Asesinato en la colonia San Miguel

Este relato narra un caso real. Se han cambiado los nombres
ElHeraldo.hn

Honduras

15.08.2009 - CarmilLa Wyler - siemprecarmillawylerSPAMFILTER@yahoo.es

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Amanecía, una lluvia tenue caía sobre la ciudad y estaba frío; todavía todo estaba en silencio y, poco a poco, las calles se iban llenando con el insoportable ruido del día. Era lo mismo cada mañana, aunque los domingos había algo diferente. Pero este día era miércoles y nada cambiaba. A eso de las seis de la mañana, el niño mayor, de poco más de cuatro años, se bajó de la cama, algo viscoso lo molestaba y fue a sentarse en el único sillón que había en la casa. Su madre seguía dormida y él se recostó sobre la ropa recién lavada que la noche anterior bajaron del cordel. Su hermanito de tres años seguía pegado a su madre, moviéndose inquieto a veces. Cuando se despertó, le ayudó a llamar a su madre para que les diera el desayuno. La mujer estaba inmóvil, seguía durmiendo. Ellos esperaron, pero estaban empapados de aquel líquido viscoso, rojizo y de un olor penetrante que no invadía el cuarto. A las siete, el niño menor empezó a llorar. Lloraba tan fuerte que los vecinos se alarmaron. Su hermano trataba de consolarlo pero nada podía hacer. Pocos minutos bastaron para que la puerta cediera a la presión y para que el viejo llavín saltara por los aires. La escena era siniestra. Una nube de moscas zumbaba sobre la mujer, que seguía inmóvil sobre la cama, y los vecinos empezaron a gritar desesperados. A alguien se le ocurrió llamar a la policía.

UNA TRAGEDIA. Los niños no entendían lo que pasaba. Aquel líquido viscoso que se había pegado a sus cuerpos casi desnudos y se había convertido en una costra maloliente era la sangre de su madre, la sangre que empapaba casi todo el colchón y que era atacada por las moscas en una orgía grotesca.

La mujer era joven todavía; tendría unos veinticinco años, no muy alta, piel clara, delgada y pelo negro y corto. Estaba tendida boca arriba a una orilla del colchón, vestida solamente con una camiseta blanca que le llegaba hasta media pierna. Una de sus manos estaba sobre la garganta, como si hubiera querido sellar con ella la enorme herida que casi la había decapitado. Su boca estaba entreabierta, como si los gritos se hubieran detenido allí para siempre. La otra mano estaba aferrada a la cobija, crispada como una garra, los ojos abiertos, fijos en el techo, y el rostro transfigurado en una mueca de sufrimiento y de horror. Según el forense, tenía entre diez y doce horas de muerta. En este punto entró en escena la sección de Homicidios de la Dirección Nacional de Investigación Criminal, (DNIC). César Ruiz estaba a cargo. Era un caso terrible.

EN LA ESCENA. Como en todo caso criminal, la investigación inicia por analizar la escena del crimen. Aquí, el asesino deja sus huellas con una claridad tal que el experto puede seguir paso a paso la dinámica del crimen hasta formular una hipótesis que, en un alto porcentaje y en la mayoría de las veces, es acertada y señala el camino hacia el criminal. A partir de aquí, también el experto en conducta humana realiza un perfil psicológico del criminal, que complementa la teoría que surge del análisis de la escena y, en muchos casos, hasta proyecta características físicas elementales del asesino y pone a los detectives en el camino de un sospechoso potencial. Por todo esto, ya hay quienes intentan elevar al rango de ciencia a este tipo de investigación criminal. Y la DNIC tuvo, por mucho tiempo, ese perfil de Policía Científica que, hoy en día, muchos detectives desean recuperar. Y una de las mejores pruebas es la investigación del asesinato de Vicenzzina Trimarchi, realizada a partir de una simple y aparentemente poco importante rama de ficus.

