Carolina acababa de cumplir los dieciséis años cuando se suicidó. La suya fue una muerte terrible. Según el experto en conducta humana del FBI que analizó el caso, la muchacha, casi una niña, tenía un gran deseo de morir y quiso asegurarse de que no sobreviviría a ninguno de sus intentos por encontrar la muerte. Era un caso particularmente raro porque Carolina no era depresiva, siempre fue muy segura de sí misma y quienes la conocían coincidían en decir que la niña amaba la vida y que el suicidio era algo que jamás se le cruzaría por la mente. Todo lo contrario, deseaba vivir, siempre intensamente y con responsabilidad y nunca manifestó algún tipo de conducta suicida. Por eso, su muerte sorprendió a todo el mundo, y más el tipo de muerte que se dio a sí misma. Una muerte cruel.
EL SUICIDIO. A diario, entre diez y quince mil personas intentan quitarse la vida alrededor del mundo y, entre mil y mil quinientos lo consiguen. Las causas son muy parecidas a pesar del nivel educativo, cultural o económico de las diferentes sociedades en que ocurre. Los expertos dicen que los principales factores de riesgo, personales y demográficos, son los trastornos psiquiátricos, como la depresión mayor o los cuadros persistentes de psicosis maníaco-depresiva, la esquizofrenia, el abuso de estimulantes, trastornos de la personalidad o desvalorización de la vida por causa de enfermedades terminales o incurables. Carolina entró en este callejón sin salida y supo que ya no podía regresar. A su edad, estaba embarazada y, para su desgracia, era portadora del virus que produce el SIDA. Ya nada le daba valor a la vida, era mejor terminar.
CAROLINA. Era una muchacha bonita, muy desarrollada para su edad, inteligente, agradable y con un maravilloso futuro por delante. Aunque no era de las mejores alumnas, estaba leyendo constantemente y admiraba a Tolstoi y a Víctor Hugo, detestaba a García Márquez y no le agradaba mucho José Luis Quezada; le gustaba la poesía y renegaba de Edgar Allan Poe, aunque soñaba con "Las mil y una noches" y estaba segura de que sería escritora algún día. Desde los nueve años tocaba el violín y a los quince adoraba a Andrea Bocelli, cantaba y recitaba "Cuando me enamoro" en español e italiano y, aunque no era una niña genio, era el mayor tesoro de sus padres.
Fue una de las palillonas más lindas, nunca quiso ser candidata a reina del colegio y era todo corazón, pero ahora estaba muerta, colgada del cuello de una de las vigas del techo de su cuarto, con las venas de las muñecas cortadas y bañadas de sangre y, según el forense, con al menos dos pastillas para curar frijoles en el estómago. Hizo todo lo que debía hacerse para morir, y lo logró. Carolina llegó a despreciar tanto la vida que la muerte debía llegar de una forma segura, aunque fuera terrible y dolorosa. En su carta de despedida, tres líneas escritas con mano temblorosa, decía que había fallado, que estaba embarazada, que tenía SIDA y que deseaba el perdón de los que tanto la amaban: sus padres. Sobre su mesita de noche estaba abierto un libro de José María Vargas Vila y, señalado con marcador fluorescente, un verso tétrico: "Cuando la vida es un martirio, el suicidio es un deber". Más allá estaba Anna Karenina, con el separador de lectura en la última página, y sobre este, Blanca Olmedo, a medio leer. El detective que dirigió el levantamiento del cadáver estaba impresionado. Había demasiada injusticia en aquella muerte prematura.
