A José Ruiz lo mataron temprano en la mañana, un día caluroso de septiembre. Los testigos del crimen dijeron que una moto lo venía siguiendo, quizás desde que salió de su casa, y que los asesinos eran dos hombres delgados y aparentemente jóvenes que se cubrían la cabeza con cascos de motocicleta. La tarde anterior estuvo en el taller y habló con el dueño porque necesitaba cambiarle el vidrio delantero a su carro, un Toyota doble cabina, y le dieron cita para el día siguiente, a primera hora. Y José era muy cumplido. Antes de las ocho de la mañana estaba en el taller, acababan de abrir el portón y él estacionó su carro sobre la acera, esperando que le hicieran espacio adentro.
El tráfico era pesado, hacía calor y el ruido iba in crescendo; una motocicleta se detuvo frente al portón, un hombre se bajó de ella de un salto y, en un momento, se plantó detrás de José, con una pistola de nueve milímetros en la mano. El muchacho que abría el negocio dejó escapar un grito que se confundió con la voz seca y tétrica del hombre. José reaccionó al instante, sacó su 3.57 de la cintura y, en ese momento, sonó el primer disparo. Era como el estallido de un cohetillo y su eco se perdió entre el ruido de los motores y el griterío de la gente. Sonaron tres disparos más, José se tambaleó, estaba herido en el pecho, en el hombro izquierdo y en el abdomen, su revólver estaba en el suelo y trató de escapar pidiendo auxilio a gritos. El muchacho del taller estaba paralizado, temblaba de pies a cabeza y una mancha húmeda le cubría la entrepierna, tenía la boca abierta y parecía que iba a desmayarse. José pasó a su lado, corriendo y gritando, el asesino iba detrás de él, disparándole sin darle tregua. Tres metros adentro del taller, José cayó boca abajo, bañado en sangre. Tenía cinco heridas en la espalda pero aún estaba vivo, se volteó como pudo y levantó las manos como si así pudiera detener las balas que seguían saliendo de la pistola de su asesino. Estaba aterrorizado y sufría, vio con ojos desorbitados al que lo mataba y trató de decirle algo; este no tuvo compasión. Le apuntó a la cabeza y disparó tres veces más. José Ruiz dejó de moverse. El asesino esperó unos segundos, le apuntó al corazón y disparó de nuevo. Pero José ya estaba muerto. El hombre dio media vuelta, sin prisa aparente, llevaba la pistola en la mano, humeante todavía y, de un salto, se subió a la motocicleta, su compañero hizo rugir el motor, dio un salto hacia adelante y desapareció entre la fila de carros que llenaban la calle. Nadie podría describirlos. Atrás quedaba José, acribillado a balazos, sobre un charco de su propia sangre, con los ojos abiertos, la cara deshecha y las manos crispadas sobre la tierra. Eran las siete y cuarenta y cinco de la mañana. José había muerto a los cuarenta y tres años, asesinado por un desconocido de doce balazos de nueve milímetros.
LA POLICÍA. La dinámica del crimen era sencilla, los detectives de Homicidios no tenían mucho qué hacer en la escena, entrevistaron a los testigos, tomaron muchas fotografías y luego dejaron que Medicina Forense hiciera su trabajo. José Ruiz era un viejo conocido de la Policía. En la billetera guardaba la carta de libertad provisional que le extendiera el juez hacía tres años, por robo de vehículos, y el revólver .357 con que trató de defenderse de su atacante tenía el número de serie borrado con pulidora; además, el doble cabina que manejaba usaba las placas de un camión y tenía reporte de robo en El Salvador. Por si fuera poco, José tenía tres fichas en la Dirección Nacional de Investigación Criminal (DNIC); dos por robo de vehículos y una por violencia doméstica. Pero su historial no se limitaba a eso, simplemente. En los archivos de la vieja Dirección Nacional de Investigación (DIN) encontraron tres fichas más con su nombre y se le ligaba a la famosa Banda de los Trece, en las que se mencionaba su relación con algunos militares y policías corruptos. Era todo un angelito don José y su final había sido muy triste. Y, sin embargo, la policía estaba en la obligación de investigar su asesinato y tratar de dar con los criminales.
