Dicen que el hombre es más constante en el odio que en el amor, pero ¿cuánto odio es capaz de albergar el corazón humano? ¿Cuánta maldad puede caber en la mente del hombre que lo lleva a dañar a otra persona con la mayor saña y crueldad posibles y sin el menor remordimiento? ¿Qué sucede en la mente de quien se convierte en criminal y cómo puede vivir con esa carga emocional y conducirse normalmente en sociedad? ¿Cuáles son los motivos que convierten a un ser humano en depredador de sus semejantes: la cólera, el despecho, el odio mismo? Los expertos en conducta criminal no se ponen de acuerdo todavÃa en definir las causas criminales dentro de un patrón, que funcione como una receta permanente, y se limitan a encasillar a los depredadores humanos en escalas que miden los niveles de maldad de acuerdo a la violencia con que destruyen a sus vÃctimas, tomando en cuenta los abusos que sufrieron en la infancia o las condiciones en que cometen sus crÃmenes. Por supuesto, en este tema queda mucho por descubrir, sin embargo, la investigación criminal ha avanzado tanto que para los especialistas, la mayor parte de los crÃmenes tienen solución y confirman, una vez más, que en esta época, más que en otras de la historia, no existe el crimen perfecto.
PREGUNTAS. Ahora bien, los expertos se hacen una pregunta cuya respuesta pone los pelos de punta y hace de los criminales violentos más bien vÃctimas de un sistema y de un patrón de crianza que hasta podrÃa justificar, en alguna medida, sus acciones grotescas. La pregunta es: ¿Quién o qué convierte a ciertos seres humanos en criminales? La respuesta es terrible: el hogar, llámese casa, hospicio o calle, la influencia perniciosa de padres o tutores abusadores, enfermos y represivos, traumatizados por los propios abusos sufridos, en medio de una existencia llena de privaciones y de la misma maldad que practican y hasta llegan a superar. De allà han salido asesinos como Jeffrey Dahmer, el Descuartizador de Milwaukee, uno de los asesinos en serie más crueles de la historia moderna y en cuyo departamento la policÃa encontró varias cabezas humanas congeladas y el cuerpo putrefacto de un hombre sobre la cama, del que se comÃa grandes pedazos de carne cada dÃa y con el que tenÃa relaciones sexuales constantes; Andrei Chikatilo, el CanÃbal de Rostov, un asesino canÃbal y pederasta que llevó a una muerte cruel a decenas de niños inocentes y que vio, cuando era niño, cómo un grupo de vecinos, sus padres incluidos, se comÃan a uno de sus hermanitos en una de las peores hambrunas que sufrió la Unión Soviética, una imagen que lo marcó para siempre. Y, para no hacer muy larga la lista, cerremos con Alma Cleotilde Grand Pérez, la bruja negra, la primera asesina en serie de Honduras, cuyos crÃmenes hubieran quedado impunes si el H-3, en una entrevista de rutina en su casa de El Porvenir, no se pregunta ¿por qué una mosca verde iba y venÃa sobrevolando el fogón encendido, donde hervÃa una olla de frijoles, y que estaba caliente en extremo y lleno de humo? Cuando llegó Inspecciones Oculares, supo qué era lo que la mosca buscaba, a pesar del calor y el humo: el cadáver de un hombre que se pudrÃa lentamente, enterrado en el fogón impecablemente limpio. Y Alma Cleotilde también es producto de un hogar violento, lleno de abusos de todo tipo, sin amor natural, sin ley y sin Dios, al igual que los dos anteriores. Violada a los ocho años por quien debió cuidarla y protegerla, golpeada, humillada, maltratada y despreciada, es también producto de esa escuela cruel que destroza vidas y convierte a seres humanos potencialmente buenos en terribles criminales. Y es la escuela del hogar.
LOS EXPERTOS. A partir de aquÃ, los expertos en conducta humana, si bien no eximen de culpa al criminal, justifican sus motivos y los sitúan entre las vÃctimas que proyectan maldad sobre los demás, porque maldad fue lo que recibieron como formación elemental en la época más inocente de sus vidas: la niñez. Y, entonces, surge otra pregunta: ¿Qué tan inocentes son estos criminales de sus actos? ¿Tiene la ley atenuantes para dulcificar el castigo ante crÃmenes tan horrendos, producto, por supuesto de mentes enfermas que actúan impulsadas por un inconsciente deseoso de venganza y/o necesitado de ayuda y de amor? ¿Dónde empieza la culpa del criminal? ¿En el acto criminal en sà o en los motivos ocultos que lo impulsan a asesinar? ¿Por qué, por ejemplo, la bruja Cleo, mató a tantos hombres mayores que ella, que recibÃan sus favores sexuales y que, de una u otra forma, la utilizaban y la maltrataban? ¿Por qué proyectaba en ellos el rencor o el odio contra su primer violador, el que debió cuidarla y protegerla porque era sangre de su sangre? ¿O porque estaba loca? Para información del lector, la bruja negra no está loca, tiene un cociente intelectual superior a la media normal y es una conversadora agradable y muy especial. Entonces, ¿por qué mató? Según un experto, no lo hizo por simple sed de sangre o por natural inclinación al crimen. ¿Entonces? ¿Por vengarse de una sociedad en la que no encontró jamás un lugar digno? Esto podrÃa relacionarse con el hecho comprobado de que vendÃa la carne de varias de sus vÃctimas en su negocio de carne asada, frente al burdel Chicas Jóvenes. Y su clientela siempre estuvo satisfecha. ¿Por vengarse de su padre? En realidad, este es todo un caso.
