El asesinato de “Juan Charrasqueado”

El último amor, el asesinato de un hombre mundano y un detective que resuelve un caso aparentemente imposible…
ElHeraldo.hn

Honduras

20.06.2009 - Carmilla Wyler - siemprecarmillawylerSPAMFILTER@yahoo.es

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La mujer estaba indignada y gritaba aquellas palabras en medio de su terrible dolor; se limpiaba las lágrimas con cólera y miraba a su alrededor con ojos de acero, como si quisiera taladrar con la mirada los corazones de la gente para descubrir quién odiaba más a su marido y, tal vez, saber quien lo había matado.

La mañana anterior lo encontraron boca abajo, a tres kilómetros de su casa, en un camino de tierra poco transitado.

Lo mataron a machetazos y le arrancaron las manos, le desfiguraron el rostro y le abrieron el abdomen en dos grandes heridas, estaba descalzo y sin camisa y, según el detective de Homicidios de la Dirección Nacional de Investigación Criminal (DNIC), lo asesinaron en otro lugar y lo fueron a botar allí en horas de la madrugada.

Todavía se veían las huellas que dejó su cuerpo al ser arrastrado por el camino de arena y tierra suelta; habían, además, otras huellas, pero no sabría decir de qué o de quiénes eran, los campesinos contaminaron la escena y tenían que trabajar con los escasos elementos que quedaban. Lo que sí estaba muy claro era que se trataba de un crimen de odio.

SANTOS. Era maestro, pero nunca ejerció la profesión, tenía treinta y ocho años y en la aldea le decían “Juan Charrasqueado”, por peleonero, mujeriego y jugador. Aunque estaba casado desde hacía doce años, su vida era una aventura constante, tomaba mucho licor, iba de feria en feria con sus gallos de pelea y practicaba al pie de la letra su filosofía favorita: en cada puerto un amor.

Pero ahora estaba tendido en un ataúd, con cuatro cirios en las esquinas y varias coronas de flores alrededor; ahora todos coincidían en que, a pesar de todo, no le hizo daño a nadie y si era picaflor, eso solamente a su esposa le importaba.

Sin embargo, la pregunta en el velorio era: ¿por qué lo mataron y quién era el asesino?

Unos decían que tal vez un marido cornudo y despechado, otros que algún enemigo secreto que lo envidiaba por la capacidad que tenía para vivir la vida felizmente, y uno más se preguntaba si alguna mujer burlada se había cobrado todas sus penas mandándolo a asesinar.

El detective, en cambio, reflexionaba en silencio, sumando los detalles pero escuchándolo todo con atención y, aunque no sabía por dónde empezar, hacía un análisis de la escena del crimen y rescataba algunos elementos para basar su teoría.

LA TEORÍA. Estaba ante un crimen de odio. El forense contó treinta y dos heridas, casi todas de machete y producidas con furia; las más graves eran las que tenía en la cabeza. Eran dos y le partieron la oreja derecha, se hundieron en el cráneo y le destrozaron el cerebro.

Estas lo habían matado. Las demás eran producto del odio y la cólera. Tenía el rostro desfigurado, las manos amputadas y el abdomen traspasado.

Era posible que en el crimen hubieran participado más de dos personas, seguramente hombres jóvenes, y el principal motivo podría ser la venganza motivada por celos, deudas de juego o rivalidad entre borrachos. Por la forma como dejaron el cuerpo, Santos debió hacer algo muy grave para que lo mutilaran hasta que el agravio quedara satisfecho.

Lo que no sabían los asesinos era que algunas de sus huellas quedaron en la escena del crimen y que el detective pronto estaría detrás de ellos.

Hay un principio en criminalística que dice que la última persona en ver con vida a la víctima de un crimen de sangre es el principal sospechoso y la investigación empezó después del entierro, en la casa de una viuda acomodada que acompañó a la familia vestida de negro, con un chal en la cabeza y con lágrimas en los ojos.

LA AMANTE. La esposa de Santos lo amaba, a pesar de todo. Le dijo a la Policía que ella sospechaba que su marido se entendía con la viuda de don Ceferino Ruiz, y que esa era una señora dominante, que le ayudó en muchas ocasiones cuando necesitó dinero y que sería bueno que empezara a investigar por ahí.

No estaba segura, pero la señora ocupaba mucho el tiempo de Santos y, cosa extraña, lo iba llorando camino del cementerio y, era sabido, que era una mujer huraña, dedicada a sus cosas y que muy poco se relacionaba con la gente de la aldea. El principal problema de ella era que tenía demasiado dinero.

Cuando el detective entró a la sala, la señora estaba sentada en una silla mecedora de mimbre, siempre vestida de negro y con el chal sobre los hombros, tenía los ojos rojos y el pañuelo con que se limpiaba estaba húmedo. “Veo que está sufriendo mucho -le dijo el policía-; ¿tanto quería usted al difunto?” “Aunque le parezca mentira, señor, sí lo quería; lo quería mucho. Jamás me importó que fuera casado, él me hacía feliz y yo lo quería… Como usted dijo, estoy sufriendo mucho”.

