La amenaza y la expulsión de Honduras de la Organización de Estados Americanos, al tenor de la Carta Democrática Interamericana, abre un capÃtulo inédito en la historia del sistema interamericano. Con premura se adoptaron dichas resoluciones, quizás pensando que por tratarse de un pequeño paÃs centroamericano su impacto serÃa determinante y forzarÃa a las nuevas autoridades en Tegucigalpa a restituir a Manuel Zelaya Rosales en la Presidencia de la República. Sin embargo, ese escenario no se dio y ha quedado evidenciada la limitación que medidas de ese tipo tienen una vez que son aplicadas. La expulsión de Honduras de la OEA, sin dar cabida en las deliberaciones a ambas partes en el conflicto, fue apresurada y una vez concretada deja a dicha organización prácticamente sin ningún elemento de transacción con el Gobierno de Roberto Micheletti.
Y es que quién hubiera creÃdo que Honduras podrÃa resistir por más de un par de dÃas una situación en la cual su gobierno no fuera reconocido por ningún paÃs del mundo. Esa era una proposición imposible de concebir. Sin embargo, ya han transcurrido más de seis semanas y es previsible que lo podrá soportar muchos meses más si fuera necesario.
Desde una perspectiva sociológica lo más destacable de esta situación es el fenómeno de lo que parece ser una aceptación estoica de la generalidad de la sociedad de que el paÃs puede sobrevivir sin pertenecer a la OEA y aunque su gobierno no sea reconocido por la comunidad internacional. Es difÃcil precisar cuándo como sociedad se dio este cambio de actitud. Lo que si es aparente es que la población no ha reaccionado con pánico o histeria ante el aislamiento diplomático al que estamos siendo sometidos. Quizás nuestra sociedad es más versátil y vigorosa ante la adversidad de lo que nosotros mismos hemos pensado, o quizás, es la adversidad la que saca lo mejor de Honduras.