Don Armando siempre fue un hombre sencillo. De niño aprendió que todo aquello que no era correcto era pecado y todo pecado era del diablo; el infierno era el premio para el que se portara mal, y don Armando creció seguro de que debía hacer lo bueno cada día porque Jesucristo siempre lo estaba observando.
Cuando lo encontraron jugando de papá y mamá con Marieta, la niña menor de una vecina, su mamá le quemó las manos, le puso ceniza en los calzoncillos y no le dio de comer en todo el día. Al anochecer tuvo que rezarle a todos los santos para que lo salvaran del lago de fuego y azufre y se comprometió a hacer una peregrinación de rodillas al santuario de la Virgen de Suyapa para que lo dejara más puro que cuando nació.
Y el día que cumplió los siete años, cumplió también su promesa, aunque todavía le ardían las rodillas por todo el tiempo que su mamá lo mantuvo hincado en arena para que se le saliera el demonio de la lujuria del cuerpo.
Por eso, cuando se casó, treinta años después, o sea, a los treinta y siete años de edad, seguía siendo inocente, tanto, que un intermediario negoció con su suegro el noviazgo y después su matrimonio con Consuelo, una trigueña muy guapa, hija del pastor de la iglesia de la aldea. La diferencia de edades no importaba mucho (aunque a su madre le molestaba la diferencia en religiones) y, aunque él no sabía qué era amar, ya aprendería.
Consuelo, veinte años menor que él, era un dechado de virtudes, cantaba en el coro de la iglesia, era hacendosa, nunca salía de la casa y se llevaba la gloria el que la había conquistado.
Y el afortunado era Armando, el inocente Armando que miraba a su madre, envuelta en un chalina negra, llena de arrugas, grises los duros ojos, como si le recordara que no tenía que pecar si quería ir al cielo y como si le dijera que más le hubiera valido quedarse soltero, pero como ya se estaba quemando, era mejor que se casara.
Lo peor fue que la noche de bodas Armando no sabía qué hacer. Ver a su esposa desnuda era un sacrilegio y poco le faltó para ponerse a rezar. Cuando se acercó a ella, helado y temblando de miedo y de vergüenza, creyó que los niños se engendraban por el ombligo y por allí quiso empezar la noche pero Consuelo, un poco avergonzada y casi riéndose de la simpleza de aquel buen hombre, le enseñó el camino que Dios había dispuesto para que las parejas bien casadas perpetuaran la especie humana, pero, cosa rara, Consuelo suspiraba en vez de quejarse, y su madre le había advertido que la primera vez era terrible para una mujer.
Al final, no vio sangre entre las piernas de Consuelo y empezó a creer que su madre se había equivocado. Muchos años después supo que su mujer no llegó virgen al matrimonio pero su madre no debía saberlo. Eso le daba mucha vergüenza y, cosa peor, sabía que Consuelo estaba condenada al infierno, y esto era peor.
CONSUELO. Dicen que, en una ocasión, estaba Jehová reunido con todos sus hijos y, entre estos, estaba Satanás, que acababa de llegar a la reunión. Lo vio Jehová y le preguntó: ¿De dónde vienes? Satanás le respondió: De rodear la Tierra y de andar por ella. A lo que Jehová repuso: ¿Has visto a mi siervo Job, hombre bueno, recto y temeroso delante de Dios? Y Satanás saltó: ¡Ja! ¿Es que acaso teme Job a Dios en balde? ¡Quítale todo lo que Dios le ha dado y ya verás cómo te escupe en la cara! Jehová se entristeció con aquella respuesta y permitió que el diablo destruyera a Job para demostrarle que, aun en la peor de las desgracias, Job le seguiría siendo leal. Y, como Satanás andaba alrededor de don Armando como león rugiente, buscando oportunidad para devorarlo, le hizo las mismas que a Job.
Después que murió su madre, don Armando vendió lo poco que tenía y emigró a Tegucigalpa, con la idea de poner una panadería; un amigo de la aldea lo llevó a vivir a la colonia Rodas Alvarado, en Comayagüela y don Armando lo hizo su socio. La quiebra no tardó en llegar y don Armando se convirtió en vendedor de pan ambulante para mantener el hogar. Mientras, Consuelo lo esperaba en la casa, casta y pura, como la sulamita, y muy bien cuidada por una comadre de su fallecida suegra. Por eso fue muy raro que amaneciera muerta, un día alegre en que las escuelas celebraban la Independencia.
Armando no estaba en casa; él salía a las cuatro de la mañana a esperar el pan y regresaba después del mediodía, con la ganancia que siempre ponía en manos de su mujer, por lo tanto no sabía qué había pasado. Él se levantaba despacio para no despertarla y no se imaginó que ya estaba muerta. El forense dijo que tenía al menos nueve horas de muerta cuando la encontraron, a las ocho de la mañana.
