La amante de mi mujer

Este relato narra un caso real. Se han cambiado los nombres.
ElHeraldo.hn

Honduras

05.09.2009 - Carmilla Wyler - siemprecarmillawylerSPAMFILTER@yahoo.es

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El hombre se sentó despacio, al otro lado de la mesa, en una vieja silla de madera; aunque no parecía nervioso, estaba pálido y la piel resquebrajada de su rostro le daba un aspecto antiguo que multiplicaba su edad indefinidamente. Tenía el pelo gris, peinado hacia atrás, los dientes amarillos de tanto fumar y las manos cadavéricas y temblorosas, aunque no es un hombre flaco. Viste pobremente y, según él mismo dice, es la ropa que le regalan sus compañeros del presidio. Desde que murió su madre, hace unos años, nadie volvió a visitarlo. Su hermana, a la que tanto le ayudó en sus mejores tiempos, se olvidó de él y no sabe si está viva o muerta; sus hijos ya están grandes pero seguramente lo odian por lo que hizo con su madre, además, su suegra nunca lo aceptó y está seguro de que se ha encargado de meterle el odio en el corazón a los muchachos.

En realidad, está solo en el mundo y su única familia son los reos que cumplen condena con él en ese pequeño infierno llamado Penitenciaría Nacional Marco Aurelio Soto. Sobrevive porque Dios es grande o porque Satanás todavía no termina con él. En la calle él era taxista pero en la cárcel ha aprendido a hacer de todo para ganarse unos centavos, desde limpiador hasta mandadero; desde lustrabotas hasta marido de algunos reos raros y, le da vergüenza decirlo, a veces le hace hasta de mujer de algunos de ellos. "Es la cárcel -dice, con mirada triste y casi a media voz-; aquí no se pagan los crímenes solamente con años de encierro, se pagan con humillaciones, con sentimientos de culpa, con angustias y desesperaciones; aquí el hombre no es un ser humano, con dignidad y con derechos, es solamente un despojo de carne y huesos que tiene una sola cosa: instinto de supervivencia y, a veces, un poco de esperanza. Somos un número, somos la basura que deshecha la sociedad, somos criminales que, para muchos, no merecemos otra oportunidad porque les ayudamos, con nuestros errores, a ganarse la vida.

Y yo estoy seguro de que no voy a salir de aquí con vida, además, ¿a qué voy a ir a la calle si ya no tengo a nadie? Acabo de cumplir cuarenta y siete años; de mi condena no sé cuántos llevo, pero sé que me falta mucho siquiera para pedir la libertad condicional. Esta es mi tumba y ya estoy muerto en vida. El problema es que ya perdí la fe y la esperanza y no creo en religiones ni en pastores ni en sacerdotes, los abogados me robaron el poco dinero que tenía y los de la Defensa Pública nada pudieron hacer para ayudarme, aunque los muchachos que me asignaron se sacrificaron por mí pero, ¿cómo ayudar a un asesino? Yo traté de defenderme, de negar mi crimen pero esos malditos de la DIC (se refiere a los detectives de Homicidios de la Dirección Nacional de Investigación Criminal, DNIC) me descubrieron. Todavía no sé cómo supieron que fui yo… No, no es que los odio, yo soy culpable de mi desgracia, yo las maté a las dos y tengo que pagar por eso, y los policías solo hacen su trabajo, y si les digo malditos es en el buen sentido de la palabra, si es que esa palabra puede tener un buen sentido.

Yo llegué a sentir rencor contra Gonzalo Sánchez, ese que saca usted en sus casos, porque él fue el que analizó el caso de las dos muertas y terminó descubriendo que yo era el asesino, pero después me puse a pensar que él solo hace su trabajo y que si yo estoy en la cárcel es por mi misma culpa. Creo que si lo veo algún día le voy a pedir disculpas y hasta lo voy a felicitar porque por gente como él es que no hay un crimen perfecto, aunque uno crea que está haciendo las cosas muy bien, ellos terminan agarrándolo a uno".

