Hay una historia que no he querido contar por inhumana y grotesca, por salvaje y cruel; una historia que estremeció las bases del Estado oligárquico y totalitario y que tiñó con sangre de mártires los logros que en materia de reforma agraria se obtuvieron en Honduras a partir de entonces. Se trata de la matanza de Los Horcones, sucedida el 25 de junio de 1975, ejecutada por terratenientes y asesinos de uniforme que regaron con sangre el futuro de las luchas populares, las hicieron germinar; sangre de mártires.
Miles de personas desean tener esta historia en sus manos, guardarla para su colección personal y archivarla para la enseñanza de las futuras generaciones. Muchas se preguntan ¿qué pasó con las familias de los que murieron asesinados?, ¿Cuáles fueron las causas de la masacre?, ¿Qué pretendían los asesinados con su lucha?, ¿Quiénes son los asesinos?, ¿Qué los motivó a cometer semejante crimen?, ¿Cuáles son los orígenes de la tragedia?, ¿Hay testigos todavía de ese hecho tenebroso? Y hay más y más preguntas, y todas tienen respuesta. Desde la matanza de La Talanquera hasta la de Santa Clara y Los Horcones, la historia sigue una misma dirección, impulsada por las mismas causas y reprimida por las mismas ambiciones de los latifundistas, amparados en el poder político y económico, y sentados bajo la sombra de las bayonetas y las balas militares y mercenarias que dejaron para la posteridad llanto, dolor y lágrimas. Es una historia que debe escribirse despacio, con responsabilidad y, sobre todo, con justicia; es una historia terrible, y Lucas Aguilera, mártir también de Los Horcones y Santa Clara, víctima de la represión y héroe de la Reforma Agraria, es uno de los testigos más confiables de este hecho repudiable en el que fue ejecutado su padre, Máximo, por defender el derecho a la tierra y por luchar por un poco más de justicia social en Honduras. Será una historia que conmoverá a todo un pueblo. Por ahora, leamos algo acerca de esos otros motivos del amor, no el amor que edifica, sino el amor que mata, que siembra odio en corazón e impulsa a la destrucción de un ser humano al que supuestamente tanto se amó. Esta también es una historia dolorosa.
EL CRIMEN. La mujer caminaba despacio, con la palangana de tortillas en la cabeza, subiendo la acera empinada en medio del cansancio, la angustia y el sudor; sus gritos entraban a las casas y ella se ganaba la vida como lo había hecho desde que la abandonó el marido, con cuatro hijos de pan en mano. En nada más que en ellos pensaba cada vez que anunciaba las tortillas y cada vez que le pagaban; sus hijos eran todo para ella. Y esa era la rutina de su vida, su cruz de todos los días. Pero ese día sería diferente y marcaría su vida para siempre; ese día sería testigo de un asesinato.
Ella gritó una vez más para que sus clientes supieran que iban las tortillas pero cuando el eco de sus gritos se extinguió, escuchó el ruido de las ruedas de un taxi que se detenía bruscamente muy cerca de ella; ella siguió caminando pero vio que un muchacho alto y delgado, vestido con un jean azul y una camiseta roja, se bajaba corriendo del carro, saltaba la zanja de las aguas lluvias y empezaba a caminar rápido sobre la acera. Pasó a su lado como una flecha y ella sintió el perfume agradable con que el muchacho llenaba el ambiente. Más adelante, a unos diez pasos, caminaba un hombre joven, con un termo en la mano. El muchacho se le acercó, ella vio que sacó de la cintura un "cuchillo de esos que usan los militares" y alcanzó al hombre. Él era más alto que el otro y le rodeó el cuello con un brazo, hizo para atrás la mano con el cuchillo y luego lo hundió en la espalda del hombre, mientras le decía algo al oído. Aquello duró menos de dos segundos. El atacante movió la mano varias veces y cortó desde adentro hasta que el filo del yatagán salió por un costado. La sangre manchó la pared y un grito agudo salió de la garganta de hombre. Un segundo después cayó al suelo. Sus gritos estremecieron las paredes. Eran gritos de terror y desesperación. Pedía ayuda en los estertores de la muerte y se apretaba la herida como si quisiera detener la vida que se le escapa por ella en medio de grandes borbotones de sangre. La mujer se detuvo, la palangana con las tortillas cayó al suelo y ella estaba inmóvil, impresionada, con la boca abierta y casi sin respirar. Los gritos del hombre le taladraban los tímpanos y, por un momento, también quiso gritar. Pero la mirada de hielo del asesino detuvo el alarido en su garganta. Sus ojos eran fríos aunque la mueca que había en su rostro era serena. Vio cuando regresó sobre sus pasos y, como en un sueño, escuchó una voz que salía del taxi: ¡Remátalo! ¡Rematálo!
El asesino regresó, se agachó sobre su víctima y, sin pensarlo un momento, le hundió el yatagán en la garganta. Los gritos del hombre cesaron y, un momento después dejó de moverse. Había muerto. Su sangre manchó las viejas sandalias de hule de la tortillera y, en ese momento, la mujer cayó al suelo, desmayada. No pudo soportar más.
LA DNIC. Los ojos del hombre estaban abiertos, llenos de terror y de angustia; la boca contenía sus últimas palabras y de una de sus manos colgaba todavía el termo con la comida caliente. Estaba tendido sobre la acera, en un charco de sangre, rodeado de curiosos y custodiado por dos policías de tránsito que guardaban la escena del crimen. Era una escena grotesca, como todo crimen, como todo asesinato. El hombre iba a su trabajo, siempre salía temprano de su casa y aquella vez fue la última. Su esposa, una mujer sencilla, con un embarazo de seis meses, lloraba sentada en una grada, sin saber qué decir.