UN MISTERIO. La autopsia mostró la causa de muerte: envenenamiento con pastillas para curar frijoles. La dosis debió ser excesiva porque tenía inundado de veneno el hígado, la sangre, el estómago y casi se le salía por los poros. Una liga verde, coronada con espuma blanca era todo lo que salió de su cuerpo, por las comisuras de los labios, y se suponía que su muerte fue casi instantánea y nada dolorosa. Los detectives de Homicidios entraron en escena. Todo parecía normal en el cuarto, a excepción de la muchacha muerta; no había desorden, ella estaba acobijada hasta el cuello, tendida boca arriba en su lado de la cama unipersonal que compartía con su esposo, tenía los brazos sobre el pecho, enlazados los dedos de las manos y su cabeza descansaba en el centro de la almohada, con los ojos cerrados y el rostro sereno, como si en realidad estuviera durmiendo. Debajo de la cobija estaba ella, vestida con un camisón rojo, largo, de vuelos en los ruedos, amarrado con una cinta hasta arriba, de modo que nada de su piel se mostrara a los curiosos; las piernas estaban rectas, los pies juntos, helados y sin color y la falda del camisón perfectamente alisada hasta casi llegar al tobillo. La muchacha tenía apenas diecisiete años. Según su madre, los acababa de cumplir.
LA DNIC. El H-3 estaba sentado a una orilla del escritorio, en la sección de Homicidios de la Dirección Nacional de Investigación Criminal (DNIC); un compañero suyo leía, por décima vez, los datos que habían tomado en la escena y los repasaba mentalmente para formular una teoría preliminar que le permitiera deducir la dinámica de la muerte de Consuelo. La autopsia estaba clara: muerte por envenenamiento. La mujer tomó una sobredosis de pastillas para curar frijoles y su muerte fue casi inmediata. A todas luces se trataba de un suicidio. Pero, cosa rara, ¿cómo su marido no se dio cuenta de nada? ¿Tenía el sueño tan pesado que no se dio cuenta de que su esposa se levantó de la cama, preparó el brebaje mortal y se lo tomó, luego se acostó cándidamente a su lado, en una cama tan pequeña y angosta, se acomodó casi en el centro del colchón, y esperó la muerte sin emitir un solo quejido que alertara al bueno de don Armando? ¿Y el penetrante y casi insoportable olor de las pastillas de curar frijoles no le hicieron ni cosquillas en la nariz? Era raro, pero así suceden las cosas. Por ahora, debía averiguar al menos una razón poderosa para que aquella mujer tan joven y bonita se quitara la vida de esa manera.
LA HIPÓTESIS. Don Armando la amaba, de eso no había duda, por eso la dejaba siempre al cuidado de su madrina, una beata tan recelosa como su propia madre. Era cierto que pasaban algunas dificultades económicas y que Consuelo tenía solo dos vestidos para ponerse, al menos tres calzones, un solo brazier, útil todavía, y el hermoso camisón rojo sensual, herencia de su suegra. ¿Amistades? No, no tenía ninguna. En realidad no las necesitaba. Las hermanas de la iglesia a la que asistía con su esposo no eran muy fieles al Señor, les gustaba el chisme, platicar demasiado con hombres y ver novelas en la televisión, y eso era un pecado del que Consuelo no debía participar porque era obras del diablo, y debíamos machacarle la cabeza con nuestros pies cada vez que intentaba seducirnos con sus artimañas de lobo vestido de piel de oveja. De los hermanos en Cristo ni hablar. Consuelo ni siquiera sabía el nombre del pastor. Era mejor así porque el diablo nunca duerme. Y no es que su esposo fuera celoso, porque los celos son obra del maligno, lo que pasaba era que él la cuidaba mucho y no le gustaría que ardiera para siempre en el lago de fuego. Así vivía Consuelo. Y, según su esposo, vivía feliz, como mujer que se sujeta a su marido.
El H-3 estaba confundido. El fanatismo de aquel hombre era tan poco común en estos días que le pareció impresionante. ¿No soportó la muchacha semejante vida y decidió suicidarse? ¿Esa era la razón de su muerte? El detective había analizado la escena y tenía una hipótesis. Era algo casi fantástico pero debía comprobarla porque no tenía otra. Él estaba seguro de que Consuelo no se había suicidado. La habían asesinado. Pero, ¿quién y por qué?
EL H-3. Antes de que medicina forense retirara el cadáver el H-3 estudió centímetro a centímetro la habitación. Si Consuelo se tomó al menos cuatro pastillas para curar frijoles, como sugería el forense, en algún lado debía estar un vaso con un poco de agua, tal vez, y ningún vaso parecía haber sido utilizado en la noche, después que ella los lavaba antes de acostarse. Todos estaban limpios, no tenían huellas digitales ni señales de labios en el borde. Y para tragarse cuatro pastillas de curar frijoles debió necesitar mucha agua.
