LA ESCENA. La mañana del miércoles santo de 1998, el sargento Cruz, de la policÃa de Santa MarÃa del Real, fue llamado para que investigara una escena que estaba llena de moscas y hormigas en una orilla pedregosa de la carretera a la aldea El Guayabito. HabÃa sangre por todos lados y se coagulaba lentamente, como si algo trágico acabara de suceder en aquel lugar. Eran las ocho de la mañana.
El sargento era un hombre resuelto, animoso y amante de su carrera; habÃa trabajado en el Departamento de Investigación Nacional (DIN) sus primeros tres años como policÃa y a veces lamentaba que aquella institución hubiera desaparecido.
Aunque le gustaba el trabajo de la DGIC, no siempre estaba de acuerdo "con esas cosas de los derechos humanos, de los interrogatorios capciosos y del uso de la psicologÃa para identificar a los culpables". Él era un hombre práctico y confiaba más en los "viejos métodos" para "estimular" a un sospechoso a decir la verdad. "Pero ni modo, las cosas cambian".
DecÃa, además, que el que quita la piedra quita el tropezón y que para él toda persona era culpable mientras no le demostrara lo contrario. Lo único que no le gustaba de su trabajo en el DIN eran los gritos de los sospechosos, que terminaban comportándose cobardemente. "Yo creo que si tenÃan valor para cometer un delito, dañando a una persona inocente, deberÃan tener suficientes agallas para soportar las consecuencias cuando les tocaba tratar con la gente del DIN".
Aún hoy es su manera de pensar y, como policÃa de Tránsito, "conmigo ni siquiera mi Comisionado se salva si comete una infracción en mis narices. Ni el propio presidente Zelaya, que le gusta andar apantallando en esa moto". Dice que jamás le ha levantado una infracción a una mujer, se conforma con amonestarlas. Es que se acuerda de su madre, que fue una santa, y que murió trabajando para sus siete hijos desde que su papá los abandonó para irse a la Costa con otra mujer.
Cuando llegó a la escena en el camino a El Guayabito, las moscas zumbaban en bandadas sobre la sangre. "Supe de inmediato que allà se habÃa cometido un crimen –dice-; habÃa demasiada sangre en un radio de cuatro o cinco metros cuadrados; creo que más. La mayor parte estaba en la orilla del camino, sobre las piedras, en el alambre de púas del cerco y en las ramas y las hojas de los arbustos cercanos. También habÃa huellas de zapatos sobre la arena ensangrentada, como si varias personas se hubieran movido mucho en ese sitio, y encontré pedazos de tela roja, creo que eran de camisa, y dos botones transparentes, también ensangrentados.
Cuando me acerqué, cuidando de no dañar la escena, por aquello de las evidencias que pudieran encontrarse allÃ, vi que las hormigas arrastraban algo que imaginé que podrÃa ser piel, restos pequeños de huesos humanos o cabellos, aunque no estaba muy seguro, y lo que deseaba era recordar los viejos tiempos en el DIN cuando era investigador de homicidios. Por supuesto, yo no tenÃa la capacidad para resolver un crimen de sangre como lo hacen los detectives de ahora, aunque muchos solo hacen show, (en realidad la DIC ya no es lo que era al principio), y tuve que mandar a llamar a los detectives de Juticalpa. Como siempre, tardaron mucho en venir.
"Yo me quedé en la escena hasta que llegaron. Eran varios muchachos, y me dio cólera que se creyeran la octava maravilla del mundo. Es cierto que soy medio analfabeto, pero lo que aprendà en el DIN lo aprendà bien. Bueno, no tan bien, porque se me escapó un detalle, y eso me llena de vergüenza hasta ahora".
EL MACHETE. Los agentes de la DGIC levantaron muestras de la sangre, embalaron varios cabellos en bolsitas herméticas y guardaron los pedazos de tela y los botones; cerca de una piedra, encontraron dos hojas sueltas de tabaco, del que se usa para masticar, y lo embalaron también, tomaron más de cien fotografÃas y entrevistaron a los testigos
que se acumulaban conforme pasaba el tiempo en la escena del crimen. También tomaron muestras de sangre de los alambres de púas y de las ramas y las hojas de los arbustos.
Dos de ellos cruzaron el cerco y siguieron varias huellas que estaban marcadas con sangre sobre la hierba del potrero de la izquierda. A diez metros del camino, habÃa un charco de sangre seca, llena de hormigas, y varias huellas de botas marcadas en la arena. Bajo un árbol de nance estaba un machete, un guarizama blanco, con cacha de carey y lleno de sangre; aparentemente estaba nuevo, pero tenÃa varias abolladuras en el filo y rayones a los lados. Las marcas de sangre empezaron a desaparecer poco más de cien metros más allá y se perdieron definitivamente a la orilla de una quebrada. Los agentes regresaron al camino y llamaron a Tegucigalpa.
