La anciana se acomodó nerviosamente en la silla, frente al escritorio, y miró con sus ojos vidriosos y desesperados a la mujer que la atendía al otro lado. Venía a denunciar la desaparición de su hija, una mujer de 32 años de la que no sabía nada desde una semana, a pesar de que no pasaba un día sin que ella fuera a visitarla.
Vivían en una aldea de San Nicolás, Santa Bárbara, y sus casas estaban separadas poco menos de doscientos metros. Mayra estaba siempre pendiente de su madre y, en los últimos 15 años, no dejó de visitarla un tan solo día, con excepción de los prolongados períodos en que estaba de parto, por eso a la anciana le parecía extraño que se hubiera ido de la aldea sin avisarle a nadie, y mucho menos a ella, dejando a sus cinco hijos a la mano de Dios, su patrimonio, pequeño pero valioso y por el que tanto había luchado y sufrido en la vida, y a su marido que, aunque no era la última maravilla del mundo, le había dado un hogar estable por casi 20 años. A ella le parecía extraña su desaparición y mucho más su silencio. En siete días no había sabido nada de ella. Y para aumentar su angustia le parecía raro que su yerno no moviera un tan solo dedo para buscarla y que se limitara a contestarle a todo el que preguntara por Mayra que no le importaba nada de esa mujer ingrata, mala esposa y mala madre, que dejó la casa por irse con otro hombre. Él no creía que le hubiera pasado algo. Se había ido con otro y punto. A él ya nada le interesaba de esa mala mujer. Y repetía esas palabras con la misma convicción a quien quisiera escucharlo, incluso ante los detectives que fueron a visitarlo a San Nicolás.
EL MARIDO. Era un hombre de 45 años, de baja estatura, piel blanca curtida por el sol, delgado y con una calvicie incipiente; había amargura en su rostro y furia permanente en sus ojos intensamente azules, hablaba poco y su sonrisa, casi sin dientes, era una de esas muecas que, lejos de parecer agradables, mostraban malicia y doblez de espíritu.
Dijo a los detectives que Mayra tenía un amante, que se fue con él y que no quería seguir hablando más del tema, que estaba seguro de lo que decía y que si volvía a verla entonces sí le daría motivos a la policía para entrar en su casa sin permiso. Aun así, a los detectives les pareció sospechosa la actitud del hombre y lo retuvieron 24 horas, por mientras llegaba un entrevistador con más experiencia de San Pedro Sula. Pero éste no sacó más palabras de la boca del hombre que las que ya conocía todo el mundo y, sin poder acusarlo de nada, lo dejaron ir.
MAYRA. Era una mujer sencilla, en palabras de su madre, buena hija, buena esposa y trabajadora; "su único defecto era ser demasiado bonita", aunque en los últimos años se fue marchitando, casi siempre estaba triste, preocupada y parecía enferma, hablaba menos y sentía miedo, un miedo que nunca le explicó a nadie.
Ahora ya no estaba y lo más seguro era que le había pasado algo. Amaba demasiado a sus hijos, quería mucho a su madre y estimaba sus cosas como para abandonarlo todo de la noche a la mañana.
Según Erasmo, su mujer se acostó temprano la última noche que la vio; a pesar de que la conocía bien, no notó nada raro en ella, solo que se quejaba de un fuerte dolor de cabeza. Él se acostó en su lado de la cama y no tardó en quedarse dormido. Cuando se despertó, a las cuatro de la mañana, como todos los días, vio que su esposa no estaba en la cama, y supuso que estaba en la cocina haciendo el desayuno pero le extrañó no ver ninguna luz encendida ni sentir el humo del fogón. Se levantó, la buscó por todas partes y no la encontró. Entonces se dio cuenta de que lo había abandonado. En el transcurso del día comprobó sus sospechas y ya no le cupo duda de que se había ido con otro.
LOS DETECTIVES. La casa era un rancho pequeño de adobe y bahareque con piso de barro cocido y techo de tejas. En un cuarto grande dormían los hijos y dos perros, y en un cuarto más pequeño los esposos. Todo parecía en orden, las cosas de Mayra estaban en su sitio y se sentía su presencia como si no se hubiera ido nunca.
