Emilia era una muchacha muy bella; en realidad, era toda una mujer a sus diecisiete años. Alta, bonita, agradable y muy hermosa, Emilia era mucho más de lo que cualquier hombre puede desear en una mujer, y ella lo sabía. Por desgracia, su belleza la llevó a la muerte, una muerte terrible que nadie imaginó jamás, y mucho menos a manos de quien.
Juliano era un hombre joven, a pesar de que se le notaban algunas canas, de que tenía una panza incipiente y de que casi siempre andaba con el ceño fruncido y mal encarado. No pasaba los cuarenta y tres años y, quienes lo conocían, sabían que debían tratarlo con cuidado porque su carácter explosivo lo había convertido, de poco acá, en un hombre peligroso. El problema es que nadie se dio cuenta qué tan peligroso se había vuelto aquel hombre que se vino casi niño de una aldea del sur y que, trabajando de sol a sol, había hecho un capital que le permitía vivir con muchas comodidades, aunque para muchos, la tienda de repuestos para bicicletas que tenía en el mercado El Mayoreo no era algo así como una mina de oro, sin embargo, Juliano prosperaba rápidamente, a pesar de las malas lenguas.
Para Emilia él era un hombre bueno, atento, cariñoso y protector. Era su tío político, esposo de una hermana de su madre, y ella lo quería porque le hacía regalos, la invitaba a comer con frecuencia y le daba dinero cuando lo necesitaba. Incluso, fue el hombre más feliz del mundo cuando ella vivió una temporada con ellos en la enorme casa que Juliano había construido en la colonia Centroamérica Oeste. Pero Juliano, más que ser su tío, deseaba ser su marido. Se había enamorado de Emilia y su amor se convirtió en una obsesión que no lo dejaba tranquilo. Hay quienes dicen que ella llegó a sentir algo especial por él, pero nadie se atreve a asegurar que correspondió a sus deseos en la forma en que Juliano lo anhelaba. Esto es algo que no se sabrá jamás.
LA MAÑANA. Emilia no estaba contenta la mañana del día en que murió; aunque no sabía que aquellas eran sus últimas horas, estaba contrariada y triste. La noche anterior habló con Juliano y su conversación no fue muy agradable que digamos; él se mostró agresivo con ella y, por primera vez, le tuvo miedo. Ahora confirmaba que lo que su madre la había dicho de aquel hombre era cierto. Estaba enamorado de ella. Emilia se negó a creerlo, aunque, analizando un poco las cosas, podría ser cierto porque Juliano se puso furioso cuando ella le dijo que al día siguiente iría a la basílica de Suyapa con su novio y que no podría ir a comer con él a Valle de Ángeles. Quizás otro día. Aunque tenía sus dudas, Juliano era muy bueno con ella; tal vez su madre estaba equivocada. Sin embargo, esa noche durmió poco y, al levantarse, dos anchas ojeras hacían sombra a sus ojos. Nunca imaginó que tres horas después estaría muerta.
LA EMBOSCADA. Eran las diez de la mañana cuando el doble cabina que manejaba su novio bajó la velocidad frente al portón peatonal de la Universidad Nacional Autónoma de Honduras (UNAH). Un pick up rojo acababa de ponerse delante de él y parecía que iba a detenerse. Cuando el pick up se cruzó frente al suyo haciendo chirriar las llantas sobre el pavimento, el muchacho frenó con fuerza y evitó el choque por escasos centímetros.
