La obstinación del presidente Manuel Zelaya Rosales y su entorno con la realización el próximo domingo de la encuesta de opinión para que el pueblo diga si está o no de acuerdo en colocar una cuarta urna en las elecciones de noviembre, ha enrumbado al paÃs a una coyuntura muy especial en la que, si bien hay riesgos y amenazas, también hay retos y oportunidades.
En primer lugar, la terquedad presidencial ha generado un áspero debate que si bien crea desasosiego social, también se convierte en una prueba para saber qué tanto ha madurado la democracia, la civilidad, la institucionalidad y el respeto de las reglas de convivencia que deben regir a toda sociedad que se precie de organizada.
El tratar de imponer la voluntad de quienes pretenden cambiar la Constitución de 1982, que marcó el fin de los gobiernos de fuerza, no sólo ha despertado el interés general de profundizar más en el conocimiento de nuestra Carta Magna, tantas veces violada, sino también ha acelerado la puesta en práctica de mecanismos formales y vinculantes de consulta popular, como el plebiscito y el referendo, cuya reglamentación fue aprobada en la madrugada de ayer.
También la reacción de las instancias judiciales y la mayorÃa de organismos estatales, al igual que de sectores económicos, sociales y polÃticos, en contra de la pretensión de cambiar las reglas del juego establecidas en la actual Constitución, se está convirtiendo en un acicate para el despertar del sopor en que estaba cayendo el pueblo con respecto al sistema democrático, tal como lo ha venido demostrando el creciente abstencionismo en los procesos electorales.
De igual manera, la confrontación creada permite a la población conocer mejor la estructura de poder real en el paÃs; pero también pone al descubierto la inexistencia de liderazgos nuevos ya que los propios candidatos presidenciales más bien se han hundido en la sombra.
Por el lado negativo, la gran amenaza que representa el actual clima de confrontación está en el descuido de asuntos claves no solo para las actuales sino que también para las futuras generaciones de hondureños, como los efectos negativos de la crisis global que ya están golpeando con fuerza la endeble economÃa nacional y que, irremediablemente, deteriorarán aún más las ya difÃciles condiciones de vida que sufre la inmensa mayorÃa de hondureños.
Más allá de los fantasmas y de quienes los manipulan a favor de uno u otro bando, lo que sà deberÃa infundirnos miedo es la posibilidad real del empeoramiento de la situación económica del paÃs, el auge de la violencia delictiva, la vulnerabilidad ante los desastres naturales, las epidemias y la pandemia, que avanzan en nuestro suelo.