ESAU. Veamos ahora el caso de Esaú, el asesino de Cantarranas y de la colonia Centroamérica. Era un niño de la calle, abandonado, drogadicto, abusado y sin futuro, un huérfano que fue acogido en una casa donde se le dio un hogar y una familia, pero terminó asesinando a machetazos a los que entonces eran sus padres y sus hermanos, en una orgÃa de sangre que ni él ni nadie han podido explicar. ¿Qué motivos tuvo? ¿Odio? ¿Rencor? ¿Deseo de venganza? Si es asÃ, ¿contra quien? ¿Contra sus padres que no lo amaron lo suficiente como para darle el hogar que sà encontró en medio de la familia que asesinó con sus propias manos? ¿Proyectó contra sus vÃctimas, que eran sus benefactores, el odio contra sus padres y al asesinar a aquellos, se vengaba de quienes lo tiraron al mundo como un desecho humano? ¿Qué sucedió en su mente en ese momento en que se convirtió en uno de los asesinos más repudiables de la historia criminal hondureña? Según Gonzalo Sánchez, uno de los criminalistas más prestigiados y de mayor credibilidad de Centroamérica, Esaú, si bien es también producto de un sistema familiar corrupto y abusador, no es un asesino natural y cometió sus crÃmenes, repudiables desde todo punto de vista, bajo el efecto de una enfermedad casi desconocida pero común: la epilepsia de gran mal, un trastorno neurológico que bloquea la consciencia de los propios actos e impulsa a quien la padece a hacer daño a sus semejantes sin un motivo aparente; una especie de sopor que impulsa la acción criminal sin que se tenga conciencia de ello, un desencadenante de las propias frustraciones que son proyectadas contra los que tienen lo que él no tuvo jamás, en una especie de envidia y egoÃsmo que tiende a destruir lo que tanto le beneficia. Algo raro y difÃcil de entender. A diferencia de otros ataques epilépticos, en la epilepsia de gran mal no se convulsiona, los ataques son esporádicos y se manifiestan con una compulsión a la destrucción de lo que supuestamente se ama o de lo que se tiene alrededor. Después del hecho, la mente se bloquea, se cae en un sueño profundo y, en la mayorÃa de las veces, no se recuerda nada del mal que se hizo. Esto fue lo que sucedió con Esaú. Asesinó a varias personas que confiaban en él, en Cantarranas; llegó a la casa de sus benefactores en la colonia Centroamérica y los asesinó sin compasión, luego tuvo un acceso de bondad y le perdonó la vida a una sola de sus vÃctimas. Después de esto se sintió cansado, se recostó en un sillón con el machete ensangrentado en sus manos y con los cadáveres de quienes lo amaron a su alrededor, y se durmió. Asà lo encontró la policÃa. En varias ocasiones ha dicho que no recuerda nada de lo que dicen que hizo. Según un psiquiatra amigo, ese es un efecto de la epilepsia de gran mal y, algunos abogados penalistas, aseguran que Esaú no debió ser condenado como un criminal, todo lo contrario, debió ser recluido en un hospital para enfermos mentales, de donde no podrÃa salir jamás porque la enfermedad que padece no se cura nunca. Además, en la jurisprudencia de Honduras existe al menos un caso de un delito cometido bajo la influencia perniciosa de la epilepsia de gran mal, y el culpable fue absuelto.
RESPONSABILIDAD. Y, en este momento, volvemos al punto de partida: ¿qué tan culpables son Esaú y la bruja Cleo de sus crÃmenes? Solo para citar dos ejemplos. Según la ley, Esaú serÃa inimputable de delito si se comprobara que sufrÃa trastornos mentales al momento de matar a su familia, y eso puede comprobarse médicamente. Pero la justicia condenó al asesino por sus actos como una forma ejemplarizante de castigo que tiene como objetivo, además, enviar un mensaje a la población acerca del final que merecen los criminales, sin embargo, la investigación cientÃfica del caso dejó mucho qué desear y, si bien debe estar encerrado para siempre, el criminal pudo servir como base de estudio de las patologÃas criminales que infestan a un amplio sector de la sociedad hondureña. Ahora bien, debemos aclarar que nadie que asesina es inocente, merece ser castigado; sin embargo, existen atenuantes en ciertos casos y deben ser aplicados en beneficio de la misma justicia que debe ser igual para todos. Pero ese es otro tema.
CONCLUSIÓN. Vemos entonces que fabricar un criminal es un proceso lento que, para la gran mayorÃa, empieza con abusos en el hogar, la violencia intrafamiliar que se repite en un ciclo del que muy pocos perpetradores pueden escapar: las violaciones o abusos sexuales a niños y niñas por personas de confianza, el alcoholismo, el abandono, la paternidad irresponsable y algunas taras mentales incurables como la epilepsia de gran mal, por ejemplo. Y todo esto dentro de una sociedad llena de malos ejemplos, de corruptos que traicionan la confianza de las mayorÃas, de hombres de uniforme que abusan de su poder porque estimula las descargas de adrenalina, de curas y pastores demagogos y manipuladores que capitalizan el dinero de sus fieles y no sus almas, y de mujeres y hombres nobles y buenos que deben convivir con el mal porque de todo hay en la viña del Señor. Y aunque el tema es más amplio, basten estas lÃneas para que el lector conozca un poco de la receta casi invariable que fabrica o crea al criminal.