oña Estela era una mujer agradable, simpática y de muchas amistades. Aunque se decían algunas cosas no muy cristianas acerca de ella, en general, era estimada por sus vecinas más cercanas. Era solidaria, conversadora y no pasaba un día sin que ella no hiciera al menos tres visitas a las casas cercanas. Pero ahora estaba muerta, tirado su cadáver lleno de heridas a un lado de la estufa, en la cocina, sobre un charco de su propia sangre. El desorden en la casa era señal de que había luchado con sus atacantes, habían huellas de sangre por todas partes y las últimas estaban en la cocina, debajo de su cuerpo mutilado y casi irreconocible. Sin embargo, nadie había escuchado ruidos ni gritos y dos vecinas imaginaron que algo raro sucedía en su casa porque a las once de la mañana doña Estela seguía encerrada, cosa rara en ella, y había faltado a la promesa de llevarle algunos medicamentos para la presión a una de ellas. Cuando decidieron ir a buscarla, algo extraño les llamó la atención. En las gradas de su casa había sangre, al menos eso parecían aquellas manchas rojizas que estaban marcadas en el cemento, y se acercaron para ver mejor. Alarmadas, tocaron la puerta. Nadie les respondió. Una de las vecinas llamó por teléfono y el repiqueteo constante del aparato se escuchaba hasta el callejón pero nadie respondía. Una dijo que debían llamar al marido, la otra sugirió que también se llamara a la Policía. Se decidieron por las dos cosas cuando vieron, en el llamador de la puerta, varias manchas de sangre. Estaban aterrorizadas y, antes de que llegara la Policía, todas las amigas de doña Estela llenaban el callejón con el alma en un hilo.
LA DNIC. Los detectives que respondieron al llamado se abrieron paso entre las mujeres, acallando el murmullo con su presencia. El marido no había llegado todavía y los dos hijos de doña Estela estaban en la escuela; no llegaban sino hasta después de las tres de la tarde. El marido trabajaba con una constructora y salía con frecuencia de la ciudad. Esa mañana estaba en Danlí, supervisando unos proyectos. Y tenía tres días de haber salido de su casa. Cuando lo localizaron lo dejó todo y regresó a Tegucigalpa como un loco. Si algo le había pasado a su esposa era lo peor que podía sucederle en la vida. Cuando llegó, la Policía, Medicina Forense y el Ministerio Público estaban en su casa. Era el caos. Los detectives estaban adentro, con el cadáver de doña Estela.
EL CASO. La sangre estaba por todos lados: en la sala, sobre los muebles, en el comedor, en las paredes, en la refrigeradora y en la estufa; el piso de la cocina estaba empapado de rojo y el desorden era total. El cuerpo estaba enrollado sobre sí mismo, en posición fetal, las manos cubrían la cara como si trataran de proteger el rostro y estaban llenas de la sangre que salió por las heridas que tenía en las palmas y en los dedos. Los brazos también tenían heridas que habían sangrado mucho y los detectives dedujeron que había tratado de defenderse. El rostro estaba mutilado, pedazos de piel colgaban de varias partes y era una máscara sanguinolenta que la hacía irreconocible; las heridas en el pecho no eran profundas, pero habían rasgado la ropa y estaban marcadas en la piel con extremada violencia. Según el forense, una sola herida era grave y por allí se le había escapado la vida. Era una herida de cuchillo, no muy ancha, que estaba abajo del omóplato izquierdo; el arma penetró hasta perforar el pulmón y provocó una hemorragia que la llevó a la muerte. ¿Por qué nadie escuchó nada? Doña Estela debió gritar pidiendo ayuda, era lógico suponerlo, además, el escándalo que se produjo al caer las cosas al piso forzosamente debía llamar la atención de alguien cercano, sin embargo, nadie escuchó nada, nadie vio nada y el asesino o los asesinos debieron entrar por alguna parte. Estaba claro que salieron por la puerta principal; las manchas de sangre en el llamador de la puerta lo decían, y era lógico suponer, también, que debieron entrar por allí. Esto daba la posibilidad de que doña Estela conociera a su atacante, que ella misma le abrió la puerta y, ya adentro, algo sucedió para que la asesinaran. Siendo como era ella, tan amigable, no desconfiaba de nadie y dejó entrar libremente a quien o quienes terminaron matándola.
LAS CAUSAS. ¿Qué motivos tenía alguien para asesinarla? Las vecinas coincidían en que doña Estela era amiga de todo el mundo y no imaginaban algún motivo o a alguien que quisiera hacerle daño y menos quitarle la vida. ¿La mataron por robarle? Era posible, sin embargo, el marido de doña Estela le aseguró a la Policía que en la casa no faltaba nada, el dinero que le daba a su mujer para el gasto del mes estaba en una gaveta de la cómoda, en el dormitorio principal y, a pesar de que había desorden en el cuarto y huellas de lucha y de sangre, nada, a su parecer, se había perdido. Entonces, si el motivo no fue el robo, ¿cuál fue? Era algo que intrigó a los detectives.
Según el forense, cuando fue descubierta, doña Estela tenía al menos dos horas de haber muerto. Esto indicaba que fue atacada poco después de las ocho de la mañana. Nadie recordaba haber visto nada extraño en el callejón ni escuchar nada. La colonia donde vivía la mujer es una colonia de clase media, las casas comparten las paredes de los lados y el callejón que separa los bloques mide unos dos metros de ancho. Parecía imposible que no se escuchara ruido en la casa de doña Estela. Los detectives estaban confundidos.