EL CADáVER. Cuando César Ruiz llegó a la escena, el cadáver era una de las imágenes más grotescas que se grabarían en su mente para siempre. Había terror en el rostro y, aunque la boca, exageradamente abierta, parecía haberse detenido en un alarido violento, tenía una mueca extraña que se parecía lejanamente a una de esas sonrisas masoquistas que tan difíciles son de describir. Los ojos estaban abiertos y miraban al vacío con una fijeza cargada de dolor; las manos, amarradas con hilo de nylon, estaban cortadas a la altura de las muñecas y enseñaban los tendones sobre una plasta de sangre seca y llena de moscas; la herida que tenía en el centro del pecho era grotesca, como si se la hubieran hecho con un hacha, pero no presentaba inflamación y había sangrado poco. Según el forense, fue hecha después de que la víctima muriera, para arrancarle el corazón que no palpitaba ya. La segunda herida horrorosa era la que tenía en la ingle. Era horizontal, profunda y larga, de más de quince pulgadas, y por ahí colgaban los intestinos, cubiertos de heces y sangre coagulada. Y la última herida hizo que el detective se estremeciera y que la fiscal del Ministerio Público se apartara de la escena para vomitar: le habían arrancado los genitales con algún instrumento extremadamente filoso y los habían dejado a sus pies, también bañados por la sangre. Era un espectáculo impresionante, por lo grotesco y cruel, y César Ruiz sintió que se mareaba. Nunca había visto algo así. Estaban en la carretera hacia Valle de Ángeles, casi dos kilómetros más allá de la escuela para perros, en medio de pinos enormes entre los que silbaba el viento con una de esas melodías monótonas y sin sentido. Era un lugar solitario al que se llegaba por un camino de herradura. Según el forense, el cadáver tenía al menos veinte horas de estar ahí y los técnicos de Inspecciones Oculares identificaron el lugar como la escena del crimen. La víctima fue arrastrada hasta ese lugar y asesinada con la peor saña.
INVESTIGACIóN. El Inspector era ahora Jefe de Planeamiento de la Dirección Nacional de Investigación Criminal (DNIC) y, por supuesto, ya nada tenía que hacer entre sus viejos compañeros del Departamento de Homicidios, pero como gallina que come huevos, aunque le quemen el pico, César deseaba participar en la investigación de algún crimen grotesco, para resucitar los viejos tiempos en que se ponían en práctica las enseñanzas de Gonzalo Sánchez y Wilfredo Alvarado, y en la que se decía que la DNIC era una de las mejores policías de Investigación Criminal de América Latina. Y ahora tenía la oportunidad. Era un crimen grotesco, un crimen de odio, calculado serenamente y ejecutado con la mayor sangre fría, con paciencia, provocando el mayor sufrimiento posible y prolongando la vida el tiempo necesario para satisfacer una venganza, porque era un crimen de odio, una venganza fríamente planificada. Y, entonces, César recordó el asesinato de Riccy Mabel, recordó su cuerpo destrozado, los senos deshechos, la matriz sacada a la fuerza por la vagina, las manos y la boca magulladas con furia, y lo comparó con el cadáver que tenía enfrente, ambos mutilados por el odio, este asesinado por un hombre, seguramente, y aquella, muerta por una mujer que la odiaba, que tenía por ella celos asesinos y que la masacró de esa forma para borrar en la muchacha la gracia y la hermosura que ya se había marchitado en su asesina. Lo recordó porque el asesinato de la estudiante normalista era tema de estudio de los expertos en psicología criminal que, de vez en cuando, les daban cursos a los detectives de homicidios y a los especialistas hondureños en análisis de la escena del crimen. Y a él le encantaba ese tema. Hoy podía poner en práctica sus conocimientos y era particularmente interesante el hecho de que a la víctima le hubieran cortado los genitales de tajo, y esto, en psicología criminal tenía un significado específico, igual que en Riccy Mabel.
EL ASESINATO. La víctima era un hombre no mayor de los veintiocho años, alto, fornido, piel blanca, pelo bien rasurado y facciones varoniles. Su nombre era común y había sido denunciado como desaparecido por su esposa en las oficinas de la DNIC. Era maestro de música, de origen nicaragüense y a veces cantaba y bailaba en algunos night clubs y servía como masajista en sus ratos libres, todo para agenciarse algunos centavos extras. Ella sabía que tenía muchos amigos, y seguramente muchas admiradoras, pero no imaginaba quien pudo haberle quitado la vida, y menos de aquella manera. Era obvio que alguien lo odiaba tanto que quiso asegurarse de provocarle el mayor sufrimiento posible antes de que muriera.
