Los tristes acontecimientos ocurridos en los dÃas previos, son clara muestra de la podredumbre que hoy y siempre ha contaminado nuestra clase polÃtica.
¿Por qué tuvimos que llegar a esto?, ¿No es más fácil hacer lo bueno y sensato antes de exponer al paÃs al vituperio mundial? Sin embargo, pareciera que nuestros dirigentes perseveran cada vez más en hacer las leyes, con el deplorable propósito de incumplirlas y asà mostrar a propios y extraños que “quien manda, manda y si se equivoca vuelve a mandarâ€.
Mientras escribo estas lÃneas, asisto con desconsuelo al insólito espectáculo que protagonizaron soldados y manifestantes en la pista del aeropuerto de Tegucigalpa, todo por los arrebatos esquizoides de un hombre que hace tiempo perdió la dimensión del daño que hace al paÃs.
Dos cosas han quedado claras para el observador objetivo: una es que el ex ciudadano Zelaya (le digo “exâ€, porque perdió esa condición al violar el artÃculo 42 de la Constitución, que expresamente revoca la ciudadanÃa a quien promueva el continuismo presidencial), no es más que el producto del deterioro manifiesto de nuestras instituciones y de la inmadurez de la clase polÃtica y dos; que si tenÃamos alguna esperanza de aprovechar la crisis en que estos balurdes nos han metido, para enderezar el rumbo de este barco que se nos hunde, debemos ir desechándola.
Y es que no habÃa que ser demasiado agudo para entender las limitaciones mentales de Zelaya cuando en 2004 arreció la campaña a lo interno de su partido en pos de una candidatura.
Sin embargo, la gran mayorÃa de sus correligionarios le apoyó, pese a tener en el menú mejores opciones, como Noé Pino o Gabriela Núñez.
¿Cuándo aprenderemos a elegir? ¿Cuándo comprenderemos que no necesitamos un mesÃas, sino instituciones fuertes, con hombres y mujeres que entiendan que su rol es darnos el ejemplo a través del respeto al contrato social?
Más decepcionante es observar cómo, en vez de sentar un precedente con el porfiado ex presidente, las autoridades dieron otra muestra de su incapacidad, al sacarlo de su casa a punta de bayoneta, subirlo a un avión y enviarlo por el mundo como vedette, a exhibir con cinismo su versión de los acontecimientos y convertir al paÃs en paria de la humanidad, dándole a instituciones anacrónicas como la OEA, la oportunidad de reivindicarse ante sus crÃticos mediante la inmolación de un paÃs débil, marcado de forma negativa hasta con su nombre: Honduras.
Por otro lado, es evidente que quienes hoy ostentan la batuta del paÃs, no han demostrado ninguna lucidez o pericia en su accionar. Además de la manera burda y obtusa en que martirizaron a Zelaya, persisten en su estilo procaz y soberbio.
¿Y qué decir de la integración del Gabinete? Con todo el respeto que me merecen muchas de las personas que lo integran, ¿No habrÃa sido más loable e inteligente dejar de lado el sectarismo y organizar un gobierno de integración, con hombres y mujeres de prestigio? ¡Pero está claro que no aprendieron nada!
Todos y todas somos responsables en algún grado de lo que ocurre en estos dÃas. Desde que en 1980 iniciamos la construcción de un estado moderno, afÃn a los requerimientos de la era global, hemos sido demasiado tolerantes ante la sistemática violación a nuestras instituciones; hemos esperado siempre el último minuto para escuchar a quienes dicen representarnos, pronunciar de forma impúdica, “un arreglo que se hará por esta única vez†y nosotros asentimos atontados como queriendo creerles.
Es la hora de poner un hasta aquÃ. Nosotros, quienes nunca participamos por temor o por desidia, los que hemos contemplado con indiferencia el “circo del mal†que protagonizan nuestros caducos polÃticos, debemos despertar como el leviatán y cerrar filas ante tanto vituperio.
Pero hay hacerlo con entereza, manteniendo firme el propósito de luchar de manera inquebrantable por el respeto a la ley y el imperio del bien común. Solo asà podremos sobrevivir a tantas alevosÃas.