Honduras
"Yo quiero ir a ver a mi esposo" para "saludarlo, para que vea a sus hijos y a su madre", pero "no me quiero quedar" con él en Nicaragua, aseguró este jueves Xiomara Castro, la esposa del ex presidente de Honduras, Manuel Zelaya.
Castro intenta viajar desde hace una semana a Las Manos, en la frontera entre Nicaragua y Honduras, acompañada de dos de sus cuatro hijos, para ver a su esposo, pero se ha quedado en El Paraíso, a diez kilómetros de la línea de separación entre los dos países.
La ex primera dama quiere que la acompañen "60 seguidores" de Zelaya, porque teme ir sola y que después los militares no la dejen volver a su tierra.
"Queremos cruzar, pero sabemos que al momento de cruzar la frontera no nos van a permitir regresar", afirmó doña Xiomara, sentada bajo un intenso sol en la acera del modesto hotel "Quinta Avenida", de El Paraíso, donde recibe sin cesar a decenas de hondureños pobres que llegan a pedir alimentos o medicinas, que los zelayistas reparten gratis.
Con el rostro quemado por el sol y vestida muy sencilla, Castro atiende a las mujeres que llegan de lejanas comunidades rurales a pie, algunas descalzas o con sus hijos enfermos en sus brazos a pedir ayuda y expresarle su deseo que Zelaya regrese al poder.
Mientras, su esposo ha organizado su base de operaciones en la localidad nicaragüense de Ocotal, al otro lado de la frontera, desde donde pone en marcha, con el apoyo del gobierno de Daniel Ortega, un "ejército popular" con los más de 300 partidarios hondureños que han sorteado los controles militares para cruzar hasta allí.
Zelaya, sin embargo, este jueves hizo un paréntesis para acudir a Managua donde se entrevistó entre otros con el embajador de Estados Unidos en Honduras, Hugo Llorens.
El depuesto mandatario lleva casi una semana en Ocotal, acompañado de la ex canciller Patricia Rodas y otros funcionarios y allegados políticos, con quienes visitó los albergues de hondureños que llegaron a respaldarlo.
Mientras tanto en Honduras, cientos de jóvenes soldados hondureños armados con fusiles M-16 y palos metálicos custodian la zona fronteriza, principalmente el sector de Las Manos, con apoyo de efectivos de la policía.
"Hace mucho que no mirábamos (veíamos) militares, ya ni nos acordábamos cómo eran", comentó Pedro Flores, un cambista que trabaja en la zona fronteriza y ayuda a movilizar a los turistas en su vehículo, al retratar el cambio que ha experimentado Honduras desde la separación de Zelaya el pasado 28 de junio.
Ahora, todas las personas y vehículos que transitan la zona son inspeccionados en los retenes.
Muchos militares desplegados en la frontera, rodeada de montañas, reflejan en sus rostros la fatiga y el aburrimiento de los prolongados días de guardia.
Otros, los más viejos, no ocultan su desconfianza hacia los transeúntes.
"Esto está feo", resume Reyna Cáceres, una hondureña de 59 años que fue a visitar a Xiomara Castro a El Paraíso para pedirle dinero para sanar a sus nietos.