La banda de los olanchanos

Este relato narra un caso real. Se han cambiado los nombres
ElHeraldo.hn

Honduras

16.05.2009 - Carmilla Wyler - siemprecarmillawylerSPAMFILTER@yahoo.es

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El crimen organizado es uno de los peores males que sufre la sociedad actual. Según los expertos, ha invadido todos los estratos y lo corrompe todo con la misma malignidad del cáncer. Ya casi nadie está a salvo del increíble poder que ha adquirido y sus tentáculos infectan ahora hasta a las instituciones que por siglos han sido base y sustento de la moral, la ley y el desarrollo humano. En la Dirección Nacional de Investigación Criminal (DNIC) se sabe que hay pastores que delinquen en medio de la mayor impunidad, policías que ensucian el uniforme y pisotean la memoria de sus compañeros caídos en el cumplimiento del deber, sacerdotes metidos en la trata de blancas y en la prostitución infantil, políticos narcotraficantes y lavadores de dólares, oficiales extorsionadores, funcionarios gubernamentales depredadores del bosque y traficantes de influencias… y es la de nunca acabar; y todos caen dentro del nuevo concepto de crimen organizado, un mal que le quita la paz a la sociedad, que lleva dolor y lágrimas a los hogares, que le roba la oportunidad de educación y salud dignas a la población y que empaña el futuro de una nación que lucha por alcanzar un desarrollo humano real y sostenible. Un mal que parece no tener fin y que sigue actuando casi en la impunidad, a pesar del esfuerzo de las autoridades, esfuerzo lleno de buenas intenciones, de discursos poéticos y de cadenas nacionales, mientras los buenos policías caen asesinados y la población sigue enterrando a sus muertos. Aunque los archivos de la DNIC registran muchos éxitos, aún queda mucho por hacer. De esos archivos sacamos este caso, el de "la banda de los olanchanos" que operó por mucho tiempo impunemente, pero que fue desarticulada por la Policía y, de los únicos tres miembros que siguen en libertad, se sabe donde operan y es cosa de días para que sean puestos tras las rejas.

EL CRIMEN DE TALANGA. Era temprano en la mañana cuando dos vendedores de plásticos llegaron a la casa de doña María, en las afueras del pueblo. Tanto insistieron en que se convirtiera en revendedora del producto, que la señora acabó rindiéndose. Los muchachos eran agradables, vestían bien y se veían bien intencionados, y aquel no parecía un mal negocio. Además, ella no tenía que poner ni un centavo. Cuando Enma apareció al otro lado de la calle, doña María sonrió para saludarla. Era su hija, la niña de sus ojos y ahora estaba tan linda. Alta, hermosa, blanca y con una dulzura que la hacía más bella todavía. Acababa de cumplir diecisiete años y doña María sabía que tenía que cuidarla más, porque esa edad era edad de las locuras y los muchachos de este tiempo no eran tan responsables como antes.

Enma se detuvo en la acera de enfrente, los hombres la miraron, dejaron los plásticos en el suelo y avanzaron hacia ella. Había algo raro en ellos y doña María sintió que el corazón se le detenía en el pecho. Cuando sacaron las pistolas que llevaban escondidas debajo de las camisas, dio un grito, pero ya era tarde. Los disparos sonaron como cohetillos y, con horror, vio como la cara de su hija se convertía en una bola de sangre que se estrellaba contra el suelo; los hombre se le acercaron y le dispararon de nuevo, el cuerpo de la muchacha se estremeció varias veces y, de pronto, dejó de moverse. Estaba muerta.

EL PADRE. En ese momento se oyeron otros disparos. El padre de Enma salió de la casa con una pistola en la mano y la apuntaba contra los asesinos. Estos corrían por la calle polvorienta, sin mirar atrás. El hombre iba detrás de ellos. La carrera duró casi mil metros. El pick up rojo que espera a los asesino a una orilla de la carretera con el motor encendido se alejaba a toda prisa y los hombres seguían corriendo. Sus compañeros los habían abandonado. Pero el padre de Enma era casi un anciano y le faltaron las fuerzas. Tropezó y cayó al suelo y apenas tuvo tiempo para ver cómo los asesinos de su hija encañonaban al chofer de una camioneta, lo bajaban de ella y huían hacia Tegucigalpa. El hombre estaba destrozado.

LA POLICÍA. Menos de dos minutos después escuchó una sirena atrás de él, una patrulla de la Policía se detuvo a su lado en medio de una nube de polvo y él les dijo lo que había pasado. La patrulla inició la persecución. Menos de cuarenta y cinco minutos después, varias patrullas repletas de agentes cercaron a los asesinos en la carretera que lleva a Casa Quemada. No opusieron resistencia.