Cuando encontraron pedazos de vidrio de una botella, empezaron a entender la dinámica del crimen. Debajo del anaquel donde la mujer guardaba la provisión del mes estaba un pedazo de la botella ensangrentado: era todo el cuello y casi la mitad quebrado en forma irregular. Bien había dicho el forense que las heridas de los brazos, la cara y el pecho no habían sido hechas con cuchillo. Ahora lo comprendían los detectives. La atacaron con la botella quebrada y le provocaron tantas heridas como fue posible, desfigurándola por completo. Cuando ella corría al patio para escapar de su agresor o agresores, la apuñalaron por la espalda una sola vez y cayó al piso de la cocina, donde terminó desangrándose. Las huellas de zapatos marcadas con sangre eran numerosas aunque no podían identificarse fácilmente, pero uno de los detectives estaba seguro de que habían tres pares de huellas diferentes: una, de pies descalzos, los de doña Estela; las segundas huellas eran de zapatos largos y delgados que dejaron una huella lisa sobre un ladrillo, y las terceras, mostraban un dibujo pequeño, de punta cuadrada y con canales largos y delgados, marcados a lo ancho. El detective estaba sorprendido. ¡Aquellas huellas eran de zapatos de mujer! Es más, de dos mujeres. Un cálculo rápido le dijo al detective que la que calzaba los zapatos de punta cuadrada y de plantilla acanalada era de baja estatura, un metro cincuenta y cinco, cuando menos, y que la segunda debía ser más alta y robusta, a juzgar por la presión con que quedaron marcadas las huellas de sus zapatos de plantilla lisa en la sangre. Entonces, las asesinas eran dos mujeres. Y no habían llegado hasta allí a robar, eso estaba claro; llegaron a matar a doña Estela, y ella las conocía. ¿Por qué? Era algo que los detectives tenían que averiguar.
LA INVESTIGACIÓN. Las entrevistas con las vecinas daban pocos resultados. Aunque todas la conocían, no sabían nada que pudiera acercar a los policías a un motivo y a una sospechosa. Pero doña Lizeth dijo algo que quizás podría servir. Su amiga tenía muchas dificultades económicas, a pesar de que su marido ganaba bien y nada le faltaba. Tenía el vicio del juego, visitaba los casinos con frecuencia y compraba la lotería mañana y tarde, todos los días. En varias ocasiones le comentó que estaba endeudada y que no podía decirle a su esposo porque se enojaría con ella. Eso era todo lo que doña Lizeth sabía. No conocía a quién le debía dinero doña Estela ni ella le había mencionado nombres, pero había alguien que quizás conociera más de ella, el taxista que la llevaba a todas partes. Doña Lizeth les dio un nombre y los detectives no tardaron en localizarlo. Estaba entre los curiosos y era de los más tristes. Doña Estela no solo era su cliente, era su amiga.
LA ESTAFA. Hacía más o menos un año (esto lo sabía el taxista porque vio a doña Estela muy preocupada y ella se lo contó); hace más o menos un año, repito, doña Estela tuvo un problema con dos mujeres a quienes ella les prometió ayuda para que llegaran a Estados Unidos; una de ellas le dijo al taxista que doña Estela las había estafado con cincuenta mil lempiras, que le entregaron para que les consiguiera las visas, pero todo fue un engaño y ellas la buscaron para que les devolviera el dinero, dinero que habían conseguido a base de muchos esfuerzos. En un salón de belleza encontraron a la primera mujer. Esta no rehuyó hablar con la Policía. Les dijo que conocía a doña Estela, que, en efecto, la había estafado con ese dinero, que nunca les ayudó a conseguir la visa y que, a pesar de que le cobraban cada día, nunca les había devuelto ni un centavo. El detective tomaba nota y estudiaba los gestos de la mujer. "¿Cómo se hirió la mano?" -le preguntó de pronto, señalándole con el lápiz la mano derecha que tenía dos curitas-. "Trabajando" -le respondió-, y en ese punto se puso nerviosa. "¿Puedo ver sus heridas?". Ella dudó un momento. No sabía qué decir. Alargó la mano hacia el detective y este la sintió temblar. Luego de ver las heridas, superficiales pero con la piel levantada, el detective le dijo que irían a Medicina Forense para que las evaluaran y comprobar si habían sido producidas con el filo de una botella quebrada. La mujer retiró la mano, se puso de pie, abrió la boca para decir algo pero se desvaneció; cuando empezó a llorar, el detective supo que estaba ante la asesina. Era hora de localizar a su compañera. Hasta hoy no se sabe quién fue. La mujer no dijo nada nunca. Confesó el crimen pero no inculpó a nadie más. Dijo que su situación económica era difícil, que deseaba emigrar a Estados Unidos y que doña Estela, su cliente en el salón de belleza, le aseguró que podría ayudarle, pero que le costaría cincuenta mil lempiras por las dos. Ellas le entregaron el dinero. Al poco tiempo se sintieron engañadas y, un año después, doña Estela no les había devuelto nada. Fueron a cobrarle, ella las recibió tan amable como siempre, discutieron, ella las corrió de la casa y la atacaron. Lo demás ya lo sabía la Policía. La asesina espera sentencia, ha envejecido y habla poco. De su amiga no se sabe nada y la policía no tiene ninguna sospecha de quién sea.