EL DETECTIVE. La herida era grotesca. Era una herida de cuchillo largo, ancho y extremadamente filoso. La punta, un poco menos fina que una aguja, entró con fuerza a mitad del cuello, cortó la vena yugular, cercenó la tráquea, destrozó las cuerdas vocales y, por desgracia, no produjo una muerte rápida. La cantidad de sangre era tal que el forense dijo que había muerto desangrada, a pesar de que casi fue decapitada. César se acercó al cuerpo. La boca abierta le llamó la atención. A un lado de la cama estaba una almohada, envuelta en una funda blanca, pero que estaba empapada de sangre por un solo lado. "Ella quiso gritar -dijo el detective, para que su compañero tomara nota- y al mismo tiempo se esforzaba por respirar. La almohada la usó el asesino para aplacar los posibles gritos de su víctima. Ella se llevó la mano a la garganta en su agonía, tratando de detener la sangre; eso era posible. El asesino creyó que la mujer gritaría y pondría en alerta a los vecinos, por eso le quitó la almohada de debajo de su cabeza, y lo hizo bruscamente, esto se nota porque la cabeza está un poco girada hacia la izquierda y el pelo, una gran parte, está tirado hacia la derecha, en desorden. La puerta, según los vecinos, estaba con llave. Esto indica que el asesino, después de cometer el crimen, salió confiadamente, puso llave a la puerta y desapareció. ¿Quién puede ser el criminal? Un conocido de la mujer o alguien con acceso directo a ella, sea por amor o por amistad".

Un detalle más que llamó la atención de César Ruiz era que el cuarto estaba relativamente en orden. Quien cometió el crimen entró a la casa libremente, esperó a que la mujer se durmiera, que los niños también estuvieran dormidos y la asesinó. ¿Quién podía tener tanta confianza? Entrar al cuarto a la fuerza hubiera llamado la atención de los vecinos, hubiera alertado a la mujer y esta, tal vez, se hubiera defendido o, al menos, hubiera gritado pidiendo ayuda. Y esto no hubiera ayudado al criminal.

César hablaba en singular. Decía "el asesino", "el criminal", porque estaba convencido de que se trataba de una sola persona. ¿Por qué estaba tan seguro de esto? Porque no había desorden, aparentemente todo estaba en su sitio y no se habían robado nada. Y la mujer fue atacada mientras dormía, al lado de sus hijos.

LA NOTA. Nadie había tocado la escena, un detalle importante porque guarda las posibles evidencias que hacen más fácil la solución de un caso. Los niños, manchados de sangre, solo se habían subido al sillón y habían estado jugando cerca de la puerta. Allí estaban sus huellas. César tomaba en cuenta hasta los detalles más mínimos.

Cuando avanzó más en el interior, se acercó a una mesa en la que había una estufa de gas kerosene dentro de una caja, varios platos y algunos restos de la cena de la noche anterior. Colgando en una esquina, sostenida por el peso de un vaso de plástico estaba una nota, escrita en una página de cuaderno y en tinta negra. La nota decía: "Te matamos por sapa. Atentamente: mara 18". (Las comillas, el punto y seguido y los dos puntos, son nuestros) César Ruiz sonrió. Era una de esas sonrisas sarcásticas que deforman su boca de labios delgados y casi sin color, y en la sonrisa enseñó los dientes, como siempre, pero era una sonrisa de satisfacción. Acababa de encontrar una buena pista. "Es una nota falsa -le dijo a su compañero-; para empezar, cuando una mara asesina a alguien, lo hace de forma ejemplarizante para meter miedo y para que se les respete; siempre traen consigo la nota que van a dejar sobre el cadáver y no la improvisan en la propia escena del crimen. La dejan sobre el cadáver y no en una mesa o en algún lugar aislado del cuerpo de la víctima. Este es el primer gran error del asesino. Allí, sobre la silla (en una esquina había una silla de madera), está la mochila del kínder del niño mayor. Si ves bien, está abierta; allí está el cuaderno del cual el asesino arrancó la hoja para escribir su nota".