LÁGRIMAS. El hombre guardó silencio. Alrededor había murmullos, gritos, insultos, amenazas y canciones; algunos niños corrían sin entender qué es aquel lugar donde sus padres se pudren poco a poco y adonde llegan sus madres con sonrisas tristes, con ojos apagados y con ese dolor agudo en el pecho que les produce ver al marido encerrado tal vez para siempre. "De todas ellas -dice el hombre, limpiándose una lágrima brillante con el dorso de una mano llena de venas-, muchas ya no regresarán para el final del año; se aburren, se desenamoran o se meten con otro, y los hombres nos quedamos solos, tristes, con la rabia devorándonos por dentro, pero amarrados, sin alas, sin poder hacer nada porque sabemos que las mujeres también tienen una vida que vivir y que es sacrificado y hasta humillante que ellas vengan aquí. Algunas se acostumbran y esperan a sus maridos pero la mayoría deserta, como decimos nosotros, no soportan y, al final, solo las madres quedan… Es triste esta vida; la cárcel es un infierno para los presos, un buen negocio para algunos y una vergüenza para el Estado que despilfarra el dinero de la gente y no hace nada por mejorar la situación de los reos… Aunque, a veces, creo que esto es también parte del castigo. Ni modo. Y, ¿sabe qué es lo peor?, que ni siquiera tengo valor para quitarme la vida…"

Las lágrimas son más abundantes, los ojos están fijos en ningún lado y respira con la boca, de labios quebradizos y resecos; el olor a tabaco es penetrante y se le sale hasta por la punta de los pelos pero en todo este tiempo no ha fumado, algo que le agradezco por mi asma alérgica, aunque ya está desesperado por ponerse un cigarro en la boca.

EL CASO. "Yo trabajaba duro -continúa, retorciéndose los dedos-, a pesar de mis errores y mi forma de ser, yo la quería y trataba de que nada le faltara. Yo no sé por qué un día sentí que la amistad con aquella vecina nos traería problemas. ¿Cómo se hicieron amigas? No lo sé pero se regalaban cosas, se visitaban, salían juntas y una tarde en que estaban conversando, supuestamente en mi cuarto, las encontré desnudas, una encima de la otra. ¿Qué sentí? No lo recuerdo. Fue tan impresionante y solo sé que me quedé parado frente a ellas y les dije: Así es que en esto están ustedes. No recuerdo nada más ni sé si me dijeron algo. Después de esto vinieron días difíciles en mi casa. Mi mujer estaba avergonzada y yo preferí que se acostara con una mujer a que me engañara con un hombre; era un mal menor y, hasta cierto punto, me gustaba la morbosidad que había en todo aquello. Y me hice el desentendido, ellas siguieron siendo amigas y yo sentía que me alejaba de mi mujer y que perdía poco a poco mi hogar. Ahora ella estaba más distante, se acostaba conmigo como un compromiso y sé que ni siquiera sentía deseo por mí; aunque era atenta, como siempre, ya no hablábamos y esto me atormentaba; los celos son malos consejeros. Entonces decidí que la vecina tenía que alejarse de nosotros y se lo dije. Mi mujer se puso como una fiera y lloró una semana. Después supe que cuando yo iba a trabajar ellas se veían y salían juntas. Un amigo que trabaja cerca del hotel San Pedro, en la sexta avenida de Comayagüela, me dijo que las vio salir de allí una tarde. Venían felices. Entonces tomé una decisión".

EL CRIMEN. "Era de mañana, no dormí en toda la noche y, aunque mi mujer lo supo, sé que no le importó. Ya lo tenía decidido. Sabía donde trabajaba la vecina, qué ruta seguía todos los días y planifiqué cómo asesinarla. Jamás imaginé que haría algo así pero estaba desesperado. Ella se llevaba lo que más quería en la vida y a ella no le importaba. No me pregunte nombres ni quiera saber más de lo que le cuento. Un amigo manejaba el taxi, me dejó a una cuadra de ella y yo la seguí. Trabajaba en una droguería, me le acerqué y le apunté a la cabeza, por detrás. Le disparé una sola vez y recuerdo que cayó hacia adelante, sangrando bastante. No sé si la gente me vio pero no me interesaba. Corrí hacia el bulevar Kuwait; allí estaba mi amigo, esperándome. Me quité la ropa y me puse la misma con que había salido de mi casa, le entregué la pistola a mi amigo y me fui a trabajar. Supe la noticia al mediodía, cuando llegué a la casa. Mi mujer sufría. Yo traté de consolarla".

