Editorial: Un trágico conflicto

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Las huellas imborrables de “la guerra del fútbol”

Aquellos sitios donde se libraron las más fieras batallas hoy son bellos parajes donde los cultivos imponen su verdor y el ganado pasta tranquilamente por las laderas
13.07.09 - Actualizado: 14.07.09 02:40pm - Robert Marín García: robert.marin@elheraldo.hn

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Tegucigalpa,

Honduras

¡Fuego!, ordenó el sargento Víctor Toledo a los 40 soldados que defendían la colina de San Miguel, al observar que las tropas salvadoreñas se movían sigilosamente, iniciando el avance terrestre hacia Ocotepeque.

Cuarenta años de aquel episodio, las Fuerzas Armadas marcan otra vez su paso por la historia, defendiendo la soberanía tal como se los manda la Constitución de la República. El baño de gloria es diferente, en 1969 fue por la integridad de su territorio, el actual es por no permitir que fuerzas internas, aliadas con el chavismo, socaven el sistema democrático.

Exactamente el 14 de julio de 1969, día en que el hombre por primera vez viajaba a la luna, El Salvador puso en marcha su plan de invadir Honduras, con el objetivo de posesionarse de varios departamentos del centro y occidente del país, que al mismo tiempo le dieran salida al Atlántico.

“Cómo es posible que el hombre pueda caminar sin peligro por la superficie de la Luna y no pueda hacerlo por las veredas de Honduras”, dijo en su discurso de inicio de guerra el presidente salvadoreño Fidel Sánchez.

En las primeras horas de la noche de ese día, aviones salvadoreños bombardearon once ciudades de Honduras, sin causar mayores daños, iniciaba la guerra.

El coronel retirado César Elvir Sierra en su libro “El Salvador, Estados Unidos y Honduras”, hace una descripción de los hechos.

“La batalla de El Ticante” es otro libro donde el coronel Wilfredo Sánchez relata los acontecimientos vividos. También hay otros textos llamados “Agresión” y “Por qué fuimos a la guerra”, donde con muchas fotografías se muestra el horror de la guerra.

Respuesta

La respuesta hondureña se presentó en la madrugada del 15 de julio cuando la aviación, compuesta por aviones corsario, destruyó la refinería El Cutuco, el Puerto de Acajutla y causó daños en el Aeropuerto de Ilopango.

A las 6:00 de la mañana de ese mismo día, Toledo, al disparar su carabina y ordenar fuego, se convertía en el primer soldado hondureño en enfrentar directamente a las tropas salvadoreñas, que tras cruzar la frontera por la aduana de El Poy iniciaban la ejecución de su plan para llegar, por tierra, a Puerto Cortés.

A las 6:30 de la mañana en la frontera de la zona occidental y en el sur del país se libraban feroces batallas.

A pesar de la resistencia de los soldados y de la aviación hondureña, los salvadoreños avanzaban. Al final del día ya ocupaban Ocotepeque y varias posiciones en la zona sur.

El 16 de julio, el primer batallón de infantería, en una felina contraofensiva, recuperó sus antiguas posiciones en la zona sur, obligando al enemigo a replegarse.

Confundidos por el contraataque, el comandante de la tropa salvadoreña, coronel Segundo Martínez, solicitó apoyo de la artillería y de la aviación, e informó de la superioridad numérica de la fuerza hondureña.

Los salvadoreños sorprendidos pensaban que Honduras había reforzado el frente con cuatro batallones, sin embargo, seguían siendo los mismos del Primer Batallón.

El 17 de julio, la Guardia de Honor, un batallón conformado por muchos niños, da uno de los más contundentes golpes a las fuerzas enemigas, cuando avanzaban confiadas por San Rafael de las Mataras, Ocotepeque, rumbo a Santa Rosa de Copán.

Antonio Tosta tenía 15 años de edad, y nueve meses de formar parte de la Guardia de Honor, cuando lo mandaron al frente, junto con José Santos Hernández.

Tosta recuerda que el 16 por la noche los 250 miembros del Batallón Guardia de Honor llegaron a reforzar a los soldados que estaban en el sector conocido como Portillo, ubicado en la cima del Merendón.

En la madruga del 17 fueron trasladados a la colina conocida como El Moral, donde estaba el comando de operaciones.

El comandante del batallón, capitán Matías Hernández, junto con otros oficiales ubicaron a la tropa. Mientras sus compañeros eran colocados en las faldas del desfiladero conocido como La Cuchilla, a Tosta y a Hernández les ordenaron defender la colina El Moral usando un mortero 75 mm.

Hernández recuerda que estaban ocultos en el monte cuando a eso del medio día les avisaron que un convoy repleto de soldados enemigos venía por la carretera rumbo al Portillo. El mando ordenó prepararse y esperar la orden de fuego, la cual sería dada con una señal de mano.