Cuando sacó el aire que tenía en los pulmones vio que un hombre se acercaba a su ventana y lo reconoció en el acto. Quiso sonreírle pero la cara del hombre era una máscara descolorida donde resaltaban la cólera, el odio y el despecho. Además, llevaba en las manos una ametralladora Uzi y parecía temible. Los ojos del hombre echaron chispas y su voz sonó hueca cuando le dijo a Emilia, que lo veía con ojos desorbitados: -"Así te quería agarrar, hija de p…"
La muchacha no dijo nada, vio con horror cómo su tío político apuntaba el arma a la cabeza de su novio y su grito desesperado se perdió ante el estallido de las balas. La sangre bañó el vidrio delantero, mezclada con masa encefálica y astillas de huesos, salpicó el rostro pálido de la muchacha y sus manos se levantaron como para detener las balas que se dirigían a ella. La ráfaga duró menos de un segundo. Las balas le deshicieron el rostro, se estrellaron en su pecho y le perforaron el abdomen. Murió instantáneamente. Cuando el asesino iba a retirarse, miró hacia adentro del vehículo y sus ojos vidriosos se encontraron con dos ojos aterrados lo miraban sorprendidos. Levantó la ametralladora, apuntó a su cuñada, la madre de Emilia, y disparó una vez más. La mujer dio un grito y su cuerpo se estremeció, bañando con su sangre los cadáveres que tenía enfrente y los dos niños que acababa de ocultar en el piso del carro.
El asesino dio un paso hacia atrás, amenazó con la Uzi a varios conductores que se habían detenido a varios metros de la escena y corrió hacia el pick up que esperaba con la puerta abierta y el motor encendido. Un segundo después se perdió a lo lejos, dejando atrás una escena macabra.
LA DNIC. Los detectives de Homicidios no tardaron en llegar a la escena del crimen. César estaba a cargo y ordenó aislar el lugar, desviar el tráfico de vehículos y alejar a los curiosos.
Los cadáveres estaban en los asientos, bañados en sangre, había casquillos de balas de nueve milímetros por todas partes y algunas moscas empezaban a revolotear sobre la sangre fresca. César echó una mirada al interior y algo se revolvió en su estómago; la cólera lo hacía sentir eso, cólera contra el asesino, mezclada con su compasión por las víctimas. Ya se retiraba para abrir la puerta del conductor, cuando escuchó un quejido y alguien que sollozaba. Miró una vez más y comprobó que nadie estaba con vida, sin embargo, alguien lloraba en la parte de atrás de la cabina. Cuando abrió la puerta derecha, encontró a los niños, abrazados y enrollados sobre sí mismos, en el piso. Les habló una vez y ellos gritaron; cuando los tranquilizó, los sacó despacio y los entregó a sus compañeros. Estaban nerviosos, lloraban y gruesas gotas de sangre seca brillaban en sus ropas. César comprobó que no estuvieran heridos y supo que tal vez estaban ante dos testigos potenciales.
LOS NIÑOS. El niño tenía siete años y la niña cinco, pero hablaban hasta por los codos. Le dijeron a César que venían de Suyapa, que iban para la casa cuando un carro se les cruzó adelante y casi chocan con él, que del carro vieron que se bajó su tío Juliano, con una pistola en la mano y que le dijo a Emilia que así la quería agarrar, después mató a Mauricio y luego a Emilia; cuando ya se iba, vio que mi mamá estaba en el asiento de atrás y también la mató. A nosotros, mi mamá nos tiró al suelo cuando le disparó a Mauricio y no nos vio, si no también nos hubiera matado. César estaba seguro de lo hubiera hecho. Era hora de ir por él, subió a los niños a un carro de la policía y estos lo llevaron a la Centroamérica Oeste.
LA ESPOSA. Era una mujer joven y guapa, aunque presentaba en el rostro esos estragos del embarazo que algunas mujeres no pueden evitar. César la saludó y entró a la casa con un vecino y dos mujeres más, una de ellas con un bote de agua de Florida en una mano. Le traía una noticia terrible y, en su estado, podría ser peligroso. "Señora -le dijo, calculando las palabras-, ¿sabe usted donde está su esposo?" La mujer lo miró con asombro. "Se acaba de ir de aquí -dijo-; vino apurado, como si alguien lo viniera siguiendo, agarró algo de ropa y se fue. Yo le pregunté qué le pasaba y él solo me dijo que esos hijos de p… le acababan de destrozar la vida. Eso fue todo. ¿Qué es lo que pasa?". César tragó aire antes de responder: "Señora –dijo el detective-, su esposo acaba de matar a su sobrina Emilia, al novio de ella y a su hermana, la mamá de la muchacha". La mujer se desmayó y una vecina le bañó el rostro con agua de Florida. Cuando volvió en sí, empezó a llorar. Dijo que no sabía para donde se había ido su esposo pero que le pareció raro que una patrulla de la policía estaba detrás de su carro cuando llegó a la casa y que cuando se fue, la patrulla iba detrás de él, "como si lo fueran custodiando". No sabía si tenía donde esconderse en la capital pero sabía que era de una aldea del sur y que tal vez se había ido para allá. César no perdió el tiempo, de su propio dinero llenó el tanque de combustible y tomó la carretera del sur.
