Estados Unidos
Es un lugar común decir que un aire de lo enigmático asiste a Barack Obama: él es un hombre de geografÃa y familia fracturadas y de vida de trotamundos.
El maduró en rincones lejanos, Indonesia y Hawái, fue a la escuela en ambas costas de Estados Unidos y aterrizó en Chicago, donde no tenÃa lazos sanguÃneos.
Con talento y ambición, él quiere dar el salto a la presidencia a una tierna edad y fue a Denver a reclamar la nominación demócrata para el cargo.
En la historia de Obama hay ciertos rasgos de Steinbeck, como en los relatos migratorios de muchos otros estadounidenses: la madre que aparece y desaparece, el padre ausente y emblemático, el abuelo, criado en el duro pueblo petrolero de El Dorado en Kansas y que mueve a la familia sin descanso, sin cesar, hacia el oeste.
El ADN estadounidense tiene codificadas las ansias de viajar y a la historia de Obama se aferra un romance. El vagabundo que se hizo a sà mismo y a su tierra de nuevo es un arquetipo conocido.
Desarraigo
Empero, definir a un hombre tal como desarraigado, como hacen algunas personas, puede suscitar aún más preguntas y cierta ambivalencia reflejada en las respuestas.
¿Qué es el desarraigo, después de todo? La palabra connota algo tan festejado como temido. En los primeros tiempos de Obama en Chicago, los encargados de la maquinaria demócrata se hubieran preguntado quién envió a ese joven calmado más allá de lo natural.
Esa pregunta, perspicaz y desconfiada, tiene filamentos que se extienden muy a fondo en nuestra historia.
En la cultura estadounidense, una y otra vez el extraño desarraigado se vuelve miembro del grupo y empieza a cuidar su premio.
Pero primero él tiene que encontrar ese premio. Durante cuatro siglos, la esperanza y la desesperación impulsaron a los inmigrantes a estas costas. Los caballeros realistas fundaron en las Virginias una nueva jerarquÃa.
Los puritanos se diseminaron insistentemente en las no siempre fructÃferas tierras de Nueva Inglaterra. Tan pronto como los ingleses y los escoceses desembarcaron en Filadelfia, en el siglo XVIII, empezaron a aposentarse en las colinas de Pennsylvania y hacia las cordilleras montañosas de los Apalaches. En sus arpilleras y bombachas, eran trotamundos belicosos y poco ceremoniosos.
"Cuando estoy listo para irme, sólo cierro la puerta, llamo a mi perro y echo a andar", es un dicho escocés trasplantado a un nuevo mundo.
El historiador Frederick Jackson Turner, en su influyente Frontier Thesis de 1893, sostenÃa que la clave de la vitalidad estadounidense podÃa encontrarse en este movimiento implacable y a la deriva.
Recelo contrainmigrantes
Pero los recién llegados siempre tuvieron roces con los asentados: los ganaderos combatÃan a los agricultores, una ola de inmigrantes recibÃa con recelos a la siguiente.
Aunque el desarraigo es la historia primordial estadounidense, este presenta muchas variantes.
Está el paria de clase baja, Huck Finn, que se abre camino por el Mississippi. La historia de Huck empieza como termina la novela esencialmente estadounidense: "Pero calculo que tendré que marcharme hacia el territorio antes que los demás, pues la tÃa Sally, ella va a adoptarme y a civilizarme y eso no lo puedo soportar".
Y está también el ambicioso trotamundos consciente de que la reinvención yace al oeste del hogar. AsÃ, el Jay Gatsby de Scott Fitzgerald -Jimmy Gatz para quienes conocÃan al timador como un chico granjero de Dakota del Norte- habita una mansión en la costa norte de Long Island, donde es atildado, guapo, cosmopolita y esquivo.