Hace unos días, en Londres, Inglaterra, se celebró una conferencia internacional sobre Medicina Forense, auspiciada por el Real Colegio de Medicina Forense de Gran Bretaña, en el que participaron algunos de los profesionales más prestigiosos de los cinco continentes; en esta conferencia se hizo mención de varios de los miembros ausentes y se hizo especial énfasis, entre otros, de uno de los médicos más destacados de América, "uno de nuestros miembros cuyo prestigio y sabiduría honra al Real College of Forensic Medicine of Great Britain: el doctor Denis Armando Castro Bobadilla, orgullo de esta Institución, orgullo de su país y orgullo de las Ciencias Forenses del mundo". Acto seguido, el aplauso de pie se convirtió en un homenaje a este hombre sabio, buen amigo, profesional capaz y corazón noble y sincero que es el doctor Castro Bobadilla y, con estas sencillas líneas, quiero unirme a ese merecido homenaje, como una muestra del agradecimiento, admiración y respeto que siento por este amigo tan especial. Sinceramente.
UN HOMBRE. En el centro penal de San Pedro Sula cumple su condena un hombre que, a pesar de ser estimado por sus compañeros, es un hombre solitario, de pocas palabras y sencillo; viste siempre con elegancia, se conduce como un caballero y está siempre pendiente del necesitado para tenderle una mano amiga en el momento oportuno. Quienes lo conocen desde que llegó a la cárcel dicen que ha envejecido prematuramente, aunque no pasa de los cuarenta años, sufre su culpa como una extensión personal del castigo que le impuso el juez en Tegucigalpa y, muchas veces, se le ve llorando en silencio, aislado en un rincón al que nadie se atreve a acercarse, por respeto y comprensión. Es un hombre culto, lee constantemente y, en los últimos meses, participa de las reuniones cristianas como si deseara aplacar los demonios que todavía batallan en su interior. Según sus propias palabras, era un hombre feliz, lo tenía todo y todo lo perdió en una estúpida noche en que quiso hacer realidad una fantasía siniestra.
UN CADÁVER. Eran casi las nueve en la fría mañana de un día gris de octubre, hace algunos años; a pesar de que estaba helado no llovía pero se respiraba la humedad en el aire y un sopor extraño dominaba el ambiente. La patrulla de la Dirección Nacional de Investigación Criminal (DNIC) avanzaba despacio por la calle de tierra, en la vieja salida a Olancho, hasta que se detuvo frente a un grupo de curiosos que eran contenidos por varios policías de uniforme. Los detectives se abrieron paso y pronto estuvieron frente a una escena que, en los últimos días, se había hecho común, sin embargo, aquella tenía algunas particularidades que, a primera vista, la hacían diferente.
El cadáver era el de una mujer joven, de piel blanca, casi transparente, de estatura regular y algo rolliza; estaba desnuda, boca abajo, tirada sobre la grama de la orilla, con las piernas separadas y las manos amarradas hacia atrás con los restos de su propio brazier. Según el forense, tenía entre cinco y seis horas de muerta. Había sido torturada y terminaron asesinándola de un balazo en la parte de atrás de la cabeza, sin orificio de salida. No había sangre en la escena del crimen y la única que reconoció el forense era la que se había coagulado en el pelo, en la base del cráneo y en la nuca. Tenía huellas de manos en la parte de atrás de las piernas, en las nalgas y en la pantorrilla izquierda; cuando le dieron vuelta, encontraron golpes en el rostro, uno de los ojos estaba entreabierto y tenía roto el labio superior, por el que había sangrado profundamente, los senos tenían hematomas de varios tamaños y el pezón derecho tenía una herida en la base. Los detectives empezaron su trabajo y comenzaron anotando posibles evidencias.
RASTROS. Se ha dicho siempre que el criminal deja sus huellas en la escena del crimen; sus motivos, sus impulsos, sus traumas y complejos y hasta detalles sórdidos de su niñez quedan plasmados en la escena, y el experto en criminalística lo único que debe hacer es leer cada señal, interpretarlo y elaborar el perfil psicológico del criminal que, en las mayorías de las veces, es acertado en un alto porcentaje. Y eso fue lo que empezaron a hacer los policías. No en vano se esforzó Gonzalo Sánchez por sembrar en ellos el espíritu del policía científico, que resolviera los casos con profesionalismo y con la convicción de que sirven con vocación y entrega total. Y aquellos detectives eran sus mejores alumnos.