"¿Desde cuándo desapareció su esposo de su casa?" "Hacía tres días". "¿Sabe adonde fue, o quien fue la última persona en verlo con vida?" "No, no sé nada de eso. Él salía a su trabajo desde temprano y nunca me decía dónde estaría o cuándo volvería a la casa." "Señora, a su esposo lo asesinó un enemigo muy poderoso, o al menos alguien a quien su esposo le hizo un daño demasiado terrible como para ser perdonado. ¿Imagina usted quien pudo ser?" "No. Yo sabía muy poco de sus asuntos personales y tampoco sé si tenía enemigos". "¿Tenía amantes su esposo?" "No lo sé. Tal vez. No lo sé." "¿Dónde trabajaba su esposo?"
LA INVESTIGACIÓN. Estaba claro que el hombre fue asesinado por venganza, una venganza motivada por el odio como ingrediente principal, la cólera y el deseo de destrucción del otro como una forma de satisfacción por algún mal recibido. Se notaba que el asesino escogió bien el lugar donde cometería el crimen, tal vez porque ya lo conocía, porque estaba familiarizado con él o porque vivía cerca de allí. Según los expertos, cuando se ejecuta una venganza con tantas motivaciones, como en este caso, se escoge siempre un lugar cercano al del vengador, como una forma inconsciente de decirles a quienes también han sufrido con él que el causante de su mal ha sido castigado. Este resultado parte del análisis psicológico del perfil geográfico de la escena del crimen. Por lo tanto, el asesino vivía cerca de la escena. Y el tercer elemento que analizó César Ruiz fue el de las heridas. El secuestro es algo sencillo. Se busca a la víctima, se conocen sus actividades más comunes, se le da seguimiento y se captura. Sin embargo, las heridas eran algo especial, con características únicas que decían mucho acerca del estado emocional del criminal. Estaba furioso, herido, pero conservaba la calma, seguro de provocar el mayor dolor. Las heridas eran limpias, hechas despacio, calculadas y con un instrumento filoso, preparado especialmente para el acto en sí. Parecían las heridas de un cirujano o de un carnicero con mucha experiencia, quizás un hombre mayor, fuerte y muy motivado. La herida del pecho fue hecha de un solo golpe, con un hacha pequeña. El corazón fue arrancado, no extirpado, y en este punto, el perfil del cirujano perdía fuerza. Cuando los detectives de Análisis y de Homicidios informaron que en las cercanías a la escena del crimen no vivía ningún médico, aunque sí dos carniceros, las sospechas tomaron otro rumbo.
UNA HISTORIA DOLOROSA. Dicen que el que hace su trabajo con voluntad, entrega y responsabilidad, está más que pagado con la satisfacción de que se ha hecho bien. Aunque el dinero es uno de los mejores estímulos, César sabía que el asesinato del profesor de música no quedaría impune. Había en la escena del crimen demasiados elementos que limpiaban el camino hacia el criminal, y solo era cuestión de tiempo para dar con él. Según el perfil geográfico, el lugar más cercano a la escena del crimen eran las colonias 21 de Octubre, El Sitio y la aldea El Chimbo. En la colonia El Sitio habían dos carniceros, en la 21 de Octubre uno y ninguno en la aldea El Chimbo. Uno de los carniceros de la colonia El Sitio se acercaba mucho al perfil psicológico del criminal y, aunque se tenía poca fe en esta hipótesis, era sorprendente que los detectives llegaran tan lejos en lo que se llama lógica deductiva aplicada a la investigación criminal. Era un hombre gordo, casi fornido, alto y fuerte, mayor de cincuenta y cinco años, vivía en la zona desde que se fundó la colonia. Se dedicaba a la carnicería desde muy niño, tenía dos hijos, varón y hembra, era estable económicamente y era un hombre de hogar. Su mujer estaba muy enferma, su hijo era retraído y de su hija aún se sabía muy poco. Conocía bien la zona hacia Valle de Ángeles porque era dueño de varias manzanas de tierra a la orilla de la carretera, incluido el lugar de la escena del crimen. Sin embargo, acertar dentro del perfil psicológico algunos detalles no significaba ubicar al individuo en la escena, y mucho menos identificarlo como el criminal. ¿Qué motivos podría tener aquel hombre trabajador, pacífico, adinerado, casi sedentario y con cara de pocos amigos? Era una pregunta difícil de responder. Cuando uno de los detectives agregó un elemento nuevo y que había olvidado escribir en su informe, César sintió que le jalaban las orejas y que le hervía el rostro. Sobre el marco de la puerta principal de la casa del sospechoso estaba un enorme chongo negro. Falto de iniciativa, el detective dijo que no sabía quien había muerto en la casa, pero iba a averiguarlo. Era el momento de conocer una historia tan dolorosa como siniestra.