LA ALDEA. Es uno de esos sitios que parecen irreales en esta época, formada por grupitos de casas de paredes casi transparentes, techos bajos de teja y habitadas por hombres y mujeres esqueléticos, de piel apergaminada y niños de vientres abultados, hambrientos y llenos de lombrices. Estaba perdida encima de un cerro desértico al que se llegaba después de cuatro horas de caminar y caminar, en medio del polvo constante y el sol ardiente.
Lo primero que se veía era la escuela, llena de niños bulliciosos, y César saludó a la maestra con una sonrisa. Le dijo qué andaban haciendo y por qué, y ella ahogó un grito, buscó a uno de sus alumnos y no lo encontró; cuando preguntó por él, una niña le dijo que salió corriendo para su casa. Diez minutos después, César confirmaba que aquel niño era hijo de Juliano y que había ido a avisarle que la policía venía por él.
EL HOMBRE DE LA CIA. César regresó a Tegucigalpa decepcionado. El asesino se le escapó por unos minutos. Cuando llegó a su oficina, sus compañeros tenían a alguien esperándolo. Era un hombre enorme, blanco, con la cara picada de viruelas que mecía lentamente una pierna sobre la otra, sentado a duras penas en una silla estrecha. Dijo que era el dueño del carro en que fueron asesinadas las víctimas. Que se llamaba Robert y que pertenecía a la Central de Inteligencia Americana (CIA). Que le había prestado su carro a Mauricio porque eran buenos amigos y que estaba a la orden de la DNIC para encontrar al asesino. César le agradeció su ofrecimiento pero le dijo que si lo veía, no debía intervenir, tenía que llamar a la policía y ellos actuarían. El hombre estuvo de acuerdo.
El caso se estancó, Juliano había desaparecido y César se dedicaba a otros casos. Pero una mañana recibió una llamada. Era el hombre de la CIA. Le dijo que Juliano estaba en una agencia automotriz, comprando un carro, y que él lo estaba vigilando desde el otro lado de la calle. Juliano se veía nervioso, llevaba barba larga y vestía ropa vaquera. Cuando César llegó, Juliano ya no estaba y el hombre de la CIA tampoco supo por donde había salido. En la agencia reconocieron la fotografía del asesino y dijeron que él quería que lo atendieran rápido; como se tardaron mucho, se fue, diciendo que volvería. Los detectives estuvieron cerca todo el día, pero Juliano no apareció. De nuevo se lo había tragado la tierra.
Pero un año después de los asesinatos, en la sección de Homicidios se recibió una llamada anónima; alguien preguntaba por César y su voz sonaba desesperada. César no estaba y el jefe de Homicidios atendió la llamada. La voz al otro lado de la línea le preguntó: "¿Ustedes andan buscando a Juliano, el que mató a aquellas personas frente a la Universidad?" "Sí". "Pues vengan ahorita mismo a la casa en que él vivía en la Centroamérica Oeste; acaba de entrar con unos hombres".
El Jefe de Homicidios no dudó un instante. Trató de localizar a César pero esperarlo era perder el tiempo. Llamó a los detectives de capturas y salieron para la colonia Centroamérica Oeste como alma que lleva el diablo. Por desgracia, el tráfico a aquella hora era intenso y ni las sirenas de las patrullas podían abrirle camino. Sin embargo, llegaron a tiempo. Juliano estaba enllavando el portón de aquella casa sucia y abandonada, y no se dio cuenta cuando las patrullas se detuvieron frente a él. Sus dos guardaespaldas levantaron las manos y él se acostó boca abajo en el suelo. Estaba detenido. El asesino de la Universidad Nacional estaba con los dos pies en la cárcel. Cuando lo llevaron a la DNIC, esposado de pies y manos, César lo estaba esperando. "¿Usted es don Juliano?" -le preguntó, con una sonrisa-. El hombre respondió moviendo tristemente la cabeza hacia adelante. César le dijo: "Tenemos un año de andarlo buscando, don Juliano. Usted es muy bueno para esconderse". El asesino trató de sonreír pero una mueca de angustia apareció en sus labios.