Los detectives hicieron una visita de rutina, hablaron con los vecinos, entrevistaron a los hijos y se fueron. Llevaban algo para darle forma al caso. Hacía ocho días que Mayra no daba señales de vida y debían investigar. Por desgracia, no sabían hacia dónde dirigir sus pesquisas. Pero llevaban algo.
Erasmo estaba de mal humor cuando los recibió por segunda vez en su casa y se mostró poco colaborador y hasta agresivo. Cuando ellos quisieron ver el dormitorio de la pareja, apretó los pocos dientes que le quedaban e hizo un gesto de desprecio con los labios.
Aquí los detectives encontraron cabellos de la mujer en una almohada, manchas secas de saliva en el centro de la funda y los zapatos que usaba a diario. Nada más. Supieron que la puerta principal amaneció sin la tranca con que la aseguraban todas las noches, aunque estaba cerrada, y que el portoncito de reglas de pino estaba entreabierto. Erasmo recordaba esos detalles hasta ahora.
Ahora también reconocía que tenía sus diferencias con su esposa, que pelearon con frecuencia en el último año y que él creyó que tarde o temprano se dejarían, aunque él deseara lo contrario, por supuesto. Sí, a veces la había golpeado, pero nada grave, y ella lo perdonaba siempre porque él la quería. Pero ahora la odiaba y nada quería saber de ella. ¿Qué por qué estaba tan seguro de que se había ido con otro hombre? Primero, porque se fue a media noche y de la misma cama donde dormía con su marido, segundo, porque "desde hacía mucho ya no cumplía con sus deberes conyugales para con él", tercero, porque peleaba con él casi todos los días y cuarto porque ¿qué otra cosa podría pensar un marido que es abandonado de pronto por su esposa y en semejantes condiciones?
LA ACUSACIÓN. Los detectives hablaron con el fiscal del Ministerio Público y le manifestaron que sospechaban que Erasmo había asesinado a su esposa. La hipótesis era la siguiente: el hombre se sentía despreciado por su mujer, no tenía sexo con ella desde hacía varios meses, probablemente y según sus propias palabras, peleaban demasiado y los celos le infectaron el corazón. Quizás él pensó que su mujer se entendía con otro hombre y que por eso era indiferente con él; tal vez le dio por vigilarla y tal vez comprobó algo de sus sospechas. Según sus hijos, sus padres peleaban siempre y él le pegaba a la mujer, pero ella nunca se iba de la casa.
Quizás la última noche Erasmo, cansado de la indiferencia de su mujer y deseoso de tener relaciones sexuales con ella, trató de seducirla y ella se negó, como lo había venido haciendo los últimos meses. Los detectives recordaron que Erasmo les dijo que esa noche ella se quejaba de un fuerte dolor de cabeza; tal vez es fue el pretexto de la mujer para no tener sexo con su marido. Él, hastiado de tantas negativas, se enfureció, la acusó de entenderse con otro hombre, la agredió y, en un ataque de celos y cólera, la estranguló. Era la forma de muerte más probable ya que no se notaban manchas de sangre por ninguna parte, ni nada que lo pareciera, y los hijos dijeron que esa noche ellos se acostaron sin pelear y que él se veía más tranquilo que otros días. Posiblemente el asesinato sucedió a primeras horas de la noche, Erasmo esperó a que todos estuvieran dormidos y sacó el cadáver de la casa, lo llevó lo más lejos que pudo y lo enterró o lo ocultó bien. Era una hipótesis, pero parecía lógica. Erasmo se veía demasiado frío, la anciana demasiado desesperada y se sabía que Mayra jamás se hubiera ido de la casa sin avisarle a su madre o, después de tantos días, hubiera buscado la forma de comunicarse con ella, ya que la quería más que a nada en la vida. Era lógico pensar, entonces, que Mayra estaba muerta, y era lógico también suponer que la única persona con motivos para asesinarla era su propio marido.