Las marcas de las manos estaban claras sobre la piel del muslo. Era una mano grande, de dedos largos y gruesos. No le faltaba ningún detalle. El detective se arrodilló a un lado del cadáver y la observó con una lupa. En la huella del dedo anular derecho encontró algo que le llamó la atención: una línea de casi medio centímetro de ancho, con bordes afilados que destacaban ligeramente sobre la piel. "El asesino es un hombre casado -dijo el detective-, y es zurdo. En la huella del dedo anular derecho está la marca de un anillo; por sus bordes, debe ser un anillo de matrimonio, además, es un hombre adinerado porque el anillo es grueso y sólido y debe costar mucho dinero. Según el forense, las manchas que están sobre las nalgas y en el muslo izquierdo de la mujer, son semen, relativamente fresco, lo que quiere decir que el asesino se masturbó frente al cadáver, seguramente de rodillas, entre las piernas abiertas de su víctima. Al hacerlo, se apoyó en la pierna derecha y lo hizo con fuerza; aquí es donde nos dejó su huella. Un caso raro de necrofilia. Estamos ante un criminal de elevada estatura, o muy gordo o muy musculoso, seguramente de piel blanca, creo que usa el pelo corto, ya que en la escena hay varios cabellos largos, seguramente de ella, pero no encuentro ninguno de otro tipo; creo que es blanco porque la dinámica del crimen me dice que hombre blanco asesina casi siempre a mujer blanca; usa un revólver grande, posiblemente del calibre 3.57, a juzgar por el orificio de entrada de la bala, además, una arma automática no causa tanto daño al entrar y, por lo general, siempre hay orificio de salida. Creo que es un revólver y la bala es explosiva. Debió destrozar el cerebro y causar una muerte inmediata, sin mucho sangrado. Para seguir con la investigación, debemos saber quién es la muerta".
LA VÍCTIMA. Los detectives no tardaron en ponerle un nombre a la víctima y, antes del atardecer, encontraron su dirección. Se llamaba Mayra, era madre soltera y trabajaba como bailarina exótica en un nigth club de Comayagüela. No solo era muy bonita sino agradable y dulce con los clientes y ese viernes compartió toda la noche con un hombre serio, alto, casi enorme, blanco, pelo corto, vestido como vaquero y que dejó en la guardia de la entrada un enorme revólver cromado con punta roja, posiblemente un 3.57. Los detectives se miraron unos a otros y supieron que la investigación iba por buen camino. Ahora necesitaban una descripción del cliente. Nadie lo recordaba, realmente; la luz en un nigth club es escasa, lo que se mira por todos lados es sombras y solo hay luz en la pasarela donde bailan las desnudistas; el portero, un negro inmenso no tuvo tiempo de reparar en él y tampoco lo recordaba al salir, supuestamente antes de la una de la mañana del sábado, en compañía de una mujer que tampoco podría describir. Hasta ahora sabía que se trataba de Mayra, una de las bailarinas más bonitas. Era todo lo que tenía qué decir. La investigación debía de seguir otro rumbo.
LA HIPÓTESIS. En la escena del crimen habían recogido algunas evidencias, entre estas, las huellas marcadas en la tierra de lo que parecían ser las puntas de dos botas; la primera impresión del detective era que estaban nuevas o poco usadas, se habían hundido en la tierra, entre las piernas de la mujer, y los bordes eran regulares y gruesos. El detective buscó en ese sitio cuando dedujo que el asesino se había masturbado sobre las nalgas de la mujer muerta. Con este detalle, era hora de formular una hipótesis. Ya se sabía que se trataba de un hombre alto, fornido y blanco, ahora le agregaban a este perfil, el hecho de que llevaba un revólver grande y usaba botas vaqueras; unido a esto, el perfil geográfico de la escena, decía que conocía aquel sitio y creyó seguro deshacerse del cadáver allí donde, protegido por la noche, satisfizo una vez más sus deseos en el cadáver de su víctima. Entonces podría decirse que estaban ante un ganadero, seguramente olanchano, que manejaba un carro grande, casado, con dinero y entre los treinta y dos y treinta y cinco años. Pero aún aquello no era suficiente. Había que establecer los motivos del crimen.