Al revisar en sus cosas nada hacía sospechar que ella hubiera tenido guardadas en algún lado las pastillas venenosas. El H-3 tenía buen olfato y en ninguna parte olía a ese penetrante olorcillo de las pastillas malditas.
Además, aunque el olor se sentía en el cuarto, en las manos de la mujer no se notaba ni el más leve aroma ni habían en sus dedos huellas de que hubiera tenido, aunque fuera un momento, las pastillas en las manos, y esto que debió necesitar las manos para llevárselas a la boca. Por otra parte, ¿cómo podía estar tan bien acomodada en la cama, casi en el centro, y su marido no sintió ninguna molestia? Su posición era la de una muerta cómoda y feliz. ¿Era posible esto? ¿Pudo ella ponerse tan cómoda para esperar la muerte? Al H-3 le parecía imposible.
SOSPECHAS. La cabeza estaba en el centro de la almohada, demasiado cómoda para una situación de agonía, las manos estaban cruzadas sobre el pecho, casi encima de los senos, las piernas rectas, los pies juntos, el camisón alisado perfectamente y la cobija cubriéndola casi por completo. Según el forense, los espasmos que producen las pastillas para curar frijoles en los suicidas son terribles y, aunque se suponía que en este caso vino primero la inconsciencia antes de la muerte, el cuerpo debió reaccionar de alguna manera y jamás hubiera esperado la muerte en aquella posición tan elegante. El H-3 sospechaba que alguien la había acomodado, alguien que respetara la muerte, que tuviera por ella un sentimiento especial, puesto que la había cubierto para que, al encontrarla nadie viera su piel, y ese alguien debía ser su esposo, el único que podía acercarse a la muchacha con tanta confianza. Pero él decía que salió a trabajar y creyó que su mujer dormía; aseguraba que no notó nada raro en ella y que supo de su muerte porque le fueron a avisar al puesto de trabajo, en el mercado San Isidro. Y, según el forense, a las cuatro de la mañana, cuando supuestamente don Armando salió a trabajar, el cuerpo ya debía estar helado y rígido. El H-3 fue a visitar a don Armando al trabajo.
LOS MOTIVOS. Le causó mala impresión que aquel viudo tan dolido en el sepelio de su esposa estuviera riéndose mientras ordenaba las bolsas de pan y contaba chistes con algunos de sus compañeros; cuando lo vio adoptó una actitud seria que tenía más de molestia y temor. El H-3 sintió cólera pero se contuvo, miró a su alrededor y sus ojos fríos descubrieron algo que le calentó las orejas. Casi frente a él, al otro lado de la calle, estaba una tienda agro-veterinaria y, sintiendo algo más que el impulso del instinto de cazador de asesinos, tuvo una idea. Hizo una señal a sus dos compañeros y estos cogieron de los brazos a don Armando y, con el H-3 al frente, cruzaron la calle. Cuando el detective se identificó, vio que el dependiente cruzó una mirada rara con el vendedor de pan, movió los ojos hacia este y vio que estaba pálido, que tenía la frente llena de sudor y que temblaba. El detective preguntó: ¿Cuántas pastillas de curar frijoles le vendiste a este hombre esta semana? Era una pregunta directa; el dependiente tembló. Cuatro -dijo, con voz apenas audible-. Bien -dijo el detective-, acompáñanos a la DNIC; o vas por tu propia voluntad o te llevamos nosotros; vos decidís.
LA CONFESIÓN. "Yo sabía que ella se me iba a ir, tarde o temprano; no podíamos tener hijos y ella ya era mujer cuando se casó conmigo. Y yo la quería. Ella se iba a ir tarde o temprano y yo no iba a retenerla. Lo que no entiendo es cómo supieron que fui yo el que la mató".
El H-3 apagó la colilla del cigarro en un cenicero sucio y le dijo: "Cometiste algunos errores. El primero, acomodarla demasiado bien en la cama, eso solo lo hace alguien que quiere a su víctima y desea que la muerte no sea tan horrorosa para ella. Le acomodaste la cabeza en la almohada, le juntaste las manos, le alisaste el camisón, perdiste el vaso con que le diste a beber las pastillas o las deshiciste y se las diste a beber, tal vez haciéndole creer que era una medicina para tener hijos; esto es lo que yo creo porque ella era ingenua y vos la manejabas a tu antojo".
Don Armando sabe ahora cómo la policía descubrió que él era el asesino. La medicina para tener hijos era amarga pero efectiva y se pregunta cómo pudo saberlo el detective. Por lo pronto, le faltan veinte años en la Penitenciaría nacional para averiguarlo.