Estados Unidos
Para los estadounidenses, el fracaso suele ser aceptado como una caracterÃstica intrÃnseca de su sistema económico, en el que correr riesgos por lo general tiene una gran recompensa. Si la necesidad es la madre de los inventos, entonces el fracaso es el desafortunado engendro de un espÃritu de aventura que a veces resulta lucrativo.
El fracaso, por supuesto, es desgarrador. Empero, la narrativa estadounidense está regada de ejemplos de héroes que trascendieron las calamidades pasadas y llevaban sus fracasos como otras tantas medallas a su resistencia.
En Japón, en cambio, el fracaso suele implicar un estigma más profundo, una vergüenza perdurable que limita el apetito por los riesgos, en opinión de muchos de los observadores de la cultura de esa nación. Esto hace que los japoneses se sientan muy incómodos ante decisiones que elevan la posibilidad de fracaso, aunque prometan grandes ganancias potenciales.
Los recientes gobiernos de Japón han tratado de inculcar mayor tolerancia hacia el fracaso -muchas veces, a instancias de funcionarios estadounidenses- para inyectarle nueva vida a una economÃa estancada desde hace mucho tiempo. El gobierno de Tokio incluso constituyó la Asociación para el Estudio del Fracaso, que aspira a "convertir en conocimientos las experiencias de fracaso, en el ámbito de la sociedad, las empresas y del individuo".
CaÃda del Liberal Democrático
Pero la semana pasada saltaron a la vista las diferencias en los conceptos culturales de Estados Unidos y de Japón, cuando los ciudadanos nipones enfáticamente destituyeron al partido que habÃa gobernado casi sin interrupción desde hacÃa más de medio siglo. Al hacerlo, enviaron un mensaje tangible: basta ya de esto del fracaso. Y basta ya de que los estadounidenses nos ofrezcan dolores como cura de lo que aqueja al Japón.
En los veinte años transcurridos desde que Japón dejó de ser una indómita superpotencia económica, en los años ochenta, para convertirse en una economÃa estancada en un decenio perdido, el paÃs ha intentado miles de reformas a nombre de revigorizar su economÃa. Intentó desarraigar los créditos incobrables del sistema bancario y ponerle fin a los negocios internos que por mucho tiempo habÃan definido la cultura japonesa de los negocios. También trató de recortar obras públicas, que constituyen una fuente importante de empleo.
Empero, a lo largo de todos estos procesos, Japón seguÃa siendo un rezagado económico, una sombra de la nación que en el pasado habÃa ocasionado ardientes conversaciones del dominio mundial japonés. A pesar de los esfuerzos de las reformas, Japón al parecer nunca cosechó sus frutos.
Muchos economistas sostienen que Japón nunca se curó de la resaca de los excesos especulativos en bienes raÃces, los cuales impulsaron los años ochenta, ya que en verdad nunca se reformó genuinamente. Se permitió que empresa improductivas, llamadas "zombis", siguieran recibiendo créditos frescos para sobrevivir. A los bancos insolventes se les salvó del colapso pues se consideraba que eran "demasiado grandes para quebrar". Independientemente de eso, entre la gente común se reforzó la sensación de que las medidas de reforma eran tan duras como ineficaces. A pesar de sus aderezos capitalistas, Japón en ocasiones ha sido llamado la economÃa socialista más exitosa del mundo, un paÃs en el que la seguridad en el empleo de por vida parecÃa un derecho congénito. Entre los intentos de frenar el gasto gubernamental y de presionar a los bancos para cortar a los clientes onerosos, los trabajadores japoneses conocieron la humillación del desempleo; las compañÃas japonesas vivieron el bochorno de cerrar sus puertas. Más que un simple evento económico, esto desgarró el tejido mismo de la vida japonesa.