Cuando llegaron los investigadores de Homicidios de la Dirección Nacional de Investigación Criminal (DNIC) todo el mundo se hizo a un lado. Allí estaban Medicina Forense, la Fiscalía y un enjambre de periodistas. Eran poco más de las nueve de la mañana; el cadáver tenía más de dos horas de estar en la acera.
LAS PESQUISAS. El hombre era un empleado del gobierno, vivía en residencial Plaza desde hacía tres años y dejaba a su mujer embarazada y con dos hijos más. Nadie sabía que tuviera enemigos, aunque los fines de semana bebía mucho, jugaba billar con los amigos y no llegaba a su casa hasta el domingo en la noche. ¿Dónde se quedaba? Casi nadie lo sabía. Su mujer estaba segura de que tenía una amante, aunque él jamás lo aceptó. ¿Quién pudo asesinarlo?
Las hipótesis del caso empezaron a tomar forma en la escena del crimen. Estaba claro de que lo asesinaron por encargo y que el muchacho que vio la tortillera era un sicario. Aunque no parecía tener instrucción militar, era un asesino con experiencia. Según la mujer no pasaba de los veintitrés años, alto, muy alto, elegante y guapo. Actuó con sangre fría y se volvió a rematarlo sin el menor remordimiento. Este era un elemento importante para realizar el perfil psicológico del crimen. Era una muerte por encargo. ¿Quién tenía interés en asesinar a aquel hombre en apariencia inofensivo, casi hogareño, con un empleo mediocre y con amistades muy reducidas? La misión del asesino era acabar con su vida. Alguien lo mandó, si es que no lo movían intereses personales. Ahora bien, los criminales viajaban en un taxi, cuyo número nadie recordaba. ¿Por qué no usaron un carro particular? Tal vez porque no tenía recursos suficientes. ¿Quién pudo ordenar la muerte? Era cosa que había que averiguar.
Según la mujer, antes de herirlo la primera vez, el asesino le dijo algunas palabras al oído a su víctima. Podría deducirse que alguien le envió un mensaje para que supiera quién y por qué lo asesinaban. Si se tratara de un asunto de drogas, era un crimen atípico ya que los sicarios del crimen organizado no actúan así, usan vehículos elegantes, robados la mayoría de las veces, y ametrallan a sus víctimas sin exponerse a ser reconocidos. Además, no dejan testigos con vida, como en este caso. Entonces no era un crimen ligado al narcotráfico. Pero sí era un crimen por encargo.
LA TEORÍA. Una semana después, los detectives tenían suficientes elementos para presentar el caso a la Fiscalía. Habían elaborado una teoría que no dejaba cabos sueltos y presentaban a un sospechoso.
Para empezar, concluyeron que se trataba de un crimen pasional. La víctima jugaba billar en Comayagüela, sus amigos bebían tanto licor como podían los fines de semana y él no era la excepción. La tortillera reconoció a un hombre en los archivos de la DNIC y los detectives lograron localizarlo cerca del Ministerio de Educación, en Comayagüela. Tenía algunas denuncias por extorsión, por asociación ilícita y se le acusaba de haber violado a una estudiante del instituto Hibueras de catorce años. Los detectives decían que la displicencia del fiscal que vio los casos mantenía al criminal en la calle. Pero antes de solicitar la orden de captura, debían de estar seguros de que se trataba del asesino de residencial Plaza y, sobre todo, debían identificar al autor intelectual del crimen. No tardaron mucho.
RAFAEL. Es un hombre gordo, que luce sobre su panza desnuda gruesas cadenas de oro y de plata, con medallas enormes; varios anillos gruesos adornan sus dedos pequeños y casi sin uñas y un bigote rancio y canoso asoma debajo de su nariz como un bozo de varios colores. Es un hombre de negocios. Trafica con licor, adulterado la mayoría de las veces, mueve algunos traficantes al menudeo, presta dinero a clientes especiales, con un porcentaje elevado, casi de socio y administra una especie de casino clandestino que le genera buenas utilidades. La DNIC cree que también se dedica al sicariato. Y, lo más lamentable, cree también que tiene buenos amigos dentro de la Policía.
Cuando los detectives de Homicidios hicieron que el sospechoso se subiera a un busito sin placas y polarizado, empezaron a conocer la vida oscura de don Rafael.
"¿Por qué mataste al hombre de residencial Plaza? -le preguntó el detective-. Tenemos a alguien que te reconoció. Si nos ayudás, te ayudamos con la Fiscalía. Vos decidís".
Otro detective le recordó los delitos por lo cual lo buscaba la sección de Capturas y el hombre se rindió.
LOS MOTIVOS. Sara es hermosa, sencilla, sumisa y sufrida. Una mujer excelente para un macho como don Rafael, treinta y cinco años mayor que ella. Le ayudaba a atender el negocio y, de vez en cuando, platicaba con algún cliente, una que otra palabrita, no más, pero con Raúl, el hombre de residencial Plaza, se cruzó una que otra frase y hasta párrafos enteros. Y se enamoró de él. Cuando don Rafael lo supo, no le dijo nada. Pero ella no volvió a ver a Raúl y este no llegó más al negocio. Lo esperó en vano. Una semana después supo que lo habían matado por robarle, cerca de su casa. Ella estaba segura que lo mandó a matar su marido. Menos de dos horas antes de que la Policía allanara su negocio, don Rafael, por casualidad, viajó de emergencia a Olancho, de donde es su familia. No lo han podido localizar. El asesino de residencial Plaza murió hace poco, ejecutado, sabe Dios por quién, luego de fugarse de la Penitenciaría Nacional. Sara sigue atendiendo sola el negocio. La DNIC vigila. Están seguros de que don Rafael será capturado más temprano que tarde.