Hoy la realidad política hondureña es difícil de asir a pesar de que las actuaciones de los distintos actores políticos sean fáciles de predecir, pues entre las prácticas comunes de estos nos encontrarnos con una enorme dificultad que bien podríamos considerar un rasgo típico cultural del político hondureño, y es el predicar con acciones el siguiente axioma: por qué hacer las cosas fáciles, si las podemos complicar más.
En Honduras hay quienes toda su vida se han dedicado a vivir de la política, pero de la noche a la mañana se empeñan en asumir papeles de activistas sociales, agentes de cambio o redentores de la patria.
Desde el punto de vista aristotélico parecieran ser políticos, pero desde el punto de vista operativo parecieran ser agitadores o bandoleros.
Hasta se enredan en locas aventuras olvidándose que para salir airosos deben tener suficientes adeptos que los apoyen, desde los pobres hasta los millonarios, desde los menos educados hasta los más ilustrados.
El buen político, si se aplica el rigor de la ciencia política, busca el poder y acuerdos a través de formar alianzas tácticas con amigos y enemigos.
No es con populismo chusco o con amagues autoritarios como se es buen gobernador. El liderazgo de un virtuoso estadista está en su sensatez para gobernar y debe demostrarlo con hechos, formando acuerdos, no disensos que produzcan ingobernabilidad y caos en el país.
Sin embargo, ese buen político o estadista moderno casi nunca aparece, por el contrario, siempre afloran los caudillos autoritarios de esos que cada vez más tienden a desaparecer del escenario político internacional.
Gracias a que nuestros políticos no pueden llegar a un consenso a través del diálogo de forma mesurada y sensata, la historia política del país pareciera que es circular y cíclica, y de nueva cuenta, nos encontramos frente a un callejón sin salida o a una cuesta con enormes dificultades.
Hoy las diferencias de intereses y las ambiciones desmedidas de agenciarse el país -como si fuera su rancho particular- por parte de los distintos actores políticos tiene al país en una profunda crisis política.
Una vez más nuestros políticos se han lucido a lo grande, de manera insensata e intolerante, no solo al interior del país sino que también fuera de él, cayendo en un alto grado de mediocridad y hasta lo ridículo.
El atípico golpe de Estado cívico-militar del 28 de junio es un hecho injustificable para unos y justificable para otros, que se da en un contexto en que la reelección pareciera ser una de las tantas causas de la discordia política.
No obstante, la reelección en sí y la búsqueda de la misma, no es algo que este mal, es parte de la democracia, pues puede permitir a los ciudadanos ratificar en el cargo a los buenos gobernantes, pero ésta debe realizarse de forma legal, no al margen de la ley, violentando la democracia con el afán de perpetuarse en la presidencia.
Mediocres políticos hondureños, por no encontrar una solución a la crisis política, por no llegar a un acuerdo con civilidad y evitar por sobre sus intereses personales o de grupo hacer mierda el país.
No se equivoco Sir George Bernard Shaw al escribir esta breve frase, plena de sabiduría: “A los políticos y a los pañales hay que cambiarlos seguido... y por las mismas razones”.
Indudablemente, en el trastorno de la democracia hondureña tienen una gran cuota de responsabilidad los políticos, pero también otros actores entre los que figuran algunos militares, religiosos, líderes populares, empresarios y medios de comunicación, todos sin excepción, por no poder llegar a un consenso a través del diálogo o contribuir al mismo.