EL FIN. Carolina era todo sonrisas, vestida con el hermoso traje de sus quince años, adornando la pared principal de la sala en un cuadro gigante de marco dorado. Bajo este, en una mesita de mármol de tres patas, ardían varias velas y descansaba un Corazón de Jesús, con un rosario rosado colgando al centro. Un vecino le dijo al detective que la muchacha se había suicidado dos semanas antes, que se cortó las venas, se tomó varias pastillas para curar frijoles y se colgó de una viga. "¿Por qué?" "Porque estaba embarazada y tenía SIDA; y solo tenía dieciséis años". "Y, ¿de quién estaba embarazada?" "No se sabía, pero las malas lenguas decían que era de un hombre mayor que ella, casado y que era profesor de música?" No había más qué decir. César se comunicó con el forense y, en menos que canta un gallo, tenía una valiosa información en sus manos: el profesor asesinado era VIH positivo. Dos horas después, tres detectives tenían las declaraciones de las dos mejores amigas de la hija del carnicero. Dijeron que Carolina se enamoró del profesor de música, que este le enseñaba a bailar danzas exóticas y terminó embarazándola. Una de ellas sabía que su amiga era VIH positiva y que deseaba morir. El profesor la rechazó y se negó a hablar con ella aunque fuera una última vez. Estaba segura de que Carolina era virgen cuando se entregó a él y que nunca tuvo sexo con nadie más que con el profesor, al que adoraba. A las cinco de la tarde de ese día, el fiscal de turno tenía la información en la mano. El juez ordenó el allanamiento de la casa del sospechoso a las seis de la mañana, según el debido proceso. A las siete de esa misma noche, los detectives tenían el reporte de las llamadas que recibió el profesor de música la última semana. Estaban registradas seis llamadas de un mismo número, que había sido comprado recientemente. El comprador era el padre de Carolina. El profesor era un masajista experto y también prestaba algunos servicios sexuales para hombres. Era la trampa perfecta. Y cayó en ella.
A las cinco y treinta de la mañana, un equipo de hombres de la DNIC se acercó a la casa del sospechoso. El chongo negro seguía en su sitio, mecido suavemente por la brisa de la mañana. La casa estaba cerrada, aunque una luz tenue brillaba en la sala; era la luz de las candelas que alumbraban el retrato de Carolina. A las seis en punto tocaron a la puerta. Nadie les respondió. Diez minutos después forzaron la entrada. No había nadie en la casa, nadie. La familia de Carolina había desaparecido. Se cree que huyeron a Guatemala, otros dicen que se refugiaron en México.
adie los ha vuelto a ver, aunque hay quienes dicen que no faltan flores en la tumba de Carolina. César Ruiz sospecha de un oficial de la policía que visitaba mucho a Carolina; se cree que él le informó al sospechoso de que sería capturado por el asesinato del profesor. Es algo que no podrá saberse.
En la casa se encontraron varios cuchillos de carnicero, hachas pequeñas para partir huesos y el celular desde el cual se hicieron las llamadas que tejieron la tela de araña alrededor del profesor. La fiscalía cree que son elementos suficientes para condenarlo, si es que logran darle captura.