El plan era esperar que todo el convoy, en el cual venían unos 1,500 soldados salvadoreños, entrara completamente a una vuelta que tiene forma de herradura, ubicada en las Mataras, describe Hernández.

A lo lejos, rememoró, se escuchaba el ruido de los motores de unos 40 vehículos -entre camiones, buses y jeep-, al cambiar de velocidad. Avanzaban en un espacio de diez metros cada uno.

“El corazón nos retumbaba, sentíamos miedo, pero no para corrernos”, agregó Tosta recordando aquellos momentos.

Ya habían ingresado a la curva los primeros carros cuando en el silencio sepulcral se escuchó un disparo, que se le escapó a un policía del Cuerpo Especial de Seguridad (CES).

Esto alertó a los salvadoreños quienes empezaron a tirarse de los camiones. Inmediatamente la orden de disparar fue dada. Una lluvia de fuego de artillería y de infantería cayó sobre aquella columna salvadoreña. Los camiones y buses explotaban.

-Cabo Tosta corrija su puntería, le ordenaban a través de una radio a aquel niño de 15 años, que con mapa y brújula en mano ajustaba el mortero y ordenaba a Hernández disparar.

-Correcto, correcto, dio en el blanco, le avisaban por la radio. Los salvadoreños gritaban y corrían en desbandada, otros más valientes contestaban con sus fusiles, los hondureños iniciaron la persecución.

A la 4:00 de la tarde por encima del Merendón apareció la aviación hondureña y volvió el campo de batalla un infierno.

Ese mismo día las tropas salvadoreñas se replegaron a Ocotepeque, otras prefirieron cruzar la frontera para estar más seguros en su país.

Mientras esto ocurría en el occidente, otra gesta heroica se escribía en el cielo de la zona sur, cuando el capitán Fernando Soto logró derribar tres aviones salvadoreños, mientras los otros pilotos hondureños causaban averías en otras aeronaves militares de El Salvador.

Estos devastadores golpes debilitaron la moral de ejército salvadoreño, en el sur y occidente.

Al final del día, los batallones salvadoreños que dirigía el general Alberto Medrano, en Ocotepeque, estaban replegados en el sector conocido como Llano Largo y Plan del Rancho.

El 18 de julio, en el sur, el ejército y la aviación obligaron a los salvadoreños a retroceder hasta su país. En el occidente, un grupo de militares salvadoreños que había logrado llegar a San Marcos de Ocotepque, por el sector de La Virtud, Lempira, junto con las tropas de Medrano habían quedado sitiados por el ejército hondureño.

Ese día los militares hondureños se aprestaban a dar el golpe final, cuando se dio el cese de fuego.

Bastaron cien horas para que los soldados, la aviación y el pueblo hondureño mostraran al mundo que el pacifismo de esta sociedad, no es el mismo al momento de defender su integridad, su soberanía y su libertad.

* Cronología:

- 14 de julio 1969. Por la noche, El Salvador ataca once ciudades hondureñas.
- 15 de julio. Honduras responde por tierra y aire, causa graves daños a El Salvador.
- 18 de julio. Se ordena el cese de fuego, luego de la intervención de la OEA.

* Gasto militar: Solo entre 1967 y 1968, en los preparativos de guerra, El Salvador gastó alrededor de ocho millones de dólares en la compra de armas y aviones.

Las causas de una guerra entre pueblos hermanos

Fue un partido de fútbol el que se usó para incendiar la mecha de la guerra, pero las causas fueron otras. El principal motivo fue la masiva migración de salvadoreños.

Para 1969 ya habían en Honduras alrededor de 300,000 salvadoreños, que ocupan unas 366,000 hectáreas de tierra.

En 1967, el presidente Oswaldo López decidió no extender un acuerdo migratorio a los salvadoreños y puso en práctica el proyecto de reforma agraria, aprobado en 1962, ratificado en 1963 en tiempos del gobernante Ramón Villeda Morales.

Ante tal situación, en 1967 los salvadoreños preparan la invasión y su plan de guerra, invirtiendo alrededor de 8 millones de dólares en armamentismo.

Al problema migratorio se suman, entre 1961 y 1968, otras acciones cuando miembros de la guardia salvadoreña penetran en territorio hondureño por la Hacienda de Dolores, en La Paz, al ser repelidos por las defensas hondureñas se registran muertos en ambos bandos.

El 25 de mayo de 1967, los salvadoreños secuestran en la Hacienda Dolores al terrateniente hondureño Antonio Martínez Argueta, quién es intercambiado en junio de 1968 por un pelotón de militares que había sido capturado en Ocotepeque, meses antes.

Esto era la antesala de una guerra donde las víctimas las ponían los pueblos.

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