LA DGIC. Era medianoche y el calor era insoportable, la ciudad estaba en silencio y habÃa en el aire ese aroma enigmático que dejan las procesiones en las calles. Los técnicos de Inspecciones Oculares eran más arrogantes todavÃa y el sargento Cruz volvió a añorar al DIN y al teniente Asdrúbal Quiñónez… Por desgracia, el progreso destruye las tradiciones y él siempre se resistÃa a los cambios…
El H-3 empezó a analizar la escena; las fotografÃas brillaban en una pizarra de playwood, clavadas con tachuelas de colores, y hablaban por sà solas. Lo que los agentes embalaron como restos humanos, ya estaban en Tegucigalpa, en el Laboratorio de Medicina Forense, y pronto sabrÃan si estaban ante un verdadero crimen. Las fotografÃas del machete eran las más grandes y numerosas.
"A primera vista, podemos decir que dos o más hombres se atacaron a machetazos en esta orilla del camino; dos de ellos, o más, resultaron con heridas graves. Eran muy buenos con el machete porque las huellas en la arena y sobre las piedras indican que combatieron por largo tiempo, además, el guarizama está nuevo, pero tiene muchas abolladuras y rayones, lo que significa que chocó contra uno o varios machetes más. Me atrevo a decir que el dueño del guarizama perdió la pelea y que, a estas alturas, está muerto.
Por lo largo y pesado del machete, creo que es un hombre vigoroso, alto y fuerte, joven tal vez, no menor de veinticinco años y no mayor de treinta. Se defendió como una fiera, pero perdió al final. Al menos uno de ellos calzaba zapatillas, otro, botas de punta, con el tacón desgastado. Ahora que lo veo bien, creo que los combatientes eran solamente dos, porque las huellas de los zapatos se repiten en las fotos y no aparece una tercera. Señores, estamos ante un caso de asesinato. Creo que el de las zapatillas está muerto. ¿Ya fueron a los hospitales, a las clÃnicas o a los centros de salud? Estoy seguro de que el sobreviviente tiene muchas heridas… y debemos encontrarlo antes de que se nos muera.
EL HOSPITAL. Eran las tres de la mañana cuando los detectives de Homicidios llegaron al hospital de Juticalpa. Les dijeron que poco antes del mediodÃa recibieron un paciente con varias heridas de machete, dos de ellas en la cabeza y muy graves, y que lo trasladaron al hospital Escuela luego de darle los primeros auxilios.
HabÃa perdido mucha sangre y creyeron que iba a morir porque su sangre era del tipo O negativo, y no tenÃan en existencia para hacerle una transfusión de una pinta por mientras llegaba a Tegucigalpa. El hombre se llamaba Nicanor GarcÃa, un agricultor pobre de cincuenta y seis años, que vivÃa en un caserÃo a varios kilómetros de la aldea El Guayabito. El H-3 preguntó a qué horas lo habÃan trasladado a Tegucigalpa. "A las diez de la mañana" –le respondieron-. "¿Iba muy grave?" "SÃ, muy grave, sobre todo por las heridas de la cabeza. También tenÃa heridas en los brazos, en los hombros, en las piernas y en el pecho". "¿Todas en la parte de enfrente del cuerpo?" "SÃ, todas". "Una pregunta más. Cuando lo atendieron, le quitaron la ropa, ¿verdad? ¿Dónde está?"
TEGUCIGALPA. A las nueve de la mañana del Jueves Santo, los detectives se bajaron del doble cabina frente a Emergencias del hospital Escuela. Estaban cansados, somnolientos y con hambre, tenÃan mal aliento y estaban de mal humor. Si trabajar con Gonzalo Sánchez era una pesadilla, soportar la obsesión del H-3 era tres veces peor. El paciente estaba despierto, aunque sedado por el dolor. Las heridas de la cabeza eran grotescas, pero ninguna le habÃa tocado el rostro ni habÃan lesionado el cerebro. "Esto confirma que el otro era un hombre alto –dijo el H-3-, pero con menos experiencia que este con el machete".
Nicanor era un hombre bajo, de manos ásperas, curtido por el sol y las penas y de pocas palabras. Los pocos dientes que tenÃa estaban marcados por el tabaco. Dijo al H-3 que iba para su casa, cerca de El Guayabito, cuando varios hombres lo atacaron para robarle, que él se defendió, y que logró ahuyentarlos. Él solo llegó al hospital de Juticalpa. No sabÃa nada más y no podrÃa reconocer a los que quisieron matarlo. Tampoco sabÃa por qué lo atacaron porque él no tenÃa enemigos. "¿De dónde venÃa usted cuando lo atacaron?" "De El Guayabito, de una fiesta en la escuela". "¿Qué hora era?" "Las cinco de la mañana". "¿Por donde huyeron los que lo atacaron?" "No sé, creo que por el camino real. Yo me fui para mi casa y después me fui a Juticalpa, para que me atendieran las heridas". "¿Por dónde se fue usted?" "No me acuerdo bien. Yo creà que me iba a morir". "¿Cuántos eran los ladrones?" "Tres o cuatro. No, no los reconocÃ".