LA DNIC. "No sé cómo me relacionaron con el crimen pero me defendí y los policías me dejaron en paz. La mujer no tenía enemigos, su rol diario era el mismo, los vecinos dijeron algunas cosas que los hicieron sospechar y llevaron a mi mujer a declarar. Yo creo que ella también sospechaba de mí y estoy seguro de que se lo dijo a los detectives. Cuando me llevaron a la DNIC, me hicieron la prueba de la parafina para saber si yo había disparado un arma recientemente, y me salió negativo. Mi amigo me dijo que me envolviera la mano en una bolsa plástica y así lo hice antes de dispararle a la mujer. Por eso me dejaron ir. Pero seguían sospechando de mí. Mi amigo me dijo que sin pruebas nada podían hacer y como los testigos del crimen no podían reconocer al asesino, estaba a salvo. Pero no hay crimen perfecto, ahora lo sé, y tarde o temprano iba a caer".

LA ESPOSA. "Un mes después mi mujer me dijo que se iba a separar de mí, que se iría mojada para Estados Unidos y que dejaría los niños con su madre; también me dijo que estaba segura de que yo había matado a la vecina y que sabía quién me había ayudado. Pero que no iba a decir nada más y que mejor se iba. Ella ya no me quería. Y eso me dolió en el alma. Entonces le pegué. El primer golpe fue una cachetada que le rompió el labio; ella me miró asombrada y con ojos furiosos, se fue a la cocina y yo la seguí, agarró un cuchillo y se me tiró encima, yo la esquivé y volví a golpearla, esta vez en el estómago, luego le pegué con el puño cerrado en la sien derecha. Ella cayó al suelo y no se movió más. Cuando me le acerqué vi que no respiraba. Eran las nueve de la mañana, los niños estaban en la escuela y yo inventé una historia. Mi amigo me ayudó otra vez. Me golpeó, me dejó casi desmayado y me esposó; cuando despertara, la Policía sabría que los ladrones se metieron a mi casa, que me defendí hasta donde pude, mataron a mi mujer y a mí me dejaron por muerto. Era una buena coartada. Así le decía mi amigo. Pero no contamos con que los detectives de la DIC no se comen la tortilla vacía".

LOS ERRORES. "El primer error fue dejar la puerta cerrada con llave; los vecinos la rompieron para poder entrar, el segundo, es que nada se perdió de la casa y, el tercero, era que yo tenía los nudillos de la mano derecha hinchados y en la sien de mi mujer estaba marcado el golpe como si se lo hubieran pintado. Además, los detectives encontraron huellas de mi amigo en la puerta y en un vaso que estaba tirado en el piso y, lo peor de todo, es que las esposas con que me amarró las manos a la espalda eran las que él tenía asignadas; los detectives encontraron el número de serie y lo fueron a traer al escuadrón. Uno de los detectives le dijo que le ayudarían a salir del lío si declaraba contra mí y él se resistió. Hasta que hablé con él, llegó a un acuerdo con la Fiscalía y lo tomaron como testigo protegido. Declaró y yo acepté la culpa. Me condenaron a treinta años. A él lo dieron de baja. No he vuelto a saber nada de él. Un abogado me dijo que en la autopsia de mi mujer se comprobó que no murió por el golpe que le di en la cabeza; realmente murió de un paro cardíaco. Supuestamente estaba enferma desde hacía mucho tiempo pero nunca lo supimos. Pero me condenaron por su asesinato. Dice ese mismo abogado que podrían anular el juicio y reducirme la pena. No creo que los jueces estén para esas cosas. Estoy condenado y me da lo mismo treinta años que cien. No es la cárcel lo que me atormenta, es mi culpa, mi vida desperdiciada, la vida de mis hijos arruinada, mi esposa muerta y la tortura de saber cada día que yo soy el culpable de todo esto. En realidad no me interesa nada. Me da lo mismo estar aquí o estar fuera. Soy VIH positivo. Es una maldición de Dios o un regalo de Satanás, no lo sé ni me interesa. Ahora usted ya tiene su historia, solo que no diga mi nombre, ni el de ellas, por mis hijos; ya les causé suficiente sufrimiento, y por mi madre, esa santa mujer que murió llamándome a su lado".

El hombre no llora pero sé que se está tragando sus lágrimas. Alguien lo llama porque le toca el turno de repartir el arroz y los frijoles, el almuerzo sagrado de los que no tienen ni un centavo en la bolsa. Se levanta y no se despide. Tal vez no lo vuelva a ver. Esta es su historia, contada por él mismo.

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