En la escena del crimen, el detective César Ruiz ordenaba que alejaran a los curiosos. La muchacha estaba boca abajo, en medio de un charco de sangre seca, tenía el rostro destrozado, varias heridas en el pecho y otros nueve balazos en la espalda. A primera vista parecía un crimen sin sentido, sin embargo, para el detective, cada detalle era una señal que hablaba por si sola. Estaba claro que aquella era una muerte por encargo, pero, ¿quién podría odiar tanto a una muchacha, casi una niña, que no le hacía mal a nadie? ¿Quién podía desearle la muerte? ¿Tenía novio la muchacha? No, pero sí muchos pretendientes, adolescentes como ella, y uno que otro viejo rabo verde. Pero nadie que fuera peligroso. ¿Algún viejo rabo verde en especial? Doña María no podía hablar mucho.

César analizaba la dinámica del crimen. Dos hombres jóvenes llegan a la casa de la víctima haciéndose pasar como vendedores de plástico al por mayor, pero en realidad buscaban a la muchacha; al verla, le disparan al rostro, luego al pecho y la rematan disparándole en la espalda. Debían asegurarse de que Enma muriera. Un vehículo los esperaba a un kilómetro de la escena. Todo estaba planificado. Iban por Enma. Pero, ¿por qué? Ahora lo entendía. Se trataba de un crimen pasional. Y no lo había ordenado un pretendiente despechado ya que este tipo de individuos casi siempre actúan personalmente para ver destruido con sus propios ojos el objeto de su amor imposible y asegurarse de que no será para nadie más; ¿entonces quien? ¿Quién mata casi siempre con manos ajenas y con furia y odio terribles? ¡Una mujer despechada! Eso era. Y no podía ser joven, ya que la juventud es capaz de competir con una muchacha tan linda como Enma. Entonces debía de ser vieja, o algo mayor. Y, si era así, debía ser la esposa de uno de los viejos rabo verdes que pretendían a Enma, o tal vez una amante herida. Creía que iba por buen camino pero debía trabajar sobre la escena del crimen porque los asesinos no habían abierto la boca ni para decir sus nombres.

DON SAÚL. Era un hombre bajo, trigueño, delgado y con un bigote de siete hebras; usaba sombrero, una 3.57 en la cintura y botas vaqueras. Su hacienda no era tan grande pero era muy rica, y él era un hombre bueno. Conocía a la familia de Enma desde antes de que ella naciera y siempre fue cariñoso con ella. En otras palabras, la había visto crecer. Desde que ella cumplió diez años, él la veía casi a diario, le regalaba queso, mantequilla, carne, maíz, frijoles, dinero, caña y hasta un perrito al que ella llamaba Lucky. Aunque sus padres no eran muy pobres, aquellos regalos de don Saúl les servían de mucho, y ellos empezaron a apreciarlo. Pero Enma notó que don Saúl la veía con ojos raros, sobre todo después de que cumplió los quince, y empezó a tenerle miedo. Sin embargo, él seguía siendo amable y bueno y doña María le dijo que no fuera tan prejuiciosa. Dos años después, ya era demasiado tarde para recapacitar.

Cuando el detective conoció esta historia, terminó de armar el rompecabezas, entrevistó a don Saúl, que se había puesto a la orden de la familia, y supo que su esposa sentía unos celos terribles por la muchacha. Don Saúl se puso blanco como el papel, quiso ponerse de pie pero le fallaron las piernas. Lo que le acababa de decir el detective era algo increíble, y doloroso. "Su mujer mandó a matar a la muchacha, don Saúl -le había dicho César-; estaba celosa, usted le daba mucha atención a Enma y ella se puso furiosa. ¿Dónde está su esposa en este momento?" El hombre había envejecido. Tartamudeó unas palabras y los detectives le ayudaron a ponerse de pie. Cuando entraron a la hacienda, don Saúl preguntó por su esposa. El capataz le dijo que la señora había salido temprano para Tegucigalpa. Hasta hoy no la ha vuelto a ver. Según la DNIC, se esconde bajo nombre falso en alguna ciudad de Estados Unidos. La Policía Internacional (Interpol) tiene la orden de captura. Los asesinos fueron condenados a treinta años cada uno y guardan prisión en la Penitenciaría Nacional de Támara. Cuando los identificaron, descubrieron que formaban parte de la banda de los olanchanos.

