Antes de comenzar este relato, creo que es necesario y justo agradecer a las nueve mil seiscientas setenta y tres personas que, durante dos semanas, han escrito aplaudiendo el hecho de que pronto estará en sus manos la historia grotesca de la matanza de Los Horcones y Santa Clara, ese pasaje triste de la historia de Honduras que hizo germinar con sangre de mártires la Reforma Agraria y que aun hoy sigue marcando con su huella siniestra la vida de centenares de personas que siguen llorando a sus muertos.
Quienes conocen a Lucas Aguilera dicen que es uno de los testigos más fidedignos y se solidarizan con él y con los que siguen sufriendo, seguros de que el testimonio de don Lucas, regado con las lágrimas de doña María, su madre, la viuda de Máximo Aguilera, dejará para la historia la verdad de lo que sucedió aquel día inolvidable y terrible.
Esto nos obliga a ser cronistas leales a los hechos y nos obliga también a medir la dimensión exacta de esta injusticia. Y don Lucas es un testigo más que confiable, sufrido. Esto garantiza que la realidad estará en manos de los lectores y lectoras exactamente. Muchas gracias por su interés y por leer cada domingo esta sección.
UN CASO. La vida del ser humano es un constante ir hacia la muerte, como una sentencia ineludible que representa el fin, tarde o temprano; y los seres humanos tenemos conciencia clara de ello, sin embargo, también deseamos vivir para siempre y deseamos que ese momento fatal esté lo más lejos posible en el futuro.
Por esa razón, el crimen es una de las más abominables acciones del ser humano y, hay quienes dicen que cualquier castigo para el criminal no es suficiente ya que nadie tiene derecho a disponer de la vida ajena, ni de la propia. Sin embargo, hay casos en los que el dolor por la pérdida de un ser amado no se quita jamás y este dolor incuba un odio que crece hasta convertirse en un monstruo que no se sacia hasta que la venganza se ha cumplido. Este es el caso de hoy.
EL CADÁVER. Era un hombre de unos cuarenta y cinco años cuando menos, alto, fornido y con algunas canas; estaba tirado boca abajo a la orilla del camino de tierra, con las manos amarradas hacia atrás, amordazado de los pies y con un pañuelo que le cubría los ojos como una venda. Un charco de sangre se había secado bajo su rostro y una costra de sangre coagulada le aplastaba el pelo sobre la oreja derecha.
Lo habían asesinado de dos balazos cerca de la coronilla de la cabeza y había sangrado mucho. Algunas moscas revoloteaban sobre él y las hormigas se amontonaban sobre la sangre en la arena.
EL DETECTIVE. La escena del crimen estaba custodiada por varios policías y delimitada por una cinta amarilla. A primera vista, eran pocas las evidencias que podrían conseguirse en el sitio, sin embargo, el H-3 se detuvo a tres metros del cadáver y empezó a observarlo todo con detenimiento. Atrás estaba el personal de Medicina Forense y los curiosos. El H-3 empezó a razonar en voz baja. Su compañero tomaba notas rápidamente.
Se trataba de una ejecución, seguramente por venganza. El primer balazo estaba casi a flor de piel y dejó un surco sobre el cráneo, lo que podría significar inseguridad y nerviosismo en el tirador, u otro detalle más: que al asesino le temblaba la mano.
Y aquí surgía una nueva hipótesis: ¿Por qué le temblaría la mano? Mataba por venganza y en la venganza la cólera es el principal ingrediente, pero este detalle no sería suficiente para que le temblara la mano y fallara el primer disparo.
Entonces había que analizar una segunda hipótesis. El temblor de la mano hizo que el disparo fallara y no fuera mortal, este temblor no era por nerviosismo, aunque sí había mucha cólera. El temblor era porque la mano que disparó era la de un anciano, quizás enfermo, débil y decrépito. El segundo balazo penetró hasta destrozar el cerebro.
Le dispararon a quemarropa, seguramente con un revólver de grueso calibre porque alrededor del cadáver no se encontraron casquillos de bala.
¿Quién era la víctima? ¿Por qué lo asesinaron?
Estaba claro de que había sido secuestrado en algún lugar y lo trasladaron hasta allí para ejecutarlo. Según los familiares, desapareció la noche anterior, poco después de las ocho; su vehículo lo encontraron abandonado y con el motor encendido debajo del puente de hierro dos horas después, sin embargo, no habían testigos que dijeran quién o quiénes se habían llevado a la víctima. Quince kilómetros más adelante, sobre la calle de tierra, lo ejecutaron.
LA TEORÍA. Se trataba de una venganza. Esto había que repetirlo para basar la hipótesis del crimen en el móvil principal. Los detalles que seguían a continuación eran fundamentales.
Era un hombre nativo de la ciudad, emigró a Canadá hacía veintiocho años y tenía solamente tres días de haber regresado en una especie de visita relámpago.
En todo aquel tiempo no había vuelto. Tenía diecisiete años cuando salió de Honduras.