LA HIPÓTESIS. "El hombre miente -dijo el H-3, esa misma tarde, en la DGIC-; ni fue atacado por ladrones ni estuvo en ninguna fiesta. Sabemos que los que combatieron a machete fueron solo dos hombres. Tenemos las botas de Nicanor y son las que dejaron las huellas ensangrentadas en el potrero y en la arena de la escena del crimen. Las otras son de zapatillas y son las del segundo combatiente. Dice la doctora Parham que el tipo de sangre del machete es O negativo, la misma de Nicanor, pero que en la cacha hay otro tipo de sangre, O positivo, que es la del otro hombre.
En el alambre de púas hay sangre de los dos tipos, también en las hojas y en las ramas de los arbustos. La camisa de Nicanor era azul, y le faltan dos botones. Son idénticos a los que se encontraron en la escena. Ahora sabemos que el otro vestÃa camisa roja. En una bolsa del pantalón de Nicanor hay restos de tabaco, del que se usa para masticar y que fue encontrado por los agentes en la escena. Por la cantidad de sangre, creo que alguien murió en ese sitio, y fue trasladado por el potrero y más allá de la quebrada, seguramente por su asesino, en este caso, creo que es Nicanor.
Hay un detalle más, que me hace sospechar de él: en una bolsa del pantalón encontramos este papel que dice: "Te espero a las cinco en el pozo de la escuela. Ya tengo todo listo. No traigás nada. Te quiero". Esto me hace pensar que Nicanor no es vÃctima, más bien es un asesino. Y lo vamos a saber ahora mismo. Según la DGIC de Juticalpa, la hija menor de Nicanor no quiso venir a ver a su padre, y ha estado llorando todo este tiempo, pero no quiso decir nada. Tiene diecisiete años.
LA TRAMPA. El detective se sentó cerca de la cabecera del herido. Este estaba más tranquilo y miraba al policÃa con una sonrisa, a pesar de la hinchazón en los labios. "No quiero molestarlo -le dijo el H-3-, pero hemos averiguado algunas cosas y queremos que usted nos ayude. Encontramos el machete de su atacante, el guarizama blanco.
Sabemos que murió en el sitio donde lo atacó, que usted lo pasó al otro lado del cerco de púas y que lo llevó por el potrero hasta el otro lado de la quebrada. Usted no venÃa de una fiesta, ya que no hubo ninguna la noche anterior en la escuela. Usted sabÃa que su hija se iba a escapar con el novio, por el papel que el muchacho le mandó a su hija.
Él la esperaba a las cinco en la escuela de la aldea, ya hablamos con la muchacha y no quiso venir a verlo al hospital, a pesar que su esposa, la mamá, y sus hermanas y hermanos, vinieron desde que supieron que a usted lo trasladaron hasta aquà desde Juticalpa; dice su hija que lo odia porque usted le mató el novio y…"
En ese momento, Nicanor se estremeció, cerró los ojos y dos lágrimas gruesas saltaron por los párpados apretados. El detective hizo una pausa y dijo: Es suficiente. "Vamos a llevar a la muchacha a declarar a la DIC de Juticalpa". "¿Quiere decirnos qué fue lo que pasó? ¿Por qué mató a su futuro yerno?" El hombre siguió en silencio. "Ya encontramos su cadáver, estaba vestido con una camisa roja, zapatillas…" Nicanor se desmayó.
Dos meses después salió del hospital, delgado, con la piel apergaminada, como si hubiera envejecido de pronto, y con las manos esposadas hacia adelante, caminando despacio en medio de dos detectives de Capturas. Fue condenado por el asesinato de su yerno, Evelio Santos, de veinticuatro años. Por mucho tiempo abusó sexualmente de su hija MarÃa, y planificó el crimen después de que interceptó el papel que el muchacho le envió a su hija, la tarde anterior, con uno de sus primos. Lo cegaron los celos, preparó la emboscada y atacó al muchacho; lo que no imaginó es que este se defendió con tanta destreza que casi lo mata también. Su cuerpo fue encontrado una semana después al pie de un pino, trescientos metros abajo de donde se perdieron las huellas a la orilla de la quebrada. Estaba cubierto por ramas y piedras, en estado de putrefacción. El machete está embalado entre un cerro de evidencias criminales. Dice el sargento Cruz que él no hubiera resuelto el crimen como lo hicieron los de la DGIC, aunque resolvió muchos en sus tiempos en el DIN. ¡Ah!, qué tiempos aquellos… Nicanor fue condenado a veintitrés años de cárcel. Es un reo modelo y puede salir en libertad condicional en 2016.
