Reino Unido
Fue algo en lo que no pensé mucho en años. Y de pronto, la semana pasada, mientras hurgaba en los cajones de un antiguo baúl de viaje de teca comprado hace siglos en China, ahí estaba, como si el destino le hubiera decretado dejar de esperar para ser redescubierto: mi medalla de finalista en un maratón de hace mucho tiempo, en la ciudad de grandes rejas, templos y palacios imperiales que los occidentales solíamos llamar Pekín.
No fue una gran carrera la que corrí ese día y difícilmente merecería la medalla. Y tampoco es la gran medalla: más bien es una chapa para la solapa, con unos corredores dorados contra fondo blanco, que se dirigen hacia una linterna roja, grabada con el año 1973.
Tampoco, creo recordar, fue un maratón completo pues fue recortado para complacer a los corredores, debilitados por las tensiones de la revolución cultural, la locura asesina que desencadenara Maoo Zedong en 1966.
Yo era el único extranjero en la carrera, entonces residente en China como reportero de The Globe and Mail de Toronto, y terminé en el lugar 1,147 en un campo de unos 2,500, y aun eso solo fue posible gracias a dos acereros que corrieron a mi lado milla tras milla, exhortándome a terminar la carrera cuando mis piernas y pulmones me suplicaban que la abandonara.
Si una mano invisible me guió para recuperar y bruñir el emblema de ese día, difícilmente hubiera podido elegir mejor momento, ahora en los últimos días del triunfo que se anotó China con la preparación de los juegos olímpicos más asombrosos de nuestra era, tanto en lo visual como por las hazañas atléticas en las pistas y piscinas.
Fue un espectáculo que terminó este domingo con otro maratón varonil a través de las calles de la capital china que se inició, como aquel de 1973, en la plaza de Tiananmen.
Los corredores se reunieron, como hicimos nosotros, bajo la mirada del enorme retrato de Mao, en la gran reja bermeja que guarda la Ciudad Prohibida. Y su trayectoria era seguir algunos de los mismos bulevares arbolados.
La multitud, aunque grande, difícilmente podría ser más densa o ruidosa que el millón de personas que bordearon las aceras hace 35 años, cuando la carrera, como el encuentro del presidente Richard Nixon con Mao el año anterior, constituyó un deshielo en la revolución cultural.
No he vuelto a poner un pie en China desde 1986, cuando mi segunda asignación en el país para The New York Times terminó con mi encarcelamiento y deportación, acusado de aprovechar un viaje en motocicleta por el centro de China como cobertura para espiar el programa de misiles del país.