LA INVESTIGACIÓN. La esposa de José era una mujer guapa. De unos treinta y cinco años, delgada, hermosa y sencilla. Lloraba la muerte de su marido y sufría porque estaba en su tercer mes de embarazo y ahora se sentía sola en el mundo. Era el primer hijo que le daba a José. Su hija, Yamileth, de su primer matrimonio, lloraba a su lado. Era una muchacha enorme, delgada, muy bonita y que no pasaba de los diecisiete años, aunque aparentaba algunos más. José la había criado los últimos cinco años y lloraba por él con un sentimiento sincero. Cuando los detectives llegaron a la funeraria, ella trató de colaborar con ellos lo más posible, aunque no sabía quién o quienes pudieran tener razones para quitarle la vida a su padrastro.
"¿Usted conoció a Edwin Rosales?" -le preguntó el detective, luego de consultar su libreta de notas-. La muchacha guardó silencio de repente, levantó la cabeza despacio y miró con sus enormes y redondos ojos llenos de lágrimas al policía. Tardó unos segundos en contestar. "Sí -respondió, moviendo la cabeza hacia adelante-. Pero, ¿qué tiene que ver Edwin en todo esto? Hace más de un año que murió y no veo la relación". El detective la interrumpió: "-¿Usted recuerda cómo murió Edwin?" -le preguntó-. Ella volvió a llorar. "Sí -dijo, después-; lo mataron cerca de su casa, en la colonia La Haya". "-¿Usted sabe o sospecha quién lo mató?" La muchacha movió la cabeza hacia los lados.
UN MUERTO. Edwin Rosales era muy joven todavía para morir. Recién había cumplido diecinueve años, acababa de graduarse del colegio y deseaba entrar a la universidad, aunque era pobre y tenía que trabajar para pagarse los estudios. Pero eso no le importaba. Vivía con sus padres en una casa pobre de la colonia La Haya y él no quería ser una carga para ellos; todo lo contrario.
Sin embargo, una noche de marzo un hombre que iba sentado en la parte de atrás de un Toyota Camry azul, sin placas, le disparó dos veces a la cabeza, matándolo en el acto. Su cuerpo ensangrentado lo levantó su padre del suelo, deseando que resistiera hasta llegar al hospital Escuela. Pero Edwin murió en sus brazos y, dos días después, lo enterró en medio del dolor más grande que hubiera sentido jamás. Sus dos hermanos mayores, que vivían en Estados Unidos, juraron mover cielo y tierra para dar con el asesino. Pero no sabían ni siquiera por dónde empezar.
Cuando Yamileth se acercó al ataúd, llorando, vestida de negro y con una rosa en la mano, la madre de Edwin le gritó que se fuera de allí, que por su culpa habían matado a su hijo y que no quería volver a verla jamás. Ellos eran novios desde hacía unos seis meses y Edwin deseaba casarse con ella. La muchacha salió de la funeraria llorando y humillada.
Ahora los detectives le preguntaban ¿por qué la madre de Edwin le había gritado aquellas cosas y, sobre todo, por qué la culpaba a ella de la muerte de su hijo? Yamileth guardó silencio. Aquello había sucedido hacía más o menos un año, Edwin era solo un bonito recuerdo en su vida y, según ella, los detectives no tenían ninguna razón para mencionar a su novio muerto.
SOSPECHAS. La investigación criminal es un arte que se perfecciona con la práctica, con voluntad y entrega y con sacrificio. Los detectives que llevaban el caso de José Ruiz tenían algunas sospechas y estaban decididos a llegar hasta el final.
Estaba claro de que la muerte de José Ruiz era un asesinato por venganza. Doce balas de nueve milímetros son demasiadas para ajustarle las cuentas a un delincuente que le ha fallado a la organización; los ajustes de cuentas son rápidos y efectivos. El taller donde iba José a cambiar el vidrio estaba a unas quince cuadras de su casa, en el barrio Bella Vista. De aquí hasta el taller había muchos lugares donde pudieron dispararle, dentro del carro y sin darle oportunidad a defenderse, sin embargo, los asesinos tenían que estar seguros de que moriría y esperaron una mejor oportunidad. Se trataba, entonces, de una venganza y, ¿quién tenía razones para vengarse de José? Las fichas de la policía decían que se dedicó en otro tiempo al robo de vehículos; seguramente hizo algunas otras cosas más y, tal vez, hasta matar. Era una posibilidad. ¿Quién mató a Edwin Rosales? ¿Por qué la madre del muchacho corrió de la funeraria a la novia de su hijo muerto? ¿Por qué le dijo que por su culpa lo habían asesinado? Aunque eran cabos sueltos en la investigación, valía la pena caminar por allí. Tal vez encontraban, al menos, al autor intelectual de la muerte de José Ruiz y, con suerte, resolvían el caso de Edwin Rosales.