EL FISCAL. Dicen que la lógica deductiva es una ciencia que busca la verdad de un hecho determinado partiendo de una o varias premisas que, analizadas y unidas entre sí, llevan a una conclusión que tiene tanto de verdad como la verdad misma. Tal vez don Quijote entendería mejor este concepto, sin embargo, en la investigación criminal el buen detective se vale muchas veces de la lógica deductiva para avanzar en sus teorías y resolver un caso. Eso fue lo que sucedió con la desaparición de Mayra y, una vez expuesta la teoría, el fiscal se mostró de acuerdo y vio como sospechoso de parricidio a aquel hombre desagradable, maleducado y agresivo. Sin embargo, la ley no acepta supuestos para encausar a un sospechoso y el fiscal se negó a realizar un requerimiento contra Erasmo hasta no tener pruebas más sólidas para presentarle al juez, como el cadáver de Mayra, por ejemplo. Los detectives se rindieron ante la lógica del fiscal y se encogieron de hombros. Para ellos el caso estaba resuelto, con cadáver o sin él, debía detenerse al asesino. De todos modos, si se comprobaba que él era culpable, bien por la Dirección Nacional de Investigación Criminal (DNIC); y si, por el contrario, no se comprobaba nada, la DNIC nada perdía. Ellos hacían su trabajo y un buen tiempo en la cárcel le enfriaría los ánimos a aquel hombre desagradable. De todos modos, algo se lograría. El fiscal sonrió, con una mueca de decepción en el rostro y se negó una vez más a detener al marido. Es más, ordenó que la policía buscara el cadáver de la mujer en la zona y que, una vez localizado, se conocieran las causas de muerte y se procediera con una acusación responsable. Era la aguja en el pajar.
LA BÚSQUEDA. Para los detectives, buscar el cadáver era una pérdida innecesaria de tiempo. No hay peor ciego que el que no quiere ver y el fiscal era uno de esos. Erasmo era un parricida y, con un poquito de presión, confesaría su crimen. Pero el fiscal quería más y ahora caminaban por aquellas montañas llenas de moscas y garrapatas buscando algo que quizás no encontrarían jamás. Los peores crímenes eran los pasionales, aparte de los más comunes, y, siendo que la DNIC no se equivocaba jamás, el misterio de la esposa desaparecida estaba resuelto.
La aldea es un grupo de casas pobres y antiguas, llenas de gente sencilla que sobrevive a duras penas y que parece pedida en el tiempo en el corazón de las montañas llenas de pinos, hasta donde quizás solo llega Dios. El camino principal es una línea de tierra angosta, enmarcada entre los gruesos troncos de los árboles, el alambre de púas, los interminables cercos de piedra y profundos abismos sembrados de rocas de diferentes formas y tamaños. En uno de estos abismos, los policías se encontraron con algo que les llamó la atención. Una bandada de zopilotes revoloteaba entre las rocas y un penetrante olor a carne podrida inundaba el ambiente. Algo comían los zopilotes y los detectives no tardaron en saber qué era.
EL CADÁVER. Mayra, o lo que quedaba de ella, estaba allí, boca arriba, entre varias piedras, llena de gusanos blancos y gordos, cubierta de moscas y hormigas y alimentando a los zopilotes que le arrancaban la carne en grandes tiras. Estaba descalza y semidesnuda pero aún podía reconocerse. Cuando llegó Medicina Forense, el fiscal quiso saber qué había sucedido y, mientras esperaba, ordenó la detención del viudo. Cuando supo la noticia, Erasmo se puso blanco como el papel, abrió los ojos más que la boca y estuvo a punto de desmayarse, pero no dijo nada y gruesas lágrimas corrieron por sus mejillas. Estaba acabado.
EL FORENSE. Es sabido que médicos forenses son escasísimos en Honduras y que, aparte de Denis Castro, a muy pocos, poquísimos, les ha entusiasmado esta rama de la medicina, por lo que la justicia en el país se sirve, en muchas ocasiones, de médicos generales, bien emparentados políticamente, que realizan un trabajo que siempre deja mucho que desear, y para muestra un botón: en 2006, en Callejones, Santa Bárbara, Suyapa Canales exhuma el cadáver de una muchacha, asesinada supuestamente por su propio marido, le corta la cabeza, se la lleva para San Pedro Sula, la lava con Axión, (jabón para lavar platos), le arranca el cuero cabelludo, la mete en una bolsa y la presenta como evidencia ante el Tribunal que juzgaba al sospechoso, delante de sus padres y en una acción grotescamente irresponsable que condenó a muerte al imputado.
Sin embargo, en el caso de Mayra, el forense, actuó de otra forma y demostró que cuando se tiene vocación para algo, la profesión se desempeña con buena voluntad y, sobre todo, con responsabilidad.