EN LA PENITENCIARÍA. Juliano entró a la Penitenciaría Marco Aurelio Soto dos días después, el mismo día en que un teniente de la policía entraba a una celda especial, en la misma cárcel. Era este casi un muchacho, recién graduado de la Academia. La DNIC lo capturó una semana antes en Cerro de Hula, en una camioneta Mitsubishi de su propiedad en la que transportaba veinte fusiles AK-47. A pesar de sus lágrimas y de los consuelos de su esposa, el teniente fue acusado de tráfico ilícito de armas de guerra. Su carrera había acabado para siempre.
Juliano iba con la cabeza baja, lloraba y apretaba los dientes. Estaba acusado de triple asesinato, los niños lo habían reconocido, varios testigos protegidos lo señalaron como el asesino y los detectives tenían en su poder el arma asesina. El juez del Juzgado Primero de Letras de lo Criminal no tendría mucho trabajo en su caso. Seguramente lo condenaría a treinta años. Tal vez Juliano no volvería a ver la luz del sol.
Sin embargo, exactamente un año después, Juliano salió de la cárcel con Carta de Libertad Provisional. Era el año 2002. Estaba acusado de triple asesinato, los testigos y las pruebas estaban en su contra y la justicia había decidido dejarlo en libertad, a pesar de todo. César y el fiscal pusieron el grito en el cielo y el hombre de la CIA amenazó con un escándalo internacional, pero nada pudieron hacer. Nada es más poderoso en una sociedad que un juez. Juliano estaba libre.
OJOJONA. Al día siguiente, César y varios detectives de Homicidios se bajaron de un doble cabina de la DNIC en un camino solitario, cerca del pueblo de Ojojona. Iban a reconocer un cadáver que vestía un elegante traje, con corbata de seda al cuello, camisa blanca "Arroz" y mancuernillas de oro. Era un hombre que estaba tirado boca abajo en una cuneta de grama, con las manos esposadas hacia atrás y que tenía una bolsa de plástico grueso amarrada a la cabeza. Cuando César se la quitó, reconoció a Juliano que lo veía con un ojo medio abierto, sin brillo y sin vida. Había muerto asfixiado. César tenía un millón de ideas en la mente. ¿Quién lo había asesinado? ¿El hombre de la CIA? César sabía que este iba a predicar con frecuencia a la cárcel y que en varias ocasiones lo vieron con él. Pero Juliano estaba bien vestido, había salido de la cárcel en forma misteriosa y tenía mucho dinero en sus cuentas, más del que daría una tienda de repuestos de bicicletas. Las esposas que tenía en las manos estaban rayadas por el uso y César dedujo que eran de la policía; entonces recordó que cuando escapó de su casa el día del triple asesinato, una patrulla de la policía iba detrás de él, "como si lo fuera escoltando". Además, a Juliano acababan de señalarlo algunos testigos como traficante de armas y César recordó al teniente que capturaron en Cerro de Hula.
Supuso que Juliano tenía una cita importante con alguien poderoso, que falló en algo y que fue ajusticiado. Su muerte era un claro ajuste de cuentas. ¿Quién pudo haberlo matado? ¿El hombre de la CIA que quería mucho a Mauricio, el novio de Emilia? ¿Policías corruptos que antes fueron sus amigos, socios y protectores? ¿Sicarios del crimen organizado involucrados en el tráfico de armas? ¿Podría relacionarse su muerte con la captura del teniente de policía y el decomiso de las veinte AK-47? Todo esto sigue en el misterio. Tal vez no se sepa jamás.