LA MUCHACHA. Yamileth estaba en silencio. El detective la presionaba y ella empezaba a ponerse nerviosa. El detective iba por buen camino. "Creo que usted sabe quién mató a su novio" -le dijo, disparándole las palabras a quemarropa-. Ella se estremeció. Se puso de pie. "Siéntese -le dijo el detective, levantando la voz-. Sabemos que la mamá de su novio le echó la culpa a usted del asesinato de su hijo. Ella sabía algo que el muchacho tal vez no sabía o no quería creer. Yo creo que usted sabe quién mató a Edwin y que sabe también por qué mataron a su padrastro. Si usted nos ayuda, nosotros la trataremos como testigo protegida y no tendrá problemas con la Fiscalía…" Yamileth empezó a llorar de nuevo. El detective concluyó: "Su padrastro y usted se entendían -le dijo-, quiero decir que tenían una relación romántica, a escondidas de su madre; él le daba todo: dinero, ropa, joyas; todo. Usted estaba enamorada de Edwin pero le convenía la relación con José. En algún momento usted decidió terminar sus relaciones con él porque Edwin quería casarse con usted, y esto fue la sentencia de muerte para el muchacho. José lo siguió cuando salió de su casa, en la noche, y lo mató a balazos. Usted lo ha sabido por un año y eso, según nuestro Código Penal, es complicidad y, por supuesto, se paga con cárcel. Usted decide si nos ayuda o no".
LA MOTO. Los detectives estaban afuera de la funeraria cuando llegó uno de sus compañeros con una sonrisa de oreja a oreja adornándole la cara; en la parte de atrás de la moto venía un muchacho delgado, cubierto el rostro con un pasamontañas. Era el testigo del crimen de José, el muchacho que abrió el portón esa mañana. "El testigo protegido -dijo el detective-, está seguro de que la moto de los asesinos de José Ruiz es la misma que está en el garaje de los padres de Edwin Rosales, el muchacho que fue novio de Yamileth". El detective vio su reloj. Eran las ocho de la noche. La Fiscalía no podía actuar sino hasta las seis de la mañana. Pero el caso se iba resolviendo.
Antes de las siete de la mañana del día siguiente, los detectives de la DNIC y un fiscal, requisaban la motocicleta. El testigo protegido aseguraba que era la misma en que viajaban los asesinos. El dueño de la casa fue detenido. Con dificultad lo subieron a la paila del doble cabina, con todo y silla de ruedas. Estaba en silencio pero había algo en los ojos que decía que estaba feliz, era una especie de brillo malicioso que a veces se proyectaba a sus labios pálidos y delgados convirtiéndose en una mueca burlesca. Desde la puerta de la casa, una anciana veía a su esposo con la misma mirada. El le sonrió y se despidió de ella. No había nadie más en la casa. El alquilaba el garaje y ese día le pagaron por guardar la motocicleta allí; eran dos muchachos que no podría describir bien; su memoria le fallaba bastante, más desde la muerte de su hijo menor.
Esa misma tarde, los detectives de la DNIC le ayudaron a bajar de la paila del doble cabina y empujaron su silla de ruedas hasta la sala de su casa. Había allí un agradable olor a café y llenaba el espacio la voz aguda de Eduardo Maldonado, desde un televisor situado en una esquina.
EL FIN. "José Ruiz fue asesinado por venganza; creemos que los asesinos son los hermanos del muchacho; estamos seguros que José mató a Edwin, o mandó a asesinarlo. El padre y los hermanos del muerto lo sabían y esperaron hasta estar seguros de que podrían matarlo sin mayores consecuencias para ellos. La motocicleta todavía está decomisada en la DNIC. Yamileth colaboró con la policía y no se ha vuelto a saber nada de ella".