Así era, en efecto. El cuaderno estaba casi expuesto y le habían arrancado con violencia la última hoja. Al comparar la hoja de la nota con los bordes rasgados de la última página del cuaderno, coincidieron a simple vista. César iba por buen camino.

EL ANÁLISIS. "Hay que tomar en cuenta otro detalle importante -dijo el detective-: esta nota es para despistar a la policía. El siguiente error del asesino está en que firma: Mara 18, y todos sabemos que los integrantes de la 18 no son mareros, son pandilleros; así se identifican a sí mismos. Los mareros son los integrantes de la mara Salvatrucha. No supo usar los términos y alguien que pertenece a uno de estos grupos jamás se equivoca. Y un detalle más: la nota está dirigida a la policía. Es tan amable y educado el que escribió la nota que se despide con un ‘Atentamente’, y sabemos, por experiencia, que los mareros o pandilleros jamás usarían este tipo de expresiones, que para ellos son ridículas y propias de gente cursi o afresadita. Ellos manifiestan su agresividad siempre y no muestran respeto por nada ni por nadie, fuera de su mara o pandilla, sino todo lo contrario. Entonces ya estamos seguros de que no han sido pandilleros o mareros quienes asesinaron a esta mujer. El asesino es su amante o su marido".

LA VECINA. A pesar de que César hablaba bajo, una vecina, de esas que tienen el oído tan bien amaestrado que no se pierden detalle sobre todo de aquello que no les interesa, entró en escena. Le dijo al detective que el marido, "ese perro maldito", le pegaba a la mujer casi todos los días, que dos días antes de la muerte ella se atrevió a denunciarlo a la policía y que una patrulla se lo había llevado a dormir a la posta toda una noche. Dijo, además, que él la amenazó con matarla si lo denunciaba y que ella estaba segura de que había cumplido su promesa. Un detalle más: al día siguiente, cuando los policías lo dejaron en libertad, tenía varios golpes en la cara, un ojo morado y varios golpes en los brazos y en la espalda. Él dijo que los policías lo habían torturado. Y volvió a jurarle a su mujer que la iba a matar por haberlo denunciado.

EL MARIDO. César escuchó en silencio. Miró a sus compañeros y, con un movimiento de cabeza, salió del cuarto. Entraron los de Medicina Forense.

Los vecinos le dijeron al detective que el marido de la muerta era un hombre violento, drogadicto y holgazán, un hombrecillo que se llevaba fumando marihuana al final de la colonia San Miguel, y le dieron la dirección. Pronto, una patrulla de la DNIC estaba en el lugar. El sospechoso no opuso resistencia. En la DNIC negó el crimen. Dijo que él "no sabía nada de esa mujer ni le importaba". Por desgracia, nada podían probarle. No encontraron el arma asesina, no podían ubicarlo en la escena del crimen, nadie lo había visto cerca de la cuartería y, dos de sus amigos dijeron que habían estado con él toda la noche anterior.

La Fiscal tuvo que ordenar su liberación, sin embargo, quedaba un último recurso para el detective. Sabía que los amigos mentían, que él tenía llaves del cuarto donde vivió con su familia, que amenazó de muerte a su mujer por haberlo denunciado por violencia doméstica, que él armó la escena de forma deliberada y, por último, que redactó una nota. Este era el recurso. Había que esperar el dictamen del perito calígrafo. Pero pasó un mes. Cuando se supo que la letra de la nota era la suya, la fiscalía pidió la orden de captura. Esta se tardó más de lo que podía imaginarse, mientras el asesino seguía en libertad. Cuando el juez la firmó, fueron por él. Terminó confesando. Todo sucedió como lo dedujo el detective. Hoy, el asesino purga una condena de más de veinte años. Según las autoridades de la Penitenciaría, no se rehabilitará fácilmente.

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