Esas palabras dejaron sin aliento al detective. No esperaba que la mujer hablara tanto, y menos de la relación que todo el mundo le achacaba con Santos. Creyó que la negaría.

La mujer esperó a que él siguiera hablando. El detective no sabía qué decir.
La mujer era ya muy mayor, por no decir casi anciana; aunque tenía muchas carnes, las arrugas y las canas decían claramente la edad que tenía.

Viuda desde hacía diez años, dirigió con mano dura la hacienda de su esposo y, venciendo muchos obstáculos, la hizo prosperar; sus hijos, mayores y casados, vivían lejos de ella, los veía muy poco y estaba sola, muy sola, y Santos fue su única compañía por mucho tiempo.

“¿Cuándo fue la última vez que vio a Santos? -le preguntó el detective-. Ella tardó en responder. “Anoche -dijo-; salió de mi casa antes de las siete. Iba para la feria de San Marcos. Yo presentía algo y se lo dije. Él no me hizo caso”.

“¿Qué presentía usted?”- le preguntó el detective- “Que algo malo le iba a pasar. Yo lo sabía”. “¿Por qué estaba tan segura?” -insistió- “¿Ya lo habían amenazado?” “¿Quién?” La mujer guardó silencio, se limpió las mejillas, como si se limpiara las lágrimas y miró hacia un lado. El detective sonrió. “¿Quién?” -dijo, después, remarcando las palabras-. ¿Quién?” Ella siguió en silencio.

La sonrisa del detective fue más significativa; estaba entrando en la mente de la mujer y empezaba a conocer sus secretos. Ella murmuró, sin mirarlo: “-No sé; no sé”-. El detective se levantó. Sus compañeros lo esperaban en la puerta de la casa.

Uno de ellos le dijo que habían buscado en varias direcciones a partir del sitio donde encontraron el cadáver y que algunas gotas de sangre los llevó a la casa de la viuda Ruiz.

Había manchas de sangre en el portón, en la entrada y en el patio; eran gotas pequeñas y habían sido borradas por la lluvia pero se podían identificar y necesitaban ver algo más en el interior de la casa. La sonrisa del detective era de triunfo. La mujer seguía sentada en la mecedora.

EL CRIMEN. A sus cincuenta y nueve años, la vida nada tenía ya que enseñarle. Miró al policía con tristeza en los ojos y escuchó sus palabras como si salieran de una caverna.

“Usted sabe algo más -le decía-, lo noté cuando le pregunté quién amenazó de muerte a Santos y usted bajó los ojos, se limpió unas lágrimas que no tenía y se tardó en responder. Usted sabe quien es el asesino.

Voy a llamar a Inspecciones Oculares y a la Fiscalía. Trate de pensar serenamente o se convertirá usted misma en cómplice de un asesinato. Mis compañeros encontraron sangre en el portón de su casa, en el que da a los patios para secar café. Siguieron las huellas desde el sitio donde encontraron el cadáver.

Sabemos que Santos no fue asesinado en ese lugar. Creo que lo mataron en su casa. Si está dispuesta a colaborar, la escucho; esto ayudará a suavizar las cosas”.

El discurso del policía no impresionó a la mujer. Siguió sentada, en silencio. Él volvió a hablar.

“Creo que ya sabemos cómo sucedieron las cosas -dijo-, y se lo voy a decir. Santos era muy conocido por su afición a las mujeres, al juego y al alcohol, usted lo sabía y lo aceptó así.

Usted estaba sola, él la enamoró, usted se rindió y se enamoró de él… Su relación duró mucho tiempo y fue beneficiosa para los dos, menos para la esposa de él. Usted tenía amor y compañía, él se beneficiaba con lo que usted le daba, que era mucho.

Sus hijos lo supieron, estaban en desacuerdo con su relación y usted los enfrentó…” La mujer levantó los ojos, asustada. El detective continuó: “Ellos planificaron su muerte, antes de que Santos la dejara en la calle”. “Él estaba conmigo porque me quería –dijo ella, interrumpiéndolo–; a su manera, pero me quería”.

“Y sus hijos lo detestaban, ¿verdad?” El silencio fue la respuesta. “Y lo mataron, por eso sufre usted tanto, por el hombre que perdió y porque sus hijos se convirtieron en asesinos. ¿Quiere colaborar con nosotros?” La mujer movió varias veces la cabeza hacia adelante. Se había rendido.

El mayor de sus hijos, un hombre arrogante y ambicioso, con varias fichas delictivas, guarda prisión en la Penitenciaría Nacional de Támara. Se le considera muy peligroso. El tercero de sus hijos huyó a Guatemala y se cree que trabaja en una finca de café.

lla aparenta cien años de edad, llora por sus hijos y por el amor perdido, el último de su vida. Dicen que le ayuda a la viuda de Santos. Eso no lo pudimos confirmar.

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