¿Qué sería del mundo sin cortesía?

Un comportamiento humano cuya mejor expresión es el uso práctico de las buenas maneras y las normas de etiqueta
ElHeraldo.hn

Honduras

04.07.2009 - Jorge Angel Livraga fundador de Nueva Acrópolis - infoSPAMFILTER@acropolishonduras.org

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Empezamos por aclarar que el verdadero sentido de la palabra "cortesía" nos viene de las antiguas "cortes", lugares habitualmente usados por los filósofos, artistas, literatos, políticos, economistas, jueces, médicos y, en general, todos los profesionales y personas distinguidas a quienes correspondía tomar las consideraciones y decisiones en un estado o reino. En todas las antiguas culturas y civilizaciones que conocemos, aún parcialmente, existía una forma "cortés" de relaciones entre personas. En la llamada Edad Media de Occidente, lo cortés se configuró en círculos más cerrados de comunicación entre damas y caballeros y de estos entre sí, desde la formación como pajes hasta la culminación como caballeros.

En la moral de Egipto la cortesía era una virtud que ocupaba un lugar preponderante y se sumaba a las cualidades propias de un hombre honesto. Se encuentran en las enseñanzas de Amenemope frases como: "Si quieres ser cortés, no interpeles al que abordas. Mantén una conversación que no le aburra. Si se trasluce su ignorancia y te da ocasión de avergonzarle, trátalo con toda delicadeza; no lo apremies, no le cortes la palabra, no le reprendas de modo terminante, no lo acorrales".

TRADICIONES EN DESUSO. Desgraciadamente, con el andar del tiempo, muchas de esas sanas y útiles tradiciones cayeron en desuso. Y hoy, la cortesía aparece como un sinónimo de falsedad y falta de autenticidad. Si se estudia la cortesía con profundidad, se encuentra que tiene como principio fundamental el "pensar en el otro", una actitud que en nuestros días se vive muy poco. La cortesía es, a la vez, una forma de generosidad y de amor. Un reconocimiento del respeto y tolerancia más allá de todas las diferencias de clases, etnias, sexos, nacionalidades, estados sociales y económicos.

La pregunta hoy en día es: ¿Por qué se está perdiendo el valor de la cortesía? ¿Por qué la descortesía? Estas preguntas se deben contestar con una seria reflexión acerca de algunos males que actualmente invaden el comportamiento del ser humano. Algunos enemigos de la cortesía son el miedo, la prisa, el estrés y el mal humor, entre otros. "No te saludé, perdón, tenía mucha prisa", "Le grité porque andaba de malas", "Se me olvidó darle gracias", frases como estas se escuchan comúnmente.

La falta de cortesía es una forma de violencia menor o violencia disimulada. Debemos ser amables porque ello significa, en sentido estricto, que reconocemos a otro como igual en derechos y deberes. Pensamos demasiado y sentimos demasiado poco. Más que maquinaria, necesitamos humanidad; más que inteligencia, necesitamos amabilidad y cortesía.

Lo cierto es que hay que recordar el por qué de la cortesía y enfocarnos en el fondo y no en la forma. La cortesía es el primer y necesario paso para profundizar en las relaciones humanas, pues nos permite desarrollar la convivencia (la capacidad de vivir CON los demás, de "vivir y dejar vivir", respetando al otro).

Las prácticas, educación y cortesía no son elementos vacíos. Son el aceite que permite que la máquina de las relaciones humanas funcione con más fluidez y menos atascos. Es importante recordar nuestros espacios de convivencia y practicar la cortesía hasta que se vuelva un hábito.

Así como cuando hacemos un regalo, por pobre que este sea, solemos recubrirlo de papeles y cintas de colores, de manera que la persona que lo recibe tenga la sensación de que hemos pensado cariñosamente en él y que nos preocupamos por expresarle nuestros sentimientos afectuosos y nuestros buenos deseos. Toda palabra o acción debe estar prudentemente envuelta en nuestra capacidad de dar y amar.

Deberíamos esforzarnos por dejar fuera todo gesto de ira y amargura, de odio o de rencor. Esta actitud, aunque comience por ser meramente externa, si se mantiene con fortaleza y perseverancia llega a calar en lo más hondo y, como el payaso de los cuentos, de tanto sonreír y hacer reír, termina por contagiarse a sí mismo de su alegría y halla consuelo para las desventuras de la vida.

Hay muchas ideologías políticas y religiosas que han provocado genocidios y han hecho llorar a mucha gente. Demos nosotros lo contrario; demos alegría, paz, concordia y prosperidad. Un filósofo triste por banales circunstancias no es un verdadero filósofo y menos aún si lo demuestra y anda llorando sus penas a todas sus amistades, dando signos de flojera, impotencia espiritual y debilidad vampirizante. Es importante recordarle a las nuevas generaciones que hay valores que nunca pasan de moda. Debemos construir en los entornos de convivencia el valor de la cortesía.

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La cortesía ayuda a vivir. Es añadirle un poco de poesía a la vida, es revelar que todavía conservamos la disposición de agradecer y hacer felices a los demás.
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