LA TEORÍA. Era posible que estuvieran detrás de un asesino en serie, aunque parecía que aquel era su primer crimen. Era limpio, ordenado y cuidadoso. No tiró el cadáver desde el vehículo; lo bajó y lo puso con cuidado sobre la tierra, con el rostro sobre una alfombra de grama. Torturó a su víctima antes de asesinarla y el forense encontró semen en la vagina y en el ano, lo que significaba que sostuvo relaciones sexuales con ella tal vez en una sesión sádica. Los golpes que tenía en el rostro, los moretones (chupetones), el golpe que le rompió el labio y la herida en el pezón, producida por una mordida, fueron hechas cuando la mujer vivía.
Las huellas de la mano en el muslo se marcaron sobre la piel después de muerta, en el momento en que se masturbaba sobre ella. Los detectives enriquecieron el perfil diciendo que se trataba de un hombre taciturno, de pocas palabras, aparentemente bondadoso, amante de su familia, trabajador y casi abstemio. Un detalle que confirmaba esto era el hecho de que no había bebido mucho la noche en que compartió con Mayra. La camarera que los atendió lo aseguraba.
Otro detalle que agregaban era que el asesino tenía odio o rencor hacia su madre y que esta, si vivía, debía parecerse mucho a la mujer asesinada, esto es: blanca, rolliza, de senos pequeños, anchas caderas y, quizás en el pasado, un poco libertina. Era posible que la madre lo abandonara o lo castigara con frecuencia; era posible que le conociera varias parejas sexuales y que, seguramente, deseaba castigar a su madre en su víctima y/o en sus potenciales víctimas, esto, si no era detenido a tiempo. Además, se pensaba que el asesino, de niño, debió orinarse en la cama, jugaba con fuego y era cruel con los animales; de adulto, era violento, estaba casado con una mujer delgada y de piel trigueña, lo más diferente a su madre como fuera posible, y que le gustaba destazar animales para comerlos. Según el jefe de Homicidios todo eso estaba bien, pero había que poner un nombre al asesino.
JUTICALPA. Los detectives viajaron a Olancho. Tres semanas después del crimen, sus compañeros habían localizado a un hombre con características físicas parecidas al sospechoso y le tomaron fotografías, también fotografiaron el carro en que viajaba y pusieron especial énfasis en las botas que calzaba. Una noche de viernes, los detectives fueron al nigth club. Nadie reconoció al hombre de las fotos pero el hombre que cuidaba los carros en el parqueo reconoció el vehículo y creyó acordarse del dueño: se parecía a él. No lo olvidaba porque le regaló cien lempiras de propina. Aunque no estaba muy seguro. Con esta información, los detectives convencieron al Fiscal para que solicitara una orden de captura. Tenían muestras del semen que recogieron en varias partes del cuerpo de la víctima y, aunque tardado, podían solicitar una prueba de ADN. Eso cerraría el caso. El Fiscal accedió.
LA CAPTURA. Cuando los detectives llegaron a su casa, el hombre estaba desayunando; su esposa, una mujer alta y delgada, con enormes senos y de piel canela, les abrió la puerta. El hombre palideció, dejó el tenedor sobre el plato y tragó el último bocado casi sin masticarlo. Se puso de pie. Medía casi dos metros de estatura. En la mano derecha llevaba el anillo de matrimonio y se llevaba la mano izquierda a la cabeza, casi rapada y visiblemente nervioso. "¿Podemos hablar con usted?" -le dijo el detective-. Él no se negó. "Tenemos una orden de captura en su contra, -agregó el policía- por suponerlo sospechoso de violación, secuestro y asesinato en perjuicio de Mayra Flores…"
El hombre se desvaneció. En la DNIC de Tegucigalpa confesó su crimen y dijo que tenía aquella fantasía (la de asesinar a una mujer y tener sexo con su cadáver) desde pequeño, pero no sabía explicarse por qué; su perfil psicológico coincidió en un noventa y cinco por ciento con el que hizo la policía. Su vehículo era un Dodge rojo, último modelo y su arma favorita un revólver 3.57 Magnum. Todavía se orina en la cama y aún guarda rencor contra su madre, que lo abandonó cuando apenas tenía cuatro años. Fue condenado a diecisiete años. Saldrá en libertad condicional muy pronto. Su esposa sigue fiel a su lado.