Dijo el forense que Mayra había muerto de trauma encéfalo craneal, que había caído al abismo y se golpeó la cabeza en las piedras, lo que le produjo inconsciencia y sangrado abundante, lo cual podía verse todavía en las piedras y en la tierra. A pesar de que la piel estaba putrefacta, podían verse varias lesiones en los pies, sobre todo en los talones, como si hubiera caminado descalza un largo trecho, además, tenía lesiones en los brazos y en la cara. Era seguro que había rodado entre las piedras y que murió sin recobrar la consciencia. ¿Cómo llegó hasta allí? Era algo que le correspondía investigar a la DNIC. Él recomendaba que el cadáver no fuera llevado a San Pedro Sula y que fuera enterrado esa misma tarde, en el cementerio de la aldea.
EL ASESINO. ¿Cómo llegó la mujer hasta el abismo, situado casi a trescientos metros de la última casa de la aldea? ¿Quién la empujó hasta causarle la muerte? ¿Por qué Mayra estaba descalza? ¿Por qué no se defendió de su atacante? ¿Por qué no gritó pidiendo ayuda si estaba claro de que no tenía señales de haber sido amarrada ni de haber sido arrastrada hasta el abismo? Además, estaba claro de que ella caminó hasta allí por su propio pie y era lógico suponer que si hubiera sido llevada a la fuerza, se hubiera defendido, hubiera tratado de escapar o hubiera gritado pidiendo ayuda. ¿Cómo era posible que se escapara de su casa en camisón de dormir y descalza?
Los detectives hablaron con Erasmo y éste permaneció en silencio. Lloraba y estaba más pálido que un muerto. Al parecer, ya nada le importaba. El fiscal estaba satisfecho: Erasmo llevó a su mujer hasta el abismo, bajo amenazas, la empujó al vacío y ella se mató entre las piedras. Era suficiente para presentarlo ante el juez. Su trabajo había terminado.
Sin embargo, los detectives estaban intranquilos. Acostumbrados a tratar con criminales de todo tipo, podían identificar a cualquiera entre mil, pero algo había en Erasmo que les decía que era inocente. Y, si no era él el asesino, ¿entonces quién? ¿El amante del que hablaba el viudo? En ese momento un detective se acercó al forense y le hizo una pregunta. Aunque le parecía estúpida, una idea rebotaba en su mente. "Doctor –le dijo al médico–, ¿cree usted que es posible que esta muerte sea producto de un accidente?" El médico se quedó pensando unos momentos y después respondió: "Si, es posible, ¿por qué lo pregunta?" El detective dudó antes de empezar a hablar: "Mire, doctor –dijo, rascándose la cabeza­­–, está claro de que la mujer no se fue con ningún amante, porque ninguna mujer se escapa con un hombre descalza y en camisón de dormir; nadie obligó a la mujer a venir hasta aquí, porque ella se hubiera defendido al darse cuenta de que alguien quería hacerle daño; si se salió de la cama donde dormía con el marido para tener sexo con alguien, no iba a venir hasta este punto y tal vez no hubiera salido por la puerta principal de la casa, y tampoco lo hubiera hecho descalza. Creo que tengo una sospecha y quiero que usted me ayude a confirmarla". El médico siguió en silencio. El detective, nervioso, hizo una última pregunta: "¿Cree usted que la mujer haya sido sonámbula?"
Al parecer aquella idea no se le había cruzado por la mente al doctor y, después de pensar un rato, sonrió y contestó afirmativamente. Diez minutos después, la madre de Mayra confirmó que su hija caminaba dormida desde muy pequeña y que en muchas ocasiones se salió de la casa, sobre todo de madrugada. Erasmo también lo sabía, pero sus celos eran más fuertes que su lógica y no lo recordó hasta que el doctor le hizo algunas preguntas. Entonces comprobó que Mayra estaba bajo una terrible presión emocional y que esa madrugada pudo levantarse dormida, salir de la casa sin hacer ruido y caminar y caminar sin rumbo hasta que se acercó demasiado al abismo donde encontró la muerte.
El fiscal aceptó las palabras de la anciana y el diagnóstico del doctor y sonrió tristemente: "Qué fácil es destruir la vida de alguien –dijo–, todo acusaba al marido y estoy seguro de que hubiera terminado sus días en la cárcel siendo inocente, aunque tal vez él le provocó a su mujer aquel estado emocional que le produjo el sonambulismo… Habría que ver".