta se me cruzó por la mente nunca más volver a mi casa, para evitar que mi familia me viera así.
Vida de emprendedor
Sin embargo, cuenta que su segundo viaje sí fue por necesidad y que se embarcó de nuevo en esa travesía, esta vez usando unas muletas.
“Volví a ir a Estados Unidos en 2006, ya tenía una familia que mantener, cuatro hijos (Angie de 11 años, Edwin de 8, Rixi de 6 y Cristy de 4) y un proyecto con un primo que fracasó... queríamos hacer una cría de peces, una porqueriza (cría de cerdos) y unas gallineras... dejamos el trabajo y no veía un futuro para mi familia”, compartió.
Yo pensaba en mi familia, en lo que les podía dejar, y miraba que no estaba haciendo nada acá. Pero no pude llegar, me deportaron.
Hoy trabajo a medio tiempo con una ONG, soy facilitador, con lo que gano me alcanza para medio comer y para estudiar.
Espero que con los estudios pueda optar a un mejor trabajo, a un mejor salario que me permita poner a estudiar a mis hijos, esa es mi prioridad ahora, para evitar que ellos intenten buscar el camino hacia Estados Unidos.