En este punto, los motivos del crimen se volvían oscuros. Estaba claro de que no lo mataron por robarle; todas sus pertenencias estaban con él. No tenía golpes de ningún tipo y las únicas huellas de violencia que había en la escena del crimen eran los dos disparos en la cabeza y un golpe en el pómulo derecho que seguramente se produjo cuando cayó a tierra.
Estaba casado en Canadá, tenía tres hijos, una empresa próspera y en Honduras ya solo vivía su madre y una hermana mayor. Su padre había muerto tres años antes y él, a pesar de su buena posición económica, no vino al entierro.
UNA RAZÓN. Según el H-3, la razón del asesino era una razón poderosa; también debió ser poderosa la razón que le impidió al hombre venir a la muerte de su padre. ¿Cuál sería? Tenía tres días de estar en la ciudad y ya estaba muerto.
¿Había algún odio acérrimo en alguien como para asesinarlo en tan poco tiempo? Para secuestrarlo debieron necesitarse al menos tres hombres y estos deberían tener, al menos, la más elemental instrucción militar. La víctima era un hombre alto y fornido y cualquier resistencia de su parte podría poner en riesgo la operación de secuestro.
¿Cuál era el motivo del secuestro? El asesinato, eso estaba claro. Lo capturaron para matar y no esperaron mucho tiempo.
¿Quién? ¿Por qué? Era hora de escarbar en el pasado de la víctima.
1980. Era un muchacho alocado, elegante, gracioso y con dinero. Su motocicleta era una Yamaha de última generación y era la sensación entre sus amigos.
En esos años, hubo en la ciudad una discoteca que no tenía rival en toda la zona y era el centro de reunión de los jóvenes de la alta sociedad.
Él era asediado por las muchachas y su motocicleta era la envidia de sus amigos. Su novia, una niña de quince años, no se quedaba atrás. Una noche de viernes, antes de las doce, con varias cervezas en el cuerpo, marihuana en los pulmones y la adrenalina por los cielos, su mejor amigo insistió en bailar con la niña; ella se negó. Él insistió, ella volvió a negarse.
Él la besó a la fuerza, ella le dio una cachetada; él la golpeó en la cara y le partió la nariz.
El novio se indignó, sacó un revólver que andaba escondido en la ropa y le disparó en la cabeza. El muchacho murió en el hospital tres días después de una terrible agonía.
Antes de que amaneciera, el día del crimen, él cruzó la frontera con El Salvador, subió a un avión esa misma tarde y se perdió su rastro por veintiocho años.
Los entrevistados le dijeron al detective que el padre del muchacho muerto lo buscó hasta debajo de las piedras. Debía de investigar por ahí.
EL PADRE. ¿Quién era? En la época de la tragedia era uno de los hombres más ricos de la ciudad, ex militar además, hombre de principios y, se decía, de carácter duro y corazón de piedra. Su dicha más grande era su hijo y ahora estaba muerto.
No hubo más felicidad en la vida para él. Solamente lo sostenía aquel deseo de venganza que echó raíces en su corazón y que lo hizo gastar una fortuna tratando de localizar al asesino de su hijo.
Cuando, diez años después, murió su esposa, sumido en la tristeza, la vida se volvió más oscura para él, se enfermó y empezó a decaer. Únicamente su hija quedó para cuidarlo. El H-3 debía visitarlo. Era un hombre enorme, encorvado por los años y las penas, estaba casi calvo, veía con dificultad y caminaba despacio, apoyándose en un andador de aluminio. Tenía ochenta años. Cuando el detective se identificó, lo hizo pasar, le señaló una silla mecedora y esperó a que él empezara a hablar.
Había en sus labios blancos, casi transparentes, una mueca que parecía una sonrisa y en sus ojos vidriosos una luz que el H-3 no podía identificar.
"Era fácil llegar hasta aquí -le dijo el anciano, cuando el detective empezó a abrir la boca- y ya los estaba esperando. Tiene un muerto, tiene un motivo y tiene al criminal. Yo lo maté. El mató a mi hijo, a mi único hijo hace veintiocho años.
Mi esposa murió sin ver este día, el día en que castigaríamos al que nos quitó el deseo de vivir.
Yo tenía mucho miedo de que moriría antes de verlo tendido en el suelo, sin vida, como quedó mi hijo en el suelo de la discoteca. Y todo por una mujer, creo que ya no tengo razón para seguir viviendo.
Míreme, ¿qué puede hacerme la ley? Hice ya una llamada y usted saldrá de esta casa con las manos vacías, como entró.
Yo confieso mi crimen, yo confieso que castigué al asesino de mi hijo con mis propias manos".
Al decir esto levantó las manos cadavéricas, transparentes y llenas de venas. Las dos le temblaban.
En ese momento llegó un hombre que saludó al anciano con mucho respeto, luego se dirigió al detective.
El anciano murió una semana después. Esperó la venganza y llegó. Esta es una historia sin fin.