EL CRIMEN DE LA COLONIA SUYAPA. La banda era impresionante. Según la Policía se componía de sesenta miembros, aunque, en realidad, solo eran once. Eran violentos, derrochadores y prepotentes. La unidad contra asaltos, dirigida por el subinspector Flores, había capturado a tres de ellos después de que asaltaran varios bancos, pero los que estaban en libertad necesitaban dinero para darles buena vida a sus compañeros en prisión. Los asesinos de Talanga cobraron doscientos cincuenta mil lempiras por su crimen, pero no disfrutaron ni siquiera un billete.

Eran parte del crimen organizado. Su jefe principal planificaba y dirigía secuestros, asesinatos por encargo, asaltos a bancos, trasiego de drogas, tráfico de armas, extorsiones, robo de vehículos, robo de ganado, estafas, contrabando y sabe Dios que más. Pero el que mal anda mal acaba y Alcides está preso en San Pedro Sula; según la Policía, sigue operando, aunque ya solo le quedan cuatro de sus viejos compinches. Otros cuatro fueron capturados en la colonia Suyapa, después de que asesinaran a balazos a un padre y su hijo.

EL CASO. Elmer era valiente, hijo de un hombre valiente y, como tal, se enfrentó a sus vecinos, luciendo un revolver brillante en la cintura. Les dijo que no quería tener vecinos de esa clase y que los iba a denunciar a la Policía. Pero lo que Elmer no sabía es que sus vecinos eran de la banda de los olanchanos. Esa misma tarde, ellos cobrarían venganza.

Eran las tres de la tarde, cuatro hombres con fusiles Ak-47 en las manos tocaron la puerta de Elmer, les abrió don Agustín, un hombre blanco, delgado y alto que peinaba muchas canas. Les dijo que Elmer no estaba y ellos le dijeron que entonces lo matarían a él.

Don Agustín estaba prevenido. Se oyeron los primeros disparos, don Agustín se defendió y respondió al fuego, pero estaba herido y no tardó en morir. José, su otro hijo, quiso defenderlo. También era valiente y se enfrentó a los asesinos; Elmer estaba cerca y llamó a la Policía. Dos minutos más tarde, el barrio era un infierno. La Policía rodeó la zona, los asesinos se negaron a rendirse y atacaron a los policías. José ya estaba muerto, cerca del cadáver de su padre, con el pecho y la cabeza ensangrentados. Pero los asesinos seguían disparando. El detective Ruiz les ordenaba que se rindieran, pero los Ak-47 seguían vomitando fuego. Una hora después, volvió el silencio. Los asesinos se quedaron sin municiones y tiraron las armas, pero se habían confundido con los curiosos y trataban de huir. Entonces César ordenó detener a todo el que estuviera en la calle rodeada por la Policía.

Cuando llegó a las oficinas de la DNIC, tenían sesenta detenidos. A las siete de la noche empezó a entrevistarlos uno por uno, y uno por uno los fue descartando. A las tres de la mañana, varios testigos reconocieron a los asesinos y Elmer dio su declaración, los reconoció y los hombres se rindieron. Cincuenta y seis hombres fueron liberados antes del amanecer. Los cuatro criminales creyeron que podrían burlar a la Policía. Estaban llenos de antecedentes y fueron condenados a treinta años de prisión. Actualmente sobreviven en la Penitenciaría Nacional de Varones de Támara, Francisco Morazán. Los cuatro compinches que siguen en libertad se han olvidado de ellos, más preocupados en salvar su propio pellejo.

Según César, están identificados y la Sección de Capturas les sigue la pista. Se cree que operan en los mercados de Comayagüela, que se dedican a la extorsión y al sicariato, al narcomenudeo y al secuestro exprés. Hay testigos protegidos que los han denunciado en varias ocasiones, pero siempre que la Policía llega al lugar donde los han ubicado ellos ya no están. Hay quien cree que en la misma Policía tienen algún informante. Aunque no se ha comprobado, por desgracia, podría ser. No olvidemos que el crimen organizado ha infectado casi todos los estamentos de la sociedad como si fuera una peste peor que el cáncer y la gripe porcina.

Lo bueno es que de la banda de los olanchanos casi solo queda el recuerdo, aunque el mal que ocasionaron vivirá para siempre en el corazón de sus víctimas. La Policía cree que la esposa de don Saúl morirá en Estados Unidos, es una mujer vieja, enferma y solitaria, aunque podría ser que haya muerto ya. En cuanto a los que esperaban en el pick up rojo, son los restos de la banda que pronto serán capturados. Dicen que don Saúl no volvió a sonreír y que doña María llora cada día la ausencia de su hija. Esta es la nefasta herencia de la banda de los olanchanos. ¿A cuántas personas más llenaron de luto y dolor? Tal